Una vez más, como suele suceder después de cada catástrofe natural, el país aparece herido, menoscabado y doliente. Momentos en que el discurso de la nación moderna cede lastimosamente a los derroteros de las retóricas quejumbrosas, abatidas y desanimadas. Sin embargo, existe una suerte de experticia comunicacional que aflora casi de manera ingénita que intenta reponer el discurso de la unidad apelando a la matriz sensiblera que se ha acuñado por años en la piel del populacho y que sede sin resistencia al llamado de la solidaridad.

Mas allá del cuestionamiento de esta contingente solidaridad que los medios de comunicación explotan hasta el hastío, lo que se deja ver de manera irrefutable es la monumental herida que divide la vida de la ciudad. Una herida que disecciona  horizontalmente la anatomía amorfa y desigual del territorio. Como ya es costumbre la gente de la pobla tiene que volver a  recolectar los desechos y restos con los que épicamente ha construido  históricamente sus proyectos de vida, en medio de la inundación, de la ventolera y de la humedad que en conjunto amenaza la vida retoña, vuelve a irrumpir la voluntad e inteligencia popular para reimaginar la arquitectura de la vivienda que los va a cobijar.

Contingentemente no mas, porque después de un tiempo, luego de las promesas de campaña,  de los nunca mas y de los reproches mutuos de la clase política, vuelve a acontecer la irremediable repetición de la historia. La única que la gente humilde conoce, aunque a veces se deje anestesiar por las retóricas triunfantes de la autosuperación y el emprendimiento individual. Son momentos en los cuales se vuelve a escuchar la voz de la abuela en las que retumba irreductible la memoria de los años fundacionales de la población. Y juntos en la comunión que produce el frío  y el desamparo se da lugar a los relatos y las pequeñas historias que dan sentido al álbum familiar. Y tenuemente aparece la historia que cuenta del tiempo cuando recién llegaron al barrio y del día en que el tío Lucho acarreó  la puerta de la casa en un carretón desde Las Condes donde la encontró botada, la misma puerta todavía le da forma a la fachada ahora adornada por unas rejas que los protegen de un eventual robo.

Son momentos en los que el  pendejo flaite se despabila  y se da cuenta de que la historia del barrio no nació con las barras bravas y con el discurso de la seguridad ciudadana, discurso parasitario practicado por los mismos esbirros que en los 80’ se prestaron para la tortura y el asesinato.  Porque efectivamente, la historia de los 80’ es menos clase media que lo que mostró la telenovela sensiblera que convirtió los años de represión y tortura en motivo de nostalgia.  Por el  contrario, es una historia de mucho mas barro, mugre y miseria que lo que la gente quiere recordar. Porque si de recordar se trata son mucho mas afables para una memoria reconciliatoria la evocación de las películas en VHS, las radios a pila y la música empaquetada en cassette en contraste con la estética pelienta de  la fonola, de la luz cortada y el agua fría sin calefón.

Así que en medio del frío y la intemperie el tiritón  apático provocado por  nubarrón nos viene a sacudir el cuerpo y la cabeza con efecto shock rememorativo. Shock que nos devuelve irreconciliables en la división social de la  riqueza. La misma división que en medio de la tempestad se consagró con la muerte silente del Mamo. Silencioso de puro malo, de malo banal, se llevo a la tumba la posibilidad de reconciliación, de devolverles a los deudos la esquiva esperanza de poder hacer duelo.

Porque el olvido divide a los pueblos,  sobre todo cuando es impuesto por el cabrón que nos golpeó con el Estado. Ese Estado que Allende quería reformar para darle a Chile otro rostro. Distinto del rostro miserable que se exhibe de manera radical después de cada tormenta.  Y así,  después de todo, la historia se repite y las fuerzas naturales vuelven a dividir el país entre la miseria y la opulencia, entre un lugar y otro. Porque la cirugía cosmética practicada en la cara fea de la ciudad no puede ocultar lo que la naturaleza devela, haciendo ver las mismas cicatrices de siempre que reproducen  incansables la ineficacia del modelo modernizador que es alegría para unos pocos y padecimiento de los muchos.

Porque la modernización sigue siendo excluyente, sigue haciendo que la comodidad y confort de algunos sea necesidad y precariedad de otros. Sin mas, el desborde del zanjón que hace irrumpir la geografía de la miseria en la  pantalla se transforma en espectáculo. Los discursos de la tragedia seguirán siendo los mismos  y propiciaran la oportunidad, en medio del escándalo  de los  financistas y raptores de la política, para que estos se reinventen bajo el signo de la interminable hipoteca de la promesa democrática.

Como de costumbre el agua de la tormenta será aprovechada para limpiar el rostro enrojecido de los sinvergüenzas. Después de todo, así como el desatamiento de las fuerzas naturales por un instante nos deja ver lucidos la cara fea detrás del maquillaje neoliberal, también hace posible la borradura de la imagen y la reinvención de la ciudad. Lo que para unos es catástrofe para otros es oportunidad y los discursos del nuevo comienzo no se hacen  esperar.

El episodio traumático nos pone  nuevamente frente a la decisión que viene ocupando a la  política local en los últimos 25 años, nos  obliga a decidir si  vamos a construir una comunidad nacional recordando a las victimas y sus  desgracias o si por el contrario vamos a olvidarlas posponiendo su tragedia para una nueva época donde el realismo político del presente no tenga que hipotecar sus demandas de justicia.  La respuesta, si los ciudadanos no se deciden a cambiar la historia y sus relatos, va a ser nuevamente la de un nuevo comienzo.