mir2Antes de comenzar, me gustaría hacer dos advertencias. La primera es que contrario a lo que pueda parecer, lo que quede del MIR no será obra de historiadores y cientistas sociales. Será el resultado de un conflicto, de un choque de fuerzas con sentido político. No en vano se dice que la historia la escriben los vencedores. Me parece relevante señalar esta obviedad para destacar lo paradójico del hecho de que, a pesar de las ácidas recriminaciones que se vierten en mesas como éstas, no es la izquierda la que tiene más chances de escribir la historia del MIR. Es la Concertación la que ha hecho más esfuerzos para vendernos una cierta imagen del MIR, como ya hicieron con Allende, al reducirlo a una figura para los museos y así despolitizarlo. No podemos permitirlo. La segunda es que nosotros, los autonomistas, no nos sentimos parte de una cultura “neomirista”, como se titula esta mesa. El concepto no me dice mucho, es primera vez que lo escucho y además me parece muy poco “mirista”, porque si algo caracterizaba al MIR era su originalidad, o al menos su búsqueda de originalidad.

Ahora bien, discusiones como la que hoy damos, acerca de qué significó el MIR y cuáles fueron sus aspectos más interesantes, se han dado muchas veces. Pero hace mucho no había un contexto tan propicio, en el sentido de darle a esta conversación un sentido práctico, como el actual. Lo digo porque el MIR fue posible y a la vez expresión de un proceso de crisis de dominación, de crisis de control social, que allá por los ’60 anunciaba la agonía de una época y la puja de una nueva. Hoy, también es toda una época la que agoniza. Los consensos de la casta de la transición son impugnados y pierden validez ante vastas franjas de la sociedad, mientras todo lo que hubo de sólido durante la transición, se desvanece en el aire. Claro que no es una crisis como la de los ’60. La de hoy es una crisis de representación, no una crisis de legitimidad del orden social, tampoco de dominación, porque no asoman todavía sujetos que pujen por una superación del orden actual. Pero es una crisis, qué duda cabe, y una cuya superación nos interpela, a las fuerzas de cambio, a ser radicalmente imaginativos para pensar, para actuar y para desear; en definitiva, una crisis que nos obliga a ser profundamente rebeldes.

Y el MIR fue imaginativo y rebelde.

“El MIR fue un esfuerzo por crear un pensamiento y una acción, una política, desde y para las clases oprimidas. Si algo lo caracterizó, fue la porfiadez de no entregarse nunca a la flojera intelectual y moral de acomodarse a los límites del pensamiento dominante, ni tampoco a los agotados esquemas de la izquierda de entonces”.

El MIR fue un esfuerzo por crear un pensamiento y una acción, una política, desde y para las clases oprimidas. Si algo lo caracterizó, fue la porfiadez de no entregarse nunca a la flojera intelectual y moral de acomodarse a los límites del pensamiento dominante, ni tampoco a los agotados esquemas de la izquierda de entonces. Fue un proyecto inacabado, lleno de insuficiencias y contradicciones, por cierto, que no podemos mirar como los hinchas miramos a nuestros equipos de fútbol ni como los católicos al Vaticano. Debe ser criticado, pero por las razones correctas. Y para entrar en ese debate hay una bruma muy densa, políticamente pegajosa e intelectualmente asfixiante, que es preciso despejar. Debemos sortear toda una serie de mitos e ideologismos que la dominación ha construido para despolitizar la revisión de la historia de la izquierda y del movimiento popular. Eludir, en el caso del MIR, su reducción a pandilla de burguesitos rebeldes, a partido de filo castristas-guevaristas, a vanguardia iluminada. No son estas construcciones las que nos interesan, tampoco trasladar las verdades que movieron a sus filas al presente, sino que rescatar una disposición y una mirada, autónoma y rebelde, que tanta falta hace a las fuerzas de cambio de nuestros días.

