Ayer jueves 20 de agosto se realizó una marcha de apoyo a Dilma Rousseff, organizada por el partido de los trabajadores, junto a sindicatos y movimientos sociales, en defensa de la democracia con la consigna; ” Contra la derecha y el ajuste fiscal”. Esta actividad es un contrapunto a las manifestaciones del domingo 16 de agosto, que fue  otra marcha más contra el gobierno de la presidenta Dilma Rousseff.

No es sorpresa que los titulares de la prensa mundial la describen como “protesta social”, pues citan como fuentes a los desdichados titulares de los medios mainstream brasileños y a las bolsas de valores, que el año 2003, cuando el ex obrero metalúrgico Luis Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), asumió el gobierno por primera vez, dieron inicio, no a un bienvenido y necesario periodismo crítico, sino a una pauta negativa y sistemática desconstrucción del poder, que a lo largo de trece años pareciera definir a los medios más influyentes – TV Globo, revista Veja y los diarios O Globo, Folha de São Paulo y O Estado de São Paulo – como el más cohesionado  y poderoso “partido político” de una oposición que se presentaba fragmentada.

La marcha del 16 de agosto fue convocada por el senador opositor Aécio Neves – candidato conservador del PSDB (Partido de la Socialdemocracia Brasileña) derrotado por Rousseff el 26 de octubre de 2014 – que al día siguiente anunció que no daría tregua hasta “desangrar” a su contrincante.

Es llamativo que en estos siete meses de incansables maniobras para desestabilizar al segundo mandato de Dilma Rousseff, el PSDB fundado por el entonces sociólogo exiliado en el Chile de Salvador Allende, ex presidente (1995-2003) y hoy mentor del pensamiento político ultra-liberal, Fernando Henrique Cardoso, no se haya distanciado, sino usado en las marchas a grupos de extrema-derecha con tintes fascistas, que infiltraron las protestas de junio de 2013, con la consigna, no sólo  de la deposición de la presidenta, sino de una “intervención militar” y de “¡Muerte al PT!”.

Una vez más los titulares de los medios opositores hablarán de una “crisis económica”, pero lo que se ha instalado en el país más grande  de América Latina es una gravísima crisis política, cuyos ingredientes son encuestas con consultas sugerentes estratégicamente diseñadas para demostrar  un supuesto rechazo a la presidenta Dilma Rousseff, casi del  71%,

Una embestida ultra-conservadora en el nuevo Congreso electo en 2014 y, finalmente, el odio de la clase media y la élite, en cuyos closets pareciera haber invernado su avatar de insospechada vocación fascista.

De los diarios y las pantallas, la cruzada del odio en las calles

Coordinados por internet, grupos subversivos como “Revoltados online”, “Vem para rua”  (“ven a la calle”) y “Movimento Brasil Livre”, fueron entrenados para operativos de bullying político – “golpear al PT” – de los que han sido víctimas ciudadanos comunes, el ex ministro Guido Mantega (agredido en un restaurant), la presidenta, el ex presidente Lula y su Instituto, homónimo, en São Paulo, que a fines de julio fue blanco de un atentado con bomba.

Entre los financistas comprobados de dichos grupos están las fundaciones Charles Koch y David H. Koch Charitable Foundation (“Estudiantes por la Libertad”), y los institutos Cato, Liberal y  Ludwig von Mises – todos comprometidos con una agenda ultra-liberal, en pro del “Estado mínimo”, privatizaciones radicales, desregulación de derechos laborales y con plegarias mesiánicas en torno al mercado como un ente que levita sobre las instituciones y que lo justifica todo.

Sin embargo, la embestida cavernícola se debe al silencio de los partidos de oposición y a la impunidad del “héroe” de los grupos violentistas en la Cámara de Diputados: el ex capitán del ejército y diputado Jair Bolsonaro, que el 10 de diciembre de  2014 – Día Internacional de los Derechos Humanos (DDHH) – agredió a la diputada del PT y ex ministra de  DDHH, Maria do Rosário, con las palabras, impronunciables y hediondas: “¡Ya te dije una vez que no te violo porque no te lo mereces!”.

Vocero del mundillo “law & order”, que le entregó 400.000 votos en los comicios de 2014, Bolsonaro es el abanderado del odio.

Odio a médicos cubanos (contratados por el sector público, acusados como “agentes castristas infiltrados”); odio a  homosexuales (denunciados como “anormales”); odio contra refugiados de Haití (“guerrilleros infiltrados”); odio misógino a las mujeres. En síntesis: odio a la humanización de un país que intenta liberarse del machismo, la truculencia, la corrupción congénita y otros arcaísmos incompatibles con el Estado Democrático de Derecho.

La diputada agredida presentó  una denuncia criminal en la Corte Suprema (STF), el Consejo de Ética de la Cámara encausó a Bolsonaro y la Vice-Fiscal General de la República, Ela Wiecko de Castilho, lo denunció por el delito de incitar a la violación. La investigación la conduce el ministro Luiz Fux, que en siete meses se limitó a notificarlo, nada más. Impune, el ex militar colecciona decenas de querellas por injuria, difamación, amenazas y agresión, pero la complicidad pasiva del parlamento y la inercia de la Justicia han estimulado su impunidad y la descarada embestida de sus acólitos en las calles.