haciendaEn Chile, antes del lunes negro, ya se hablaba de crisis económica, desaceleración, o por lo menos de “impases” y complicaciones. Los bajos índices de crecimiento, no sólo alejados de los años en que se alcanzaban cifras por sobre el 5%, sino que por la incapacidad de alcanzar las propias estimaciones del Banco Central, como a su vez una tasa de inflación –que alejada de preocupaciones hiperinflacionarias- no logra cumplir con la meta del 3% fijada, han sido los principales titulares que desde hace un par de meses se impusieron en la agenda pública nacional y guiaron la orquesta.

Frente a este escenario comenzaron los debates económicos y políticos. Las razones para explicar estas cifras eran el tema central. Desde la vereda neoliberal, los acérrimos críticos a los proyectos de ley que el Gobierno buscaba impulsar, plantearon que se debía por sobre todo a un factor coyuntural, en donde las bajas expectativas debido a la incertidumbre instalada por el Gobierno en el mercado, y la aplicación de medidas que alejaban a los inversionistas –reforma tributaria y laboral- era lo que explicaba estos magros números. Por su parte dentro del Gobierno, sus tensiones también se visibilizaban frente a esta cuestión: los que claudicaban y se arrodillaban a la necesidad de generar un cambio en las expectativas buscando entregar certidumbre, y por otro los que señalaban que la existencia de una desaceleración era ficticia, y se aferraban a los buenos índices en relación al empleo, al ahorro y consumo al detalle.

Con el advenimiento del “Realismo sin Renuncia” acompañado de la jerarquización y gradualidad de las reformas, el debate pareció quedar cerrado, con un claro ganador: El camino es cambiar Chile de apoco, siempre y cuando se sigan asegurando las certezas necesarias para que el mundo empresarial no comience a dudar del futuro.

No obstante, todo indica que se mueven fuerzas internacionales que avecinan el inicio de una nueva crisis económica con alcances mundiales. La caída en los mercados de valores en China golpea profundo a una economía mundial que parece no haber aprendido nada durante la crisis del 2008.  Una alta financierización, en donde la economía real es cada vez menos relevante en las transacciones monetarias mundiales, empujando a la búsqueda de una capitalización y maximización de beneficios cada vez más rápida y cortoplacista, desligada de los bienes reales.

La crisis pareciera ser para todos. Banqueros, dueños de grandes industrias, gobiernos y gente de a pie, temen verse afectados ya sea por las bajas de los activos y commodities, o en su defecto, el alza de los bienes de consumo diario y la pérdida de valor de las monedas nacionales.

Y frente a ello, esta realidad económica nos pone varios desafíos, el primero es claro: entender en toda su magnitud y profundidad qué significa y cómo opera esta realidad económica por la que se atraviesa. Ningún análisis que enfatice sólo en la existencia inmutable de ciclos de crisis permanentes y continuas en el capitalismo, puede explicar las variables específicas de cada una de ellas. Distinta es la crisis del 2008 comenzada en Estados Unidos, uno de los países más endeudados y con mayor presencia en el mercado de acciones, con una China en donde su economía real es más relevante en el PIB que el valor bursátil, siendo este un tercio del Producto Interno Bruto, cuando en otros países rebasa el 100%.

Pero no sólo entender, también debemos mirar los proyectos económicos que durante estas décadas se levantaban como modelos alternativos en América Latina. Venezuela por ejemplo, sumida en una crisis económica de gran envergadura, se verá aún más golpeada. La nueva caída del precio de petróleo, la devaluación permanente de su moneda –a índices mucho más acelerados que en los demás países de América Latina donde la devaluación es una realidad generalizada-, y la hiperinflación que acompaña dicha catástrofe, son elementos que obligan a mirar con un ojo extremadamente crítico la realidad acontecida. Al igual como nos debemos alejar de los análisis a-históricos para explicar las crisis, debemos alejarnos de las miradas reduccionistas que explican las problemáticas por las que atraviesa y seguirán atravesando países como en venezolano – o lo propio acontecido en Grecia donde la dependencia al Euro hizo que un no democrático fuera un sí a la fuerza- , tan sólo como el efecto ante una tratativa que el imperialismo impuso al pueblo y su Gobierno.

En tercer lugar, debemos volver a mirar la realidad chilena. Y reabrir nuevamente el debate: ¿son acaso cifras coyunturales debido a problemas políticos coyunturales?, ¿o hay elementos estructurales que definen los índices bajos de nuestra economía? Y si así fuera, ¿Cuáles son esos problemas y qué características estructurales debiéramos modificar de la economía nacional?, y en el marco de los posibles efectos de los movimientos de la economía mundial, con la baja del precio del cobre, en nuestra economía dependiente y primario exportadora,  ¿Hay alguien preocupado de sacar a Chile de la vorágine catastrófica que potenciales crisis económicas mundiales pueden llegar a implicar para la economía real de nuestro país, y la vida cotidiana de los compatriotas?

Pareciera que esta crisis es el fantasma de todos, pero sin lugar a dudas, en las esferas subterráneas de la economía mundial, la devaluación de las monedas nacionales, las presiones con las deudas externas y las dependencias a organismos transnacionales, beneficia a algunos. La cuarta tarea es ver a quienes.  

Por tanto, analizar con crítica aguda la realidad para explicarla, mirar apuestas económicas alternativas pero fallidas para entenderlas, desnudar la estructura económica de nuestro país, y finalmente, lograr ver más allá de lo aparente, parecen tareas centrales de quienes buscan aportar en explicar la realidad para transformarla.

Porque una cosa es clave, si asumiéramos acríticamente las tesis del “Realismo sin renuncia” añadiendo un contexto de crisis mundial, quedaría solo la renuncia. Sin embargo, el camino es diametralmente opuesto. Por tanto, si no es ni realismo, ni renuncia, sino que hacer posibles los sueños de cambios profundos en nuestros países, en caminos nuevos aún por transitar, ¿Cuáles serían las clavijas que habría que partir cambiando? Dependencia, mercado bursátil, y alta privatización de la economía real, son las primeras pistas.