Portada El Diario del Che Gay en Chile en JPG (2)

Era el marco de la versión 27 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en La Habana, Cuba. Diciembre no es un mes caluroso en la isla, pero esa tarde aún golpeaban con fuerza los rayos del soleado día, entibiando la acera del cine donde se anunciaba la presentación del documental “El Che de los Gays” de Arturo Álvarez y Pamela Sierra, con su mismísimo protagonista de invitado especial.

Claramente no era una ecuación sencilla la que proponía Víctor Hugo Robles en la cartelera del festival: Che + Gay, aunque pocos años antes el film de Tomás Gutiérrez Alea, “Fresa y Chocolate”, hubiese abordado el tema de la homosexualidad y la militancia comunista con gran éxito, y pese a que Fidel luego del estreno de la cinta saboreara un delicioso helado de fresa y chocolate ante una prensa expectante por la reacción del líder histórico.

Pero en la película de Gutiérrez Alea no había alusión a la figura del Che, como era la propuesta provocadora de este periodista y activista chileno que, enfundado en sus pantalones ajustados y sosteniendo una mirada aguda bajo su boina guevarista, desafiaba en las mismísimas barbas de todos con la más audaz e irreverente de las alianzas. Todo un sacrilegio en un país donde la figura del Che Guevara es parte sustantiva de un relato épico asociado a una construcción heroica y macha, y donde aún se recuerda uno de los pecados capitales de esa revolución: la persecución y encarcelamiento de los homosexuales cubanos en los años setenta.

Artista performático y contestatario ante los abusos e incoherencias de una sociedad cuya élite pacata y proclive al doble discurso intenta imponer su moralina en todos los ámbitos de la vida cotidiana, Víctor Hugo Robles es el primer caso –así, como si fuese escarlatina o sarampión– que en medio de las fiestas navideñas irrumpió en el espacio público renunciando a ser católico legalmente y pidiendo ser borrado de los registros de católicos bautizados. Todo esto en medio de los escandalosos silencios de la jerarquía de la Iglesia Católica chilena ante los abusos sexuales cometidos por sus sacerdotes.

Pero ese “Che de los Gays”, de diciembre del 2005 que se paseaba nervioso ante las puertas del Cine 23 y 12 del sector habanero de El Vedado, estaba expectante por saber si ese público mayoritariamente joven que iba llenando el recinto, lo iba a sacar a patadas o en andas. Quizás por ello lo acompañamos el cineasta Sergio Trabucco, entonces vicerrector de gestión de la Universidad ARCIS, y yo, ambos también invitados al festival, pensando en nuestro fuero íntimo que era posible un escenario poco amable para nuestro joven e inquieto amigo.

De esa sala de cine atestada y bulliciosa recuerdo los aplausos cerrados en medio de las escenas del documental, para luego concluir en una fuerte ovación.

Víctor Hugo Robles se había atrevido y había ganado. Lúcido y corajudo le tomaba el pulso a los discursos de tolerancia y diversidad que circulaban en La Habana en esos años y había triunfado con su imagen de “El Che de los Gays” esmirriada y provocadora. Tanto así que la propia Mariela Castro, hija de Raúl y figura clave en las políticas y discursos sobre sexualidad en la Cuba de las últimas décadas, se transforma en una interlocutora atenta a sus preocupaciones sobre el tema.

En una entrevista del escritor y periodista colombiano radicado en EE.UU., Giuseppe Caputo, y publicada en El Tiempo de Bogotá, hace un par de años, Víctor Hugo explica : “el cuerpo del Che Guevara estuvo mucho tiempo oculto en la selva boliviana y lo descubrieron un 28 de junio de 1997, Día Internacional del Orgullo Gay. En esa época yo estudiaba Periodismo en Universidad ARCIS, en Santiago de Chile, y la escuela estaba plagada con grafitos del Che. Mi idea inicial entonces fue intervenir esos grafitis: le pinté los labios rojos al Che, pero nadie dijo nada. Me dio un poco de rabia porque quería provocar alguna reacción. Ante esa indiferencia decidí que yo mismo iba a transformarme en el Che. Y eso ocurrió el 4 de septiembre de 1997, cuando participé en una actividad en contra de la censura en Chile, a la que decidí ir con mi boina y estrellita”.

Desde ese instante fundacional que parte con una provocación, el activismo militante de Víctor Hugo Robles no ha pasado desapercibido porque, cual ráfaga de viento fresco, le ha parado los pelos no solo a una derecha conservadora y pacata sino también a una izquierda que aún se incomoda con las sexualidades que no están bajo la norma, o con las denuncias de malas prácticas como las ocurridas en “El Arcis de Noé”, la casa de estudios donde “El Che de los Gays” estudió, y luego trabajó, hasta su autodespido, en el que de paso denunció las complicidades de esa izquierda –en este caso el Partido Comunista– en el triste desenlace de dicho proyecto de educación superior.

SiempreViva Ediciones irrumpe hoy en la escena cultural chilena aportando diversidad y otras temáticas LGBT y queer invisibilizadas en nuestro país. De allí este primer libro que inaugura la editorial, un sello que nace bajo una estrella que Pamela Sánchez y Víctor Hugo Robles entregan para enriquecer y densificar con otras miradas, lenguajes y estéticas, nuestro a veces acotado medio editorial.