muros

 

Las ciudadelas amuralladas proliferan por todo el mundo. En Chile se construyó en 2002, en pleno Santiago, una barrera que segrega a ricos y pobres en la comuna de Lo Barnechea. Algo muy similar al Muro de Padua, donde los migrantes que habitan el barrio de Agnelli en la ciudad del norte de Italia, han sido separados de los “blancos”. La defensa de ambas construcciones es la misma. “A mí me dijeron que había muchos delincuentes y tenía que hacer algo (…) Los ladrones usan esa zona como pasadizo para esconderse” dice la entonces alcaldesa de Lo Barnechea Marta Ehlers [1]. Flavio Zanonato, alcalde de Padua afirmaba que “Sólo queremos limitar la actividad de la droga. No es un muro como en Palestina. La intención es dificultar a los vendedores de droga que salten al otro lado”[2]. “No es un muro como en Palestina” resulta una afirmación crucial porque el Muro que Israel levantó en los Territorios Ocupados se presenta también ante la comunidad internacional como un muro de defensa. Probablemente Zanonato piensa que el de Israel es un muro de ocupación ilegal (y estaría en lo cierto) y el suyo uno de verdadera y legítima defensa. El problema de los muros está ahí. En su plasticidad argumentativa y en su transversalidad política. Hoy todos quieren muros. Ehlers, militante de Renovación Nacional y Zanonato, miembro histórico del Partido Comunista Italiano, ahora en el Partito Democratico.

Por cierto, cada muro ha sido levantado por una situación particular, por un contexto, pero existe también un sentido más amplio que permite al discurso contemporáneo enarbolar la idea de un muro como solución a los problemas de una parte de la población. Porque siempre el muro es visto como una defensa para unos contra otros. Otros peligrosos, constantes merodeadores, ágiles saltadores, asesinos, bárbaros. Detrás del muro de Lo Barnechea o Padua el pobre no es pobre, es delincuente, tal como los palestinos son representados como terroristas por el solo hecho de nacer en los Territorios Ocupados. ¿Qué es, desde esta perspectiva, el muro? Es el dispositivo material y visual por medio del cuál se despliega un orden del mundo basado en la dicotomización de la vida. Amigo/enemigo; civilización/barbarie; rico/pobre; ciudadano/delincuente; nacional/terrorista, son algunos de los binomios producidos. El muro no es nunca igual a ambos lados, porque el primer término del binomio es siempre virtuoso, el segundo siempre defectuoso. La vida a un lado de él es defendida como vida con cualidades, al otro lado, o se determina que la vida no tiene valor y por tanto se puede asesinar con impunidad o se defiende la mera vida, es decir, la vida biológica. O se decide el exterminio o el asesinato selectivo como en la necropolítica de Israel sobre Palestina o bien se hace vivir y se deja morir, como ocurre en Santiago o Padua. En ambas situaciones, la vida del otro detrás del muro siempre importa poco.

Están los de India-Pakistán, Estados Unidos-México, Marruecos-Sahara Occidental, Arabia Saudita-Yemen e Irak, España-Marruecos. Esos son los muros que se levantan como políticas de Estado para “defenderse” de amenazas provenientes de otros Estados. Casi nunca se erigen contra otro Estado, sino contra personas, inmigrantes o calificados como terroristas. Pero Padua y Lo Barnechea son ejemplos de los muros al interior de la ciudad, dentro del mismo Estado para separar lo que se considera una franca infección producida por el pobre. El muro en Palestina es representativo de ambos. Es un paradigma de la muralla que el orden del mundo actual ha levantado. Allí se habla de protección de la soberanía de un Estado frente a población sin Estado, se confisca territorio palestino para hacer el muro, porque a fin de cuentas el Estado que se dice soberano en realidad no tiene fronteras definidas. El territorio que ocupa es su territorio y es soberano sobre una tierra que amenaza su soberanía. Lo que muestra Palestina no es un caso anómalo, sino el punto de indistinción entre Estado y policía, o peor aún, el retroceso del Estado frente al control policial de la vida. La policía, sin embargo, es puro despliegue del poder. Una fuerza activa comandada por un soberano mucho más difuso. El muro de Cisjordania, en este sentido, ilumina otros muros que son en realidad parte del orden en que vivimos.

Wendy Brown plantea en un libro de 2010 que la paradoja de los muros es que aún siendo un símbolo de una supuesta soberanía estatal, parecen proliferar precisamente donde esta tiende a declinar. El muro es algo así como la mordida desesperada de una fiera acorralada, mordida que de antemano está dispuesta al fracaso. Pero ¿ante quien cede la soberanía el Estado? ¿Acaso frente a los migrantes que identifica como peligro? Por cierto que no. Frente a ellos sigue funcionando como policía de una soberanía afincada en el poder económico, en las corporaciones transnacionales que no reconocen ninguna otra soberanía que la de los empresarios que hacen caso omiso a las leyes o las manipulan a placer [3]. Las instituciones internacionales, que definen las políticas económicas de los países, son, a su vez, factores de reducción de la soberanía estatal frente a las empresas, de forma que es el capital y ninguna otra fuerza, el que define el trazado de todos los muros. Esta es una soberanía más sutil que la del Estado, pero mucho más intensa, porque es en la producción de sujetos autorreferentes y profundamente interesados en realizarse por medio del consumo y la propiedad que el poder logra circular. Son ellos los que interiorizan con facilidad la dicotomía que circula en el ambiente de forma lo suficientemente potente como para levantar un muro. Son ellos, los sujetos, los que se defienden de los otros, siendo la barrera de contención del mercado frente a aquellos que no están invitados a participar de él.

