mamo contreras 

A Contreras debiéramos haberlo superado 529 años atrás, hace decenas de condenas. Pero su reciente muerte nos lo mostró como algo presente, como una herida abierta, como partículas venenosas suspendidas en el aire de nuestro país.

Lo característico de una sanción criminal, de una pena, es expresar un reproche. Teorías más, teorías menos, con la pena expresamos, como sociedad, que entendemos que algo está mal, que valoramos a la víctima de una forma en que no lo hizo el criminal. De algún modo, con la pena reemplazamos aquello que no podemos exigir del condenado. No podemos obligar a alguien a mostrar remordimiento, nos conformamos con la pena. No podemos obligar a una persona a reconocer los hechos, nos conformamos con la pena. No podemos, tampoco obligar a una persona a entregar datos sobre el paradero de sus víctimas, en Chile –donde no hubo verdadera justicia de transición– nos conformamos con la pena. En fin, si bien la pena en su esencia puede implicar una insatisfacción para las víctimas, es la medida con la que como sociedad civilizada nos conformamos para reducir el reino de la violencia.

Pero el problema con Contreras va mucho más allá. La persona del Mamo poco importa. Contreras se convirtió en el símbolo de mal. El criminal más horrible de la dictadura. Contreras se convirtió en el Mr. Hyde para que los defensores del régimen puedan todavía fantasear con Pinochet como su Dr. Jekyll. Que mientras Pinochet salvaba el país, Contreras asesinaba a miles de personas que desaparecieron como hojas que se llevó el viento sin que Pinochet lo supiera.

Incluso, aceptando esa función expiatoria de Contreras, su figura puede tener todavía un valor para nosotros: matar al chivo es matar los pecados. Incluso con la impunidad de grandes criminales civiles y militares, como el mismo Pinochet, al menos en la figura de Contreras podemos, como nación declarar qué es lo malo y cómo debe ser tratado lo malo. Es poco, pero es algo importante, algo, de hecho, fundamental para construir las bases de una sociedad democrática y respetuosa de los derechos humanos.

Pero ni siquiera eso conseguimos. La justicia, indudablemente tarde, cumplió su rol. Usó la herramienta que tenía y la blandió como un martillo. 529 años no es poco. Imposibles de cumplir por un ser humano, casi como una declaración de la inhumanidad de los crímenes.

 Pero ante ese panorama se presenta otro contradictorio, porque las notificaciones de sus condenas el Mamo las recibía en un penal de 5 estrellas –tan lejano a la muerte por fuego en medio del hacinamiento de la cárcel de San Miguel-, siendo el único mérito para recibir un trato especial el hecho de haber cometido los crímenes más atroces posibles siendo funcionario del Estado.

Es contradictorio, porque una figura pública, que por turnos fue ministro de los dos principales conglomerados políticos del país, declara que Contreras se ganó su pensión por su trabajo, una pensión especial, mucho más alta que las pensiones de hambre que reciben la mayoría de los chilenos por un sistema que instauró la propia dictadura para todos, menos para los militares. Porque las atenciones para su cáncer las recibió en el Hospital Militar, mucho mejor que donde deben ir la mayoría de los chilenos que no han cometido crímenes de lesa humanidad. Porque a su muerte El Mercurio puede decir sin pudor que murió un “General en retiro”, porque el ejército nunca lo degradó y debemos conformarnos con la bicoca de que no se le dará oficialmente un funeral de Estado. Porque una parte no ínfima de nuestro Congreso, el órgano democrático por excelencia, todavía cree que lo que hizo Contreras se justifica y, cuando mucho, el problema estuvo en el exceso.

Elegimos al chivo y lo cargamos con todos los pecados, pero nunca lo sacrificamos. Ni siquiera eso logramos. Contreras ha muerto, pero el chivo está vivo.

No deseo moralizar ni a favor ni en contra de celebrar la muerte de una persona. Hace años atrás las celebraciones en Plaza Italia por la muerte de Pinochet parecían un necesario contrapunto a una delirante procesión fascista que buscaba mostrar sus respetos al líder de una dictadura sangrienta. Hoy pasa algo parecido. Celebrar la muerte de Contreras, sobre las calles mojadas por las lluvia, es tratar de hacer el trabajo que el Estado fracasó en hacer. Es gritar el reproche. Pero, tal como pronto después de la lluvia en Santiago, las partículas venenosas volverán a levantarse y seguirán inundando los pulmones de nuestra nación.