“Miente, miente, miente que algo quedará”.

Joseph Goebbels

Al contrario de la opinión (o diagnóstico) que hace unos días emitió el polémico panelista de un programa de TV, el debate en torno a los crímenes de la dictadura surgido de la actualización de temas relacionados con violaciones a los Derechos Humanos demuestra que, a pesar de la amnesia colectiva en la materia, no ha “pasado la vieja” en nuestro país. La confesión del ex conscripto Fernando Guzmán en el “Caso Quemados”, la aparición en escena de la sobreviviente al feroz ataque militar, Carmen Gloria Quintana, y de la madre de quien fuera asesinado por la patrulla, Rodrigo Rojas Denegri, la “funa” en Punta Arenas al ex coronel Castañer, responsable directo de los hechos, además de la muerte en prisión del ex jefe de la DINA, Manuel Contreras, el suicidio del general en retiro del Ejército, Hernán Ramírez Rurange, sentenciado por la muerte del químico Eugenio Berríos, y la condena a 10 años por el mismo caso en contra del ex Fiscal castrense Fernando Torres Silva, han traído al presente, una vez más, un pasado que simplemente nunca pudo ser exterminado, hecho desaparecer o arrojado a la fosa común del olvido por quienes apostaron a la impunidad de sus actos, con esa confianza obscena que otorga saberse y sentirse con el control absoluto del poder y la fuerza, y que permite hacer y deshacer lo que se quiera sin que ello realmente importe demasiado.

Como en la parte final de la película “Buenos muchachos”, en la que se refleja el surgimiento, esplendor y decadencia de la mafia italiana en EE.UU., estamos en presencia del epílogo de una historia en donde, finalmente, todo aquello que en su momento pareció invencible hoy se desmorona bajo el peso de lo insostenible. Algunos de los personajes civiles y militares que hicieron uso y abuso del poder han ido cayendo; aquellos que cimentaron las bases morales de esta construcción, sobre las cuales fueron edificadas torcidas escalas valóricas, siempre débiles en su naturaleza ética, pero que lograron sostenerse y propagarse al amparo del miedo. Se desploman, derrotados, ante algo tan sencillo, tan verdadero, como la realidad de los hechos tal y como en efecto sucedieron. Y ante eso, de nada terminan sirviendo las escenografías montadas, las declaraciones aprendidas de memoria bajo presión y amenaza, las versiones oficiales falsas, los arreglos diseñados por abogados, los pactos de silencio. Se trata, lisa y llanamente, del triunfo de aquello que jamás sucedió de otro modo. De la verdad en su más elemental y pura esencia, esa que tantas y tantas pero tantas veces fue negada por los mismos que, hasta el día de hoy, persisten en la defensa rabiosa, casi espasmódica, de la mentira como distorsión a estas alturas patológica de la realidad.

El ministro de Propaganda de Hitler, Joshep Goebbels, autor intelectual de los once principios comunicacionales que sustentaron el discurso del régimen nazi -los mismos empleados por la fundación Jaime Guzmán para la instrucción de los militantes de la UDI-, recomendaba abiertamente la deformación de los hechos para la elaboración de versiones lo suficientemente creíbles para ser instaladas como verdades ante la población. Algo muy similar aconteció en nuestro país durante aquellos turbios años de dictadura, en los que al igual como sucede en todo régimen autoritario -no teníamos porqué ser la excepción- el poder hizo lo que quiso al alero de sus facultades extraordinarias, sirviéndose para ello de una maquinaria comunicacional propagandística, con medios funcionales a dicho propósito a través de los cuales instauró una versión de la realidad en virtud de postulados doctrinarios destinados a la creación de opinión pública con un marcado componente ideológico. Décadas después, aún hoy es posible ver los efectos de esta cirugía mayor en la manipulación de la información y creación de opinión al escuchar o leer comentarios en defensa de los argumentos internalizados, exhibiendo algunos de ellos un grado de indolencia, falta de empatía y, finalmente, fanatismo cercanos a los que inspiraron y permitieron los crímenes ejecutados, estableciéndose una identificación con el mensaje de quienes diseñaron y propagaron el discurso, además de un reconocimiento y justificación de la obra de quienes, únicamente, “cumplieron con su deber patriótico” y no son, por ende, culpables de nada.

En el marco de esta particular lectura de la realidad, dentro de cuya lógica correspondería gratitud hacia quienes prestaron sus servicios al país, el andamiaje argumentativo se cae por sus costados. ¿Por qué si los acusados y/o condenados aseguran sentir orgullo por haber contribuido a la “limpieza” de la nación, siempre han negado su participación en las operaciones destinadas, precisamente, a implementar esta “depuración” política? ¿Por qué, si dicen no arrepentirse de haber trabajado para “extirpar” de Chile el “cáncer marxista”, rechazan al mismo tiempo haber empleado aquellos métodos a través de los que se implementó esta política de Estado? ¿Por qué cuando son buscados y requeridos para dar cuenta de los “actos patrióticos” llevados a cabo, ocultan el rostro como si no quisieran ser reconocidos, asegurando una y otra vez que ellos no hicieron nada de lo que se dice que hicieron, que en realidad lo hicieron otros, pero tampoco saben quiénes?

¿Dónde están, dónde quedaron entonces aquellos héroes que salvaron la patria?