El MIR, en tanto expresión de una crisis de dominación, apareció en escena producto de la radicalización de ciertas franjas obreras, aquellas que llegaban tarde a la industrialización a medias del siglo XX chileno, anunciando el agotamiento del ciclo nacional-popular. No fue un partido obrero, por cierto, pero esa fuerza social fue su sala de partos y le dio su sentido histórico. Políticamente, no lo podríamos explicar por fuera de la crisis y desborde del Partido Socialista, en cuyo seno muchos pujaron por desarrollar una política revolucionaria y autónoma de la ortodoxia soviética, pero que de tanto asfixiarla en aras del cortoplacismo, creó las condiciones para la independencia de una fracción.

El MIR fue rebelde para actuar pero sobre todo para pensar. Su pensamiento se nutrió del rescate de marxistas chilenos, de los anarquistas de comienzos de siglo, de la generación de los 20, del pensamiento crítico latinoamericano, como el de Mariátegui, y del rescate de clásicos como Marx, Luxemburgo y Trotski, pero sin mediación de la ortodoxia comunista. Siempre rechazaron reducir el marxismo a un pensamiento oficial, a una doctrina mecánica y chata.

Esta libertad de pensamiento, permitió al MIR advertir transformaciones que sucedían en la sociedad chilena que el resto de la izquierda no advirtió, introduciendo el problema de la heterogeneidad social de las bases de una fuerza histórica revolucionaria. Advirtió la importancia del semi proletariado urbano rural, excluido tanto del modelo de desarrollo como de los planes de la izquierda, en lo que llamaban “los pobres del campo y la ciudad”.

MIRPero el MIR también rescató a Lenin, de nuevo de un modo específico y singular. De allí procede también su opción y no renuncia a la centralidad obrera en el proceso de cambio social, a disputar su conducción a manos del PC y la idea de reivindicar el “marxismo-leninismo”, etiqueta paradójicamente proveniente de la vereda contraria, pues había sido acuñada por Stalin.

El MIR, además de complejizar la comprensión de la composición y aspiraciones de las clases subalternas, hizo también un agudo diagnóstico del carácter y el ánimo de las clases dominantes y las fuerzas conservadores. Contrario a la imagen militarista que a posteriori se le construyó -mucho trabajo de El Mercurio mediante- la insistencia del MIR sobre la cuestión militar, o más precisamente, sobre la cuestión de la fuerza material del cambio social, provenía no de una fijación por las armas, sino de la convicción de que el carácter oligárquico y filo-imperialista de las clases dominantes, las llevaría a oponerse con todas sus fuerzas, no sólo a la revolución social, sino a la propia UP y su programa nacional, democrático y popular.

Aquí el MIR tenía un punto muy relevante, aunque para ser precisos, había empezado a ser desarrollado antes en el PS y fue sostenido también por parte importante de su dirigencia. Una discusión distinta es si el MIR tuvo una política a la altura de su lectura, cosa que en mi opinión es muy claro que no fue así.

Pero el punto era relevante porque en la “vía chilena al socialismo” -léase, la política de Allende y el PC para la UP- subyacía la idea de que los dueños del fundo que era Chile entonces (y que sigue siendo en lo fundamental) no actuarían fuera de las leyes y la Constitución a pesar de que, como decía Nelson Gutiérrez, el programa de la UP les estuviera “dando muerte como clase”. Esta convicción, fundada en la idea de que en Chile había algo así como una burguesía nacional y democrática, fue una obstinación y se demostró fatal.

La derrota de la UP en algo le dio la razón al PS y al MIR, y entenderlo no sólo es relevante para pensar el pasado, sino para imaginar los desafíos del futuro. Me explico: el hecho de que el proyecto popular, nacional y democrático que intentó implementar la UP desatara una reacción imperialista y nada democrática que la terminó por doblegar, es precisamente la demostración de que la postergación del problema del socialismo, o si se quiere, de la formación de un poder social que reemplazara al poder de las clases dominantes, fue fatal para la democracia. Subrayo, fue fatal no para la “revolución socialista”, sino para la defensa de la propia democracia creada en el ciclo nacional-popular y luego extirpada por la dictadura.

