Dilma RousseffNo sería raro encontrar alguien que acompaña lo que sucede en Brasil por la prensa chilena y debe pensar que el país está al borde de la guerra civil. Pasadas las presidenciales de octubre de 2014, los brasileños fueron a las calles en manifestaciones  gigantescas contra la presidenta Dilma Rousseff y el oficialista Partido de los Trabajadores.

Pero hay dos tipos de manifestaciones en las calles. La del último día 16 de agosto, con 500 mil personas aproximadamente, lideradas por los partidos de oposición que tuvieron como consigna principal la caída de Dilma. Algunos defendían un juicio político contra la presidenta, pero no fueron pocos los grupos más radicalizados que pedían intervención militar, un golpe de Estado como el del 1964.

Un carácter muy distintos se vio en las marchas del día 20, con casi 300 mil personas, organizada por los movimientos sociales que apoyaron la reelección de Dilma, y que ahora la critican fuertemente, pero defienden su continuidad en el cargo. Las cifras de inflación y de desempleo no son tan distintas de las de Chile, pero día a día la gente está insatisfecha, y la mandataria elegida con 51% el año pasado ahora tiene solamente 8% de aprobación.

El famoso compositor Tom Jobim, ícono de la Bossa Nova – el que creó las melodías de “Garota de Ipanema” y “Águas de Março”, entre otros clásicos – decía que “entender a Brasil no es para principiantes”, y el escenario actual es complejo incluso para expertos.

 ¿Qué pasa realmente en Brasil?

El famoso compositor Tom Jobim, ícono de la Bossa Nova – el que creó las melodías de “Garota de Ipanema” y “Águas de Março”, entre otros clásicos – decía que “entender a Brasil no es para principiantes”, y el escenario actual es complejo incluso para expertos.

Sólo han pasado diez meses desde el triunfo electoral que le dio a Dilma Rousseff su segundo mandato como presidenta de Brasil, pero parece que fue más que una década. En efecto, ninguna opinión política en las calles puede evadir un juicio explícito sobre los doce años que el proyecto político del PT lleva conduciendo el país.

Sin embargo, en esos mismos diez meses, lo que más ha hecho la actual gestión es contradecir tanto los pilares del proyecto político construido en esos sus años como también las promesas hechas en la campaña del año pasado, sobretodo la de cambiar el proyecto sin alterar los objetivos principales en los temas centrales, como los derechos sociales y el combate a la iniquidad – no estaría mal comparar esa postura de la candidata Rousseff el año pasado con el “realismo sin renuncia” de su muy amiga Bachelet, al menos en la idea defendida por ambas.

Dilma logró su victoria en octubre gracias a que reforzó su propuesta en términos de derechos sociales, especialmente educación y salud, además de la promesa de no permitir que se tocara los avances históricos en derechos laborales, tema bastante sensible para el votante tradicional del PT.

Sin embargo, su principal cambio en el gabinete para el nuevo mandato fue justamente en Hacienda, trayendo a Joaquim Levy, ex-directivo de bancos privados y de clara postura neoliberal. La pauta de ajustes económicos del gobierno pasó a tener prioridad, incluyendo recorte de gastos para educación y salud, algunos derechos laborales perdidos, sobretodo con respecto al sistema de jubilaciones, entre otras medidas que afectaban los recursos destinados a programas sociales.

Junto con eso, se sumó el hecho de que, además de dar un segundo mandato a Dilma, los brasileños eligieron en octubre de 2014 uno de los Congresos más conservadores de su historia, con gran representación de parlamentares ligados a grupos evangélicos y ex-militares. Tanto es así que el elegido para ser el presidente de la Cámara de Diputados fue el evangélico Eduardo Cunha, perteneciente al oficialista PMDB pero desafecto declarado de Dilma.

Como presidente del Poder Legislativo, y aprovechando la mayoría conservadora, Cunha creo una agenda paralela a la del gobierno, donde logró aprobar un proyecto de desregulación de la subcontratación y otro que disminuye la edad penal mínima de 18 a 16 años. Como presidenta, Dilma tiene el poder de vetar esos dos proyectos, y algunos líderes del PT garantizan que lo va a hacer. Pero todavía no lo ha hecho, lo que aumenta la incertidumbre de sus militantes históricos y el sentimiento de frustración de la clase trabajadora brasileña.

 Pero quien ve el noticiero de los grandes medios chilenos está leyendo eso y va a sentir que falta hablar del tema de la corrupción. “Pero cómo, si las manifestaciones empezaron por el tema de los dineros robados de Petrobras”. Es verdad, pero ya no lo es más.

