Universidad de ChileLa historia de la democracia en el país y en la Universidad de Chile han ido usualmente de la mano. Ocurrió en el siglo XX, cuando la reforma Universitaria coincidió con el ascenso de las conquistas sociales (un par de años antes del triunfo de la UP), ocurrió en la dictadura cuando todo lo que oliera a democracia fue eliminado, y ocurre hoy cuando cuando se cuestiona la precaria democracia chilena al tiempo que se vuelve a discutir la forma en que nos gobernamos como Universidad. Lo viejo se resiste a cambiar, mientras fuerzas nuevas pujan por un Chile diferente, y al mismo tiempo cuando los estudiantes se movilizan por una nueva Universidad y cuando está en curso el proceso de cambio de estatutos que podría significar una democratización relevante de la Chile.

La discusión sobre el carácter de la Universidad no es en ningún caso trivial. Lo anterior muestra justamente cómo se ligan su historia con la historia del país, y esto se hace patente también hoy. Y es que así como la discusión respecto al derecho a la educación ha forzado que se den discusiones nuevas en una Universidad que está inmersa en un sistema educacional mayor, al mismo tiempo transformar la Universidad nos permite construir un referente de lo que entendemos por educación pública, en un momento en que el Gobierno cae en una espiral de confusión y parece sólo ser capaz de discutir porcentajes y años de acreditación. Construir una Universidad que oriente sus decisiones a las necesidades del país significa referenciar el modelo educativo que queremos. La reforma a la Universidad de Chile es entonces tremendamente relevante.

En lo que sigue, quisiera concentrarme en un punto que ha sido de particular discusión al interior de nuestra comunidad, y que es de los más relevantes para la reforma de estatutos: la incorporación de estudiantes y funcionarios a los órganos de Gobierno de la Universidad y al padrón electoral que escoge al Rector y a los Decanos. Sin idealizar ninguna forma de gobierno, comprendiendo que aún habrá carencias para un mayor diálogo con la sociedad en su conjunto y que por lo tanto las formas de organizar la Universidad tendrán que ser actualizadas una y otra vez, quisiera argumentar por qué sería un tremendo avance una democratización en estos términos, por al menos 4 razones:

1) La incorporación del conjunto de los actores de la Universidad permite que las distintas vivencias y preocupaciones sean incorporadas, a diferencia de lo que ocurre hoy cuando la restricción de la discusión al mundo académico inevitablemente provoca una valoración mal calibrada de las necesidades de la Universidad. Quisiera reforzar este punto con una anécdota: a comienzos de 2011, en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad, se realizó una jornada para mostrar el primer avance en un proyecto llamado “Pensando la Década” que había sido trabajado exclusivamente por académicos. A esa jornada se invitó al Centro de Estudiantes que me tocaba presidir. Con triste sorpresa nos dimos cuenta que en ningún momento se cuestionó la orientación del conocimiento que se produce o la cantidad de profesionales que formamos por área, pero tampoco los problemas asociados a los altísimos aranceles, la carga académica y las muy precarias condiciones laborales de los trabajadores subcontratados del aseo y seguridad. Problemas evidentemente muy relevantes para muchas de las personas que conviven allí. Como contraparte, los salarios de los académicos o la instalación de un “Faculty Club” sí habían sido discutidos. Lo anterior fue sólo el producto de las primeras comisiones y hubo cambios posteriores, sin embargo, queda claro que la participación restringida a los académicos está muy lejos de asegurar que nuestra Universidad se haga las preguntas relevantes a la hora de tomar decisiones. Todos estamos determinados por nuestras experiencias cotidianas, y seguramente una reflexión exclusivamente estudiantil, por ejemplo, habría tenido también numerosos vicios. Una visión de la comunidad en su conjunto, en cambio, sería muchísimo más rica que lo que tenemos hoy.

2) La posibilidad de dinamizar discusiones relevantes para la Chile. Nuestra Universidad no ha sido capaz de superar el rol que le legó la transición pactada a la democracia, y sigue siendo hoy principalmente una Universidad que compite (con harto éxito) en el mercado de las Universidades, dejando en un segundo plano su misión fundante, tener como norte las necesidades de Chile y de su pueblo. Son pocos los hitos distintivos, y lo que es común a ellos es el protagonismo de espacios con participación triestamental y en particular el rol jugado por los estudiantes. El proceso de reforma de estatutos de fines de los años ‘90; el claustro convocado por el Senado el año 2011; el Cónclave que se desarrolla estos días para tomar postura como Universidad frente al proceso de reformas; y el propio proceso actual de reforma de estatutos que motiva esta columna. Y es que romper la inercia de una Universidad como la nuestra es difícil, y la fuerza con la que irrumpe la comunidad estudiantil es de un valor irrenunciable para una Universidad que requiere hacerse preguntas muy profundas para recuperar un accionar verdaderamente público.

3) La posibilidad de anticipar conflictos. En un conversatorio de hace un par de semanas, el primer Decano electo triestamentalmente en la historia de nuestra Universidad, el profesor Alfredo Jadresic (de salud) nos contaba que en los años que duró su decanato nunca tuvo un paro ni de estudiantes ni de funcionarios. Esto parece contradictorio con los temores que hemos escuchado respecto a que la triestamentalidad podría significar algo parecido al caos, sin embargo, es de toda lógica. ¿Qué posibilidad tenemos hoy estudiantes y funcionarios para incidir en el rumbo de la Universidad que no sean las diversas formas de movilización? Un gobierno conjunto de la Universidad permitiría anticiparse a diversas tensiones antes que estas se extremen, y permitiría también una resolución armónica para muchas de éstas. Ninguna forma de gobierno estará libre de conflictos, pero sin lugar a dudas que una más cerrada, como la que tenemos hoy, los potencia.

4) La razón más importante es probablemente la posibilidad de construir una visión común respecto del proyecto de Universidad que queremos. La dictadura nos quiso convencer que ir a la Universidad sólo tiene que ver con sacar un título para luego poder tener un mejor sueldo. Construir comunidad, un proyecto unitario y colectivo es justamente ponerle freno a esta visión de Universidad totalmente desligada del desarrollo de nuestro país y nuestra sociedad. Ello también nos permitirá fortalecer a la Universidad, en tanto deja de ser una sumatoria de individuos intentando mejorar su posición individual, y se convierte en un espacio de encuentro entre iguales. Un espacio verdaderamente público.

La Universidad debe ser, por esencia, un espacio donde prime el diálogo democrático y racional. Existe mucha mitología en la discusión sobre democracia universitaria, exacerbada por los temores frente a un gobierno que ha impulsado una reforma educacional en la que la educación pública no tiene cabida y por un conservadurismo impropio de una institución que debe ser reflexiva. Por lo mismo, el llamado debe ser a debatir con amplitud de miras, con disposición a escucharse y con voluntad autocrítica de reconocer que el modelo actual de Universidad de Chile la ha desnaturalizado por completo. Quizá muchos hoy puedan estar muy cómodos en su posición propia, pero ¿es esta una Universidad de Chile que podamos defender con orgullo? Creo que no, y que democratizarla sin duda será un paso significativo (aunque lejos de definitivo) para que la respuesta sea afirmativa.