Por desgracia, El Mercurio, la DC, el PC y la renovación socialista, instalaron la versión del fracaso de la UP por la radicalización de su ala izquierda, factor que habría “provocado y desencadenado” el golpe. Con ello no sólo se impuso una versión parcial de la historia, también y peor, muchos en la izquierda llegaron a la conclusión de que, en adelante, nada se podría hacer sin la anuencia de al menos una parte de los dueños del fundo. De esta forma, en toda la transición se ha eludido la necesidad de producir una crisis al interior de las clases dominantes, o si se quiere, de acabar con el fundo e inaugurar una república. Así, le bajaron las cortinas a la imaginación y el trabajo por construir un orden social más libre y humano.

“Del MIR, entonces, reivindicamos su imaginación y rebeldía, la creatividad con la que enfrentaron la encrucijada histórica en la que se descubrieron”.

Del MIR, entonces, reivindicamos su imaginación y rebeldía, la creatividad con la que enfrentaron la encrucijada histórica en la que se descubrieron.

Todos tienen derecho a rescatar lo que quieran del MIR, no hay propiedad sobre su herencia. Pero hay cosas con la que el MIR no tiene nada que ver, no pega ni junta, e intentar hacerlo sería una profunda patudez histórica.

Primero, el MIR no tiene nada que ver con la Concertación. No hay nada que una, salvo algunas historias individuales, el legado del MIR a lo que ha hecho la izquierda que formó y hoy es la Concertación. La distancia es sideral, no sólo porque el MIR no giró a la socialdemocracia, sino también porque en estricto rigor la Concertación nunca ha sido socialdemócrata. En el mejor (y uso “mejor” por decir algo) de los casos, se emparenta con eso que inventó Tony Blair (a quien Margaret Thatcher consideraba su mayor “acierto político”), esa política que tiene discurso socialdemócrata pero práctica neoliberal.

Y segundo, el MIR tampoco tiene nada que ver con la política posmoderna en boga, con la reducción de la lucha política a la lucha discursiva, con la reducción de la audacia a la velocidad del instante. Esa política de cuña, de golpe efectista, de efímeras propuestas “técnicas”, de incontinencia twittera, en la que se diluye el progresismo actual, no tiene nada que ver con la audacia que practicó el MIR y otros esfuerzos de la época. En estos tiempos en los que el mercado se tomó hasta la política, la revisión del pasado no puede ser entregada a asesores de imagen y su uso puesto a prueba en encuestas.

 Me siento profundamente ajeno, por ejemplo, a la trivialización de la memoria del MIR que en varias ocasiones ha hecho Marco Enríquez-Ominami, hijo de Miguel Enríquez, para reivindicar una idea de la organización en la que militó su padre totalmente desprovista de contexto y contenido político. El punto más impresentable fue cuando en una entrevista que concedió hace algunos meses, comparó pedirle platas políticas a SQM, la empresa cuasi-monopólica del yerno de Pinochet y otros pinochetistas, con el asalto a bancos perpetrado por el MIR para afirmar así que el financiamiento de la política siempre había sido “complejo”.

No apelo ni quiero defender una suerte de memoria “verdadera” del MIR y realmente “consecuente”, contra una “falsa” y “manipulada”. Nadie carga con la verdadera historia del MIR ni con su verdadera herencia, y en el caso de que algo así de absurdo ocurriera, no tendría ninguna importancia. Apelo simplemente a la seriedad contra la trivialización. La memoria es una construcción, pero si uno tiene aunque sea un poco de respeto por la historia, todo tiene sus límites. Un mínimo de respeto y seriedad, en estos días de tanta banalización, es lo que necesitamos para revisar los esfuerzos de los luchadores de antaño y dirimir con qué nos quedamos y qué desechamos.