Ad portas de una nueva conmemoración del golpe de estado de 1973, al parecer seguimos estando –tras 42 años– en una situación de extravío para una política con sentido transformador. La persistente memoria que nos interpela cada Septiembre y nos conmina a desterrar el olvido de aquel día trágico, nos obliga a volver a mirar la experiencia de aquella pasión revolucionaria en el contexto de la Unidad Popular, así como también de los horrores provocados por la dictadura durante 17 años. En algún momento, Tomás Moulian retrató magistralmente estos momentos de la historia como “fiesta, drama y derrota”.

De algún modo, este reexamen del pasado en cada evocación del golpe de estado, ha quedado atrapado en a lo menos dos visiones contrapuestas que han predominado en los años de la transición pactada en Chile. Nos referimos a las reminiscencias de aquella política redimida con la pasión socialista y el entusiasmo revolucionario. Aquellas élites dirigentes, redentores confesos, han tomado la lección del pasado reciente como un giro ideológico en que el rescate de la memoria opera como un dispositivo rectificador de aquel momento histórico, en que la “miopía política” y el “aferramiento revolucionario” aceleró lo que ellos denominan “el quiebre institucional de la democracia”. Estas élites redimidas, que se adaptaron sin demasiados escrúpulos a la oferta de la política neoliberal, observan este pasado como una equivocación propia de la candidez política y del entusiasmo adolescente por la transformación de la sociedad capitalista. Por eso, para ellos la fiesta de la Unidad Popular fue un error, el drama una cuestión evitable y la derrota una invitación a adecuarse a una política responsable.

Esta reminiscencia redentora que mantuvo cierto entusiasmo por un programa de reformas estructurales, prontamente decayó una vez que el escenario político y social se tornó adverso. En aquel momento, se hizo evidente su nimiedad para entender la política, quedando todo reducido a un discurso trivial de fusilería ideológica. En el fondo, las élites redentoras son ágiles en la oportunidad, son operativos y negociadores: entienden la política no sólo como el arte de la responsabilidad, sino que también la comprenden desde la viveza y la rapidez, donde la pausa y la reflexión no tienen cabida… se requiere competir y competir siempre. Su afán hípico es ganar a toda costa, sin importar cómo saldar más tarde las promesas y compromisos que se contrajeron.

Según Cornelius Castoriadis, el rasgo más característico de la política contemporánea es su insignificancia, porque las acciones políticas son de momentos, de la oportunidad y de la imagen. El único objetivo es sobrevivir y mantenerse en el poder, lo que las élites políticas han seguido escrupulosamente durante estas últimas dos décadas, persistiendo en las bondades de una política responsable que no puede permitirse lujos ideológicos que introduzcan cambios significativos al modelo económico-político chileno. Nada extraño resulta entonces, que aquellos que en esta época se redimieron sin complejos de sus “pecados de juventud”, retornaran a los espacios confortables que generan esa política bribona y hábil para la negociación.

Su afán hípico es ganar a toda costa, sin importar cómo saldar más tarde las promesas y compromisos que se contrajeron.

Su impronta hípica –para evitar quedar placé – los vuelca hacia un obsesivo pragmatismo de la política: ésta siempre es una competencia, en que la contingencia obliga a los candidatos-corredores a no perder y así quedar “fuera de todo”. Por eso, la necesidad de desarrollar un olfato apto para sobrevivir en la política circunstancial, los provee de un pragmatismo donde no importan la ideología ni la doctrina. De esa manera, no les interesa el decoro cuando deben mostrar carácter para “cautelar el orden social” y reprimir a los estudiantes y ciudadanos que se expresan colectivamente en el espacio público; menos aún a la hora de mostrar disposición al diálogo ante un puñado de camiones abollados corriendo por la Alameda.

Viven hípicamente, también, la rememoración del golpe. Cada Septiembre hacen uso de la memoria como un vehículo que les permita una ligazón al menos afectiva con ese pasado cargado de épica política. Aquello les hace tener una familiaridad y filiación momentáneas con las históricas luchas políticas y sociales de pobladores y trabajadores; pero una vez acabada la conmemoración, se desligan de ese pasado a con una celeridad digna de mejor causa.

Y por otro lado, circula esta otra visión cargada de melancolía, amparada en un pasado monumental en que la tarea del gobierno de Salvador Allende ha quedado inconclusa y es aún un proyecto pendiente, en medio de los cuestionamientos actuales al modelo neoliberal. El carácter festivo de aquella experiencia sigue encarnando en muchos militantes la posibilidad de un horizonte político emancipador, en que el rescate de una memoria heroica y sacrificial pueden ser hitos fundantes, en el sentido de una otra política. Quizás el drama que sacudió a tantos militantes y dirigentes sociales durante la dictadura, ha impedido pensar esa otra política, que a menudo circula en estos espacios como una restauración de aquella épica que se revive cada Septiembre.

Por cierto, los dirigentes y militantes que se mueven en estos espacios son agentes capaces de convocar a las nuevas generaciones alrededor de la importancia de conservar la memoria, tanto de las luchas sociales que han atravesado la historia de Chile, como de los traumas sufridos por la violencia dictatorial. Es una herencia de festejos y tragedias, de combates y derrotas. Detrás de esta mirada, hay un pendón ético para resistir las políticas institucionales del olvido gestionadas durante la tibia transición a la democracia.

Cada vez que se rememora un nuevo aniversario del golpe de estado, sus activos políticos y sus convicciones ideológicas exhiben una cierta pesadumbre, que revive los horrores de la represión política: el exilio, la cárcel, la relegación, los caídos y los desaparecidos son parte de un río caudaloso que alimenta la memoria. Esa memoria necesaria que se resiste a desembocar en el olvido. A pesar del esfuerzo invaluable por mantener esta memoria viva, persiste aún una tonalidad melancólica que inmoviliza y coarta la posibilidad de pensar esa otra política aún no imaginada, a riesgo de alejarse de aquellas certezas que dibujaron los sueños del pasado.

La necesidad de alentar espacios para pensar una política que le dispute el escenario a la política de estilo oportunista e instrumental, de ningún modo se contrapone al ejercicio de la memoria, a la lucha contra la impunidad y a la demanda por juicio a los violadores de los derechos humanos: éstas son y seguirán siendo a perpetuidad nuestras banderas de lucha contra toda instancia que intente justificar la represión instaurada por la dictadura de Pinochet. Pero la rememoración de los Septiembres que vengan a futuro, en algún momento deberá ir más allá de la organización de “kermesses de la nostalgia”, para invocar y convocar aquella épica festiva en que lo imposible era posible. A lo mejor este nuevo Septiembre es una buena oportunidad para imaginar esas nuevas épicas, que movilicen la política hacia direcciones más prometedoras.


Sociólogo y profesor universitario