Las primeras manifestaciones, en marzo, tenían realmente las investigaciones sobre Petrobras como principal excusa, aunque no la principal demanda.

La consigna siempre fue la de sacar a Dilma del poder. En aquel entonces, los opositores organizaron una primera marcha aprovechando que no había una mayor seguridad sobre las investigaciones de la llamada Operación Lava-Jato y parte de la prensa aseguraba que Dilma había sido citada por testigos y por los demás formalizados en el caso. Gracias a eso, lograron llevar más de un millón de personas a las calles.

El tiempo ayudó a Dilma de dos formas. Primero, porque pasados diez meses, no se ha logrado acreditar ninguna participación suya en los hechos delictivos, mientras que algunos de sus más fuertes opositores sí se han visto involucrados, sobretodo Cunha, acusado de utilizar una iglesia evangélica para lavar dinero de desviado de Petrobras – aprovechando que las instituciones religiosas están exentas de impuestos en Brasil.

Lo segundo que ha ayudado un poco a Dilma es que muchos de los que fueron a la primera manifestación en marzo no son necesariamente opositores sino votantes del PT frustrados con los rumbos del gobierno. Las manifestaciones opositoras fueron perdiendo adeptos porque sólo en el primer evento pudo mantener en la misma calle ese elector petista frustrado y los diferentes tipos de antipetistas, incluyendo los grupos que piden intervención militar contra el gobierno.

Sin embargo, algunos de esos petistas frustrados, junto con los movimientos sociales de izquierda que apoyaron el PT el año pasado, empezaron a crear otro frente, con sus propias marchas que han mostrado un crecimiento importante, aunque no han logrado todavía superar la convocatoria de las marchas opositoras.

Esas marchas tienen como pauta los derechos laborales y sociales perdidos en los ajustes neoliberales, además de reivindicar el prometido uso de los recursos del Pré-Sal (el gigantesco pozo de hidrocarburos encontrado por los brasileño la década pasada) para reforzar el presupuesto de educación y salud, lo que ahora está en duda, por la tentativa de la oposición de crear un mecanismo para permitir la privatización de Petrobras, aprovechando la mayoría conservadora en el actual Congreso Nacional.

Si fuera Brasil un país común, sería fácil apuntar una salida para Dilma Rousseff: agarrarse a los grupos de izquierda que están creciendo en las calles y lanzarse en una agenda por derechos sociales, aprovechando una oposición que no puede más hablar de corrupción debido a tener algunos de sus líderes citados en el principal caso de corrupción del momento, y que tampoco tiene agenda para el país – la demanda opositora nunca fue más allá de la salida de Dilma, y ante la falta de pruebas delictivas en contra de ella, la marcha del día 16 pasó a apelar a que ella renuncie.

Sin embargo, Dilma ha preferido tomar otro rumbo. Se acercó al otro líder del Poder Legislativo – el presidente del Senado, Renan Calheiros, también involucrado hasta el cuello en el caso de Petrobras – y aceptó algunas de sus propuestas de reformas denominada Agenda Brasil, entre las que se incluye iniciativas que podrían poner en riesgo algunos parámetros del Sistema Único de Salud (SUS), como su carácter universal y gratuito – el servicio pasaría a ser cobrado en algunos casos.

 No es fácil entender las decisiones de Dilma, porque no es fácil entender lo que pasa en Brasil, es imposible hacer previsiones, aún a corto plazo. Es muy probable que la oposición tenga algún desgaste por las investigaciones a Cunha y otros referentes, pero no hay que esperar que el gobierno y la presidenta puedan recuperar apoyo por ello, al menos este año.

Ni siquiera el regreso de Lula en 2018, el sueño de la centro-izquierda brasileña, es algo seguro, aunque él todavía es la figura política más potente de Brasil, sobretodo en las clases bajas. En el caso de que intente volver al Palacio del Planalto, el ex-presidente tendrá que enfrentar el desgaste de defender las contradicciones del actual gobierno. Muchas de ellas nacieron de las alianzas políticas con el ambiguo PMDB – el partido de Cunha – y los pequeños partidos de centro-derecha, las que fueron impulsadas por el mismo Lula, pero que Dilma no ha sabido administrar.

La política brasileña parece anestesiada, como su fútbol tras la derrota de 7 a 1 en el Mundial. Hay que esperar para ver qué fuerza política será capaz de poner la pelota bajo el brazo y liderar una remontada.