El carácter radical del capital se manifiesta en el hecho que su soberanía fluye como soberanía del sujeto. Es en él donde emerge la ficción de una decisión, hecha a imagen y semejanza de la decisión teológico-política. Pero esa decisión es desde siempre ya una decisión de otro, de la economía con múltiples cabezas que, al circular, va definiendo lo que es posible pensar, decir y hacer. A sus mandatos se pliega el homo aeconomicus que se asume como conquistador de tierra (colono), rico, blanco, civilizado. Cada una de esas categorías tiene una contraria frente a la cuál se levanta un muro, que en su forma concreta puede resultar ser una calle amplia y resguardada policialmente, un pasaje cerrado o una barrera de hormigón. Dentro de los muros no se generan ciudadanos, si con ello se quiere reivindicar la pertenencia a algo común, sino que se cierra la posibilidad del uso de las cosas, tanto dentro como fuera de sus fronteras. La geografía imaginada que asume lo propio como una sustancia incuestionable (por ejemplo, los límites del país como límites de la nación) se encuentra en schock por la pérdida de soberanía por parte del Estado. Es en ese momento en que el capital refuerza la ficción soberana del sujeto que clama por muros que lo defiendan frente al barbarismo.

Incluso en los lugares como Palestina, donde pareciera que la soberanía juega un papel fundamental, vemos cómo se montan empresas israelíes que utilizan la mano de obra de los colonos judíos que es barata porque al vivir en los Territorios Ocupados cuentan con una serie de subsidios y privilegios. Allí, como dice Gadi Algazi, un número importante de familias que buscan viviendas baratas o inmigrantes dependientes de los subsidios del Estado funcionan como punta de lanza del sionismo al alero de empresas que han descubierto el lado profitable de la ocupación colonial. Ellos, conquistadores de un territorio y constructores de un muro, el más emblemático de nuestro tiempo, son al mismo tiempo los obedientes empleados de un capital que actúa por sobre todo derecho [5]. Su libertad de colonos es su reducción a trabajadores del capital.

Pero el muro oculta y muestra a la vez. Oculta de la mirada lo otro, lo indeseable de ser siquiera visto. Pero ello, a costa de evidenciar un límite, un encierro. El interior del muro nunca es libre porque ha sacrificado la libertad en el nombre de la seguridad. A cambio, el colono o el rico puede gastar dinero y dar órdenes acordes con la jerarquía en que lo haya posicionado la economía. Puede consumir, pero nunca puede usar. El muro es un espejo en el que el propio sujeto se refleja derrotado. Es la imagen misma del fracaso de la ficción del Estado como ente soberano y la emergencia evidente del mercado como sucesor en la conducción de las almas. Como contracara, el muro muestra también su posibilidad. Aquella cerrazón que la soberanía ejerce en la mente de los sujetos, al plasmarse en un muro se evidencia también derrotada. Porque el muro es desde siempre invitación al derrumbe. Caída del propio muro. Lo común, lo inapropiable, asoma por entre sus alambres y grietas. Un muro destruido es un espacio dispuesto al uso. En sus escombros no sólo se encontrarán los rastros de una civilización basada la constante dicotomización, incapaz de pensar lo múltiple, sino también los restos de una subjetividad arrogante, que no supo más que de encierro. “Nos encontramos, de repente -dice Michel Foucault- ante una hiancia que durante mucho tiempo se nos había ocultado: el ser del lenguaje no aparece por sí mismo más que en la desaparición del sujeto” [6].

NOTAS

[1] En Klener Hernández, L., “El muro de la vergüenza”, en Punto Final. URL:
http://www.puntofinal.cl/518/barnechea.htm
[2] En Fraser, C., “El muro de Padua”, en BBC Mundo, 2 de octubre de 2006. URL:
http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/international/newsid_5398000/5398380.stm
[3] Ver Brown, W., Walled States, Waning Sovereignty, Zone Books, New York, 2010, p. 22.
[4] El término es de Edward Said. Ver ibíd., p. 74.
[5] Ver Algazi, G., “Offshore Zionism”, en New Left Review, No. 40, julio-agosto 2006. URL:
http://newleftreview.org/II/40/gadi-algazi-offshore-zionism
[6] Foucault, M., El pensamiento del afuera, trad. Arranz Lázaro, M., Pre-Textos, Valencia, 2008, p. 16.