Un discurso de seguridad actúa como un dispositivo social de pánico, se trabaja con un miedo nacional a la delincuencia. Se opera sobre un miedo ancestral a los pobres, a los upelientos, a los despojados. Son los vándalos al margen que asolan la bendita tranquilidad republicana que gobierna a la gente de bien, y a la gente de trabajo disciplinado.

Y la delincuencia aumenta como se mantiene la brecha de la desigualdad, y hay algo grotesco en eso, porque implica que las sociedades no integradas poseen altos índices de delincuencia y violencia social como una composición propia que se explica en la violencia social que provoca la exclusión. Así la inversión en tecnologías de la represión es no enfocar el problema en su origen sistémico, en su origen social.

La preocupación por la inclusión es una noción de características éticas, pero también de características racionales. Menos exclusión es menos daño social, y por tanto, sociedades menos enfermas. Sociedades más sanas, son sociedades donde puede existir una convivencia más civilizada y esto tiene que ver con mecanismos de protección social, con garantía de derechos sociales en consonancia con derechos políticos.

La integración es una cultura social valorativa, pero también un reconocimiento de la otredad necesaria que implica la comprensión de una sociedad como un sistema de convivencia. Contra esta noción, en una sociedad profundamente desigual se impone un discurso de la seguridad que en algún punto de su vértice espiritual se emparenta con la seguridad dictatorial del enemigo interno. Requieren de un enemigo, de un objeto a reprimir y buscar, es la creación de un estigma, un sujeto a perseguir por la policía.

Esta lógica de seguridad nacional, determina un tipo social a reprimir, hace mucho tiempo que son los jóvenes con vestimentas y expresiones musicales más marginales. Curiosamente mientras se instala una cultura flaite trasversal oxigenada por un mercado que luce símbolos diversos, a su vez, se instala una noción de persecución relacionada con estos estereotipos. Se crea el espacio simbólico representativo, pero a su vez sirve de icono identificatorio para que la policía opere sin escrúpulos.

La aplicación de los métodos policiacos tiene un sentido clasista predeterminado, de esta manera un patrón de discriminación se cierne sobre el símbolo de lo peligroso, el joven estilo flaite, será en estos momentos el estereotipo que antes fue el joven poblacional y el joven lana, es un estigma que en otras latitudes detiene a los negros como protocolo de escena pública. Es discriminación pura, y autentica que se manifiesta con espacial crudeza cada vez que los índices delincuenciales se disparan, y se manifiestan sensaciones de inseguridad crecientes.

La creación del estigma es una forma de homogeneizar el peligro, de identificarlo y controlarlo objetualmente. Esta forma discriminadora puede conducir a profundas injusticias que sobrepasan la racionalidad de los protocolos de detención que deben asegurar ciertos derechos, la policía trasgrede las normas y presupone culpabilidades a partir de supuestos situados en una profunda discriminación, induce a las víctimas y correlaciona culpabilidades con estigmas. El patrullaje de nuestras calles tiene una metodología muy errónea que actúa con poco profesionalismo y donde los derechos humanos adquieren una relatividad macabra.

El maquineo concepto de peligro para la sociedad se ocupa a diestra y siniestra, donde el peso burocrático persecutor puede ser una pesadilla, la criminalización se transforma en una tecnología social de creación de un apartheid legal, sistemático de rejas que pueden leerse más allá de lo físico.

La criminalización es una forma de seguridad discriminadora, la criminalización de los pobres es un acto natural en una sociedad jibarizada como la nuestra. Son el enemigo al cual hay que vigilar y castigar, la justificación de la seguridad es por tanto un  negocio muy poco democrático, es un negocio que vive del miedo, y profesionaliza una función policial en la sociedad chilena.

El trato policial como el proceso judicial se ven marcados de desigualdades, son al final el proceso normativo creado para proteger la propiedad  y la libertad, tienen por tanto, una circunscripción geográfica urbana y otra simbólica.

La criminal visión de ciertos chilenos estereotipados cubre una teleserie policial que reproduce esas dinámicas fascistoides de los programas policiales de EE.UU. Así la ciudadanía lincha a estos antisociales, así definidos por la prensa oficial. Y la imaginería nos dice que los delincuentes son jóvenes de determinadas formas y símbolos, a esos hay que agarrar en las rondas preventivas y someter a proceso.

Los rasgos discriminatorios son muy visibles y reiteran ese viejo espíritu de la seguridad en el país que nos recuerda que no es posible vivir sin enemigos internos. Sin enemigos que son vecinos del alma nacional, son los que deben pagar por ser amenazantes, por su condición desfavorable en la desigualdad. Un viejo método con otros protagonistas conciudadanos.