Acabo de regresar de Buenos Aires, una ciudad hoy lejana para mí de cuya vida formé parte en otros tiempos. Aunque la visito con frecuencia, es una ciudad que me interesa muy poco: demasiados circuitos, demasiados mundos, demasiadas librerías. ¿Para qué tanto? Buenos Aires es noble y ampulosa, mientras que Santiago porta todavía un aire de provincianismo afable, con bares a medida y esquinas en las que uno siempre se encuentra a alguien.

Pero en realidad no es este el asunto sobre el que iba a escribir (a quién puede importarle si a mí me gusta más Santiago que Buenos Aires), sino sobre una pregunta que suelo hacerme cada vez que regreso de Argentina. Es una pregunta nostálgica, que con misteriosa animadversión no puedo dejar de endosar a Chile, cuya vida pública da la impresión de divorciarse cada vez más de los espacios de poder en los que se la gestiona. En principio se podría decir que es lo que ocurre en cualquier parte del mundo, donde gestión y vida pública se esquivan con consecuencias dispares, pero mientras el avión dejaba atrás el Río de la Plata me preguntaba lo siguiente: ¿Cómo puede ser que en este país (me refiero a Argentina) un disparatado derechista como Macri se vea obligado a evocar la necesidad de estatizar ciertos rubros de la economía, aun cuando no le interese en lo más mínimo, en circunstancias en las que en Chile una socialista ferviente trata de sonreírle al empresariado (uno de los más voraces del planeta) mientras retrocede ante cada una de las demandas públicas con las que se comprometió?.

“La derecha argentina anuncia entre dientes una estatización tímida revestida del correspondiente populismo de ocasión; la izquierda en Chile se legitima prometiendo que va a administrar el capital financiero mejor de lo que lo hacen los propios capitalistas”.

La derecha argentina anuncia entre dientes una estatización tímida revestida del correspondiente populismo de ocasión; la izquierda en Chile se legitima prometiendo que va a administrar el capital financiero mejor de lo que lo hacen los propios capitalistas.

Resulta evidente que lo que está al centro de esta cruzada no es lo que piensan Macri o Bachelet (hay circunstancias en las que las personas no existen, como decían antes los estructuralistas), sino tradiciones muy forjadas en las que lo que se juega es la relación misma entre la economía y la política. Esa relación se expresa de manera especial en el lenguaje, diseña modos de habla, establece horquillas muy pronunciadas entre un idioma y otro y afecta el viejo idioma intelectual, que se modifica abruptamente cuando las palabras son reducidas a un sistema en el que reportar utilidades. A pesar de que Argentina tiene una vieja tradición anti-intelectualista, proveniente del primer peronismo, que alguna vez llamó con devoción a subordinar los libros a las alpargatas, las garantías del Estado que hoy Macri difunde responden a una cultura en la que la circulación del dinero ha sido medianamente interrumpida por el poder del lenguaje.

Intelectual había sido antes el nombre para esa interrupción, ignoro si el mejor. En Chile en cambio, ese título, tan dinástico como incómodo, viene siendo interceptado desde hace tiempo por una nueva terminología en la que despuntan las palabras “académico”, “investigador” o “masa crítica”, emblemas del alicaído aporte pecuniario con el que las humanidades se ven sometidas a cumplir con el fin de ocupar alguna plaza. No existe –que yo sepa- un buen diccionario en el que se agrupen los términos que dan cuenta de estas transformaciones cortantes, un diccionario de detalles pasajeros extraídos del vocabulario de los claustros, pero si la universidad sigue teniendo algún interés, este lo debemos menos a lo que allí se crea que al modo en que sintomatiza el estado de una lengua maniatada por el dinero.

El debate parece menor, carente de importancia, lo que tiene por supuesto algo de cierto, pero cobra otros ribetes si se contempla que es parte de una discusión que divide por estos días diversas comarcas del mundo, a la propia Ucrania sin ir más lejos, donde el tajo del Dniéper reparte ojivas que van de una zona en la que el dinero pugna por someter el lenguaje a otra en la que sucede todo lo contrario. Hay quienes asocian esto a la erosión de esa vieja pieza de la que hablamos, la del intelectual, vigía eterno del correcto uso de la terminología pública.

Pero esto está también en duda, en el sentido de que la querella se aloja menos en la tarea del intelectual que en las fuerzas que están por detrás de su extinción. Esto se debe probablemente a que el intelectual o el crítico son piezas erosionadas por una política que tiene dos caras: por un lado lo erosionan las fuerzas de un saber cada vez más operativo o finalizado que traduce aquella antigua función a números, competencias e indicadores (el Banco Mundial aporta sumas suntuosas para que el intelectual abandone el espacio de la opinión pública y se concentre en una lógica de circulación de prestigios académicos que no tienen ningún efecto en la vida en común), pero por otro lado lo erosionan los avatares de una vida colectiva que busca determinar desde sí misma sus maneras de estar junta, desoyendo no sin razón la jerga alambicada del profeta o el medium.

La impresión que se tiene es la de que así como la vida política en Chile ha ido creciendo de manera inversamente proporcional al poder de quienes la representan, así también la tarea del intelectual parece una actividad remota o regresiva. Lo cierto por ahora es que su figura puede disolverse sin que por eso no sea procaz la desaparición de una terminología que en la universidad se extraña y que, si no me equivoco, será muy difícil recuperar si la política no se decide a dominar, aunque sea en parte, la economía.