En jerga futbolística, “pedir la hora” es un recurso que usan los equipos cuando ven que el partido se les viene cuesta arriba en la recta final y quieren salvar un resultado. Este parece ser el caso del gobierno que a un año y medio de su arribo a La Moneda, se encuentra sumido en una profunda crisis que algunos definen como terminal. Junto al derrumbe en la popularidad de la mandataria, que era el principal activo político de la coalición oficialista, ya es un hecho que el programa de reformas estructurales presentado a la ciudadanía, no se implementará de acuerdo a lo previsto.

Si bien era previsible que el gobierno de Bachelet difícilmente cumpliría con las altas expectativas que cifraba gran parte de la sociedad chilena en su segundo gobierno, debemos reconocer que no deja de llamar la atención, lo temprano que se ha producido esa desafección de la ciudadanía con su gestión en el Ejecutivo. Sin duda muchos (partidarios y detractores) ya se convencieron que este gobierno “tiró la toalla” y solo queda esperar pacientemente que termine su período. La anticipación de la carrera presidencial así lo demuestra. El “nuevo ciclo político” que se abriría con la asunción de la NM o las grandes reformas estructurales que vendrían a saldar la deuda pendiente de la vieja Concertación, al parecer tendrán que seguir esperando.

A nuestro juicio hay dos factores que explican este descalabro. Uno afecta al proyecto programático de la NM y el otro a la figura presidencial.
El “nuevo ciclo político” que se abriría con la asunción de la NM o las grandes reformas estructurales que vendrían a saldar la deuda pendiente de la vieja Concertación, al parecer tendrán que seguir esperando.

En primer lugar, en la Nueva Mayoría nunca existió una real convicción por llevar adelante cambios estructurales. Si uno se atiene al programa de gobierno o a las declaraciones de sus principales dirigentes, el mentado programa fue concebido como un marco conceptual para regular las expectativas ciudadanas de cambio. No existe en el citado documento un desarrollo de ideas muy acabado ni menos aún mecanismos o procedimientos para implementar las políticas o medidas enunciadas.

El programa es entonces el resultado de una “negociación inconclusa” entre las sensibilidades o almas neomayoristas, las que en su afán de ganar tiempo o no entramparse en discusiones de mayor calado y profundidad en tiempos de campaña, concordaron un texto ambiguo. Dicha ambigüedad no era casual, sino que expresaba el acuerdo tácito de que esas diferencias se irían abordando según se desarrollara el devenir del escenario político. Así, lo que se entiende por programa es una serie de consignas a través de las cuales se pretendió sintonizar con las ansias de cambio existentes en la sociedad chilena, pero sin voluntad real de llevarlas a cabo.

En segundo lugar, el gobierno neomayorista se vio envuelto en la oleada de casos de corrupción asociados al financiamiento de la política. Los estertores de esta crisis llegaron al núcleo familiar de la mandataria y lo que es igualmente grave a su ministro del interior, obligándola a un cambio de gabinete que afectó a todo su comité político más Hacienda, lo que la alejó además del círculo de confianza constituido durante la campaña (y ahora sabemos pre-campaña presidencial).

La Nueva Mayoría hoy no tiene un proyecto ni un liderazgo que la articule. Su gobierno (aunque parezca temprano decirlo) será de “debut y despedida”. La coalición oficialista es la suma de voluntades dispersas que se aferran al aparato del Estado, pero vaciados de utopía y de una visión compartida sobre el Chile futuro. El “realismo sin renuncia” es la constatación empírica del fracaso de una coalición que pretendió “surfear” y administrar las demandas sociales (especialmente en materia educacional y constitucional), pero sin voluntad real de llevar adelante cambios profundos.

Hoy, las fuerzas oficialistas tras el cónclave de El Llano se han dado la tarea de retener el gobierno y evitar entregarlo a la derecha. Seguramente apostarán por redoblar las políticas asistenciales, los bonos sociales y el despliegue territorial para generar cercanía con las capas populares. ¿Es posible avanzar en el marco de este gobierno en el logro de conquistas sociales significativas? A nuestro juicio ello es muy difícil. Este gobierno no ha logrado resolver la tensión entre las almas neomayoristas encarnadas en su ala derecha fundamentalmente por la DC y un ala reformista cada vez más diluida y fragmentada.

En síntesis, este gobierno no logrará cerrar el ciclo de conflictividad social abierto hace poco menos de una década. Ello implica que el fracaso de la NM junto con adelantar la carrera presidencial, abre una serie de interrogantes: ¿nos aprontamos al regreso de la derecha a La Moneda?; ¿asistiremos a la recomposición y ampliación de la NM sumando a otras fuerzas del arco progresista?; o ¿se generará una tercera fuerza electoral que retome y profundice las banderas reformistas de Bachelet? Todo eso está por verse.