NEGROS EEUU

Antes de asesinar a la periodista Alison Parker y el camarógrafo Adam Ward, el también periodista Vester Lee Flanagan escribió en las balas las iniciales de las víctimas de la masacre de Charleston – cuando un joven blanco racista entró disparando a una iglesia frecuentada por negros, matando a nueve personas.

El debate tras lo sucedido en Virginia y en Charleston muestra como nuestras sociedades perdieron la capacidad de entender casos complejos. Todos los diarios, noticieros y programas de debate centraron sus discusiones en el perfil de los asesinos, el periodista Vester Lee Flanagan (aka Bryce Williams) y el muchacho Dylann Roof (aka Last Rhodesian), cargando las tintas sobre los rasgos de demencia de ambos.

El hecho de que cometieron actos desquiciados deberían ser solamente el detalle crudo de un conflicto que es muchísimo más profundo. Por lo contrario, pesa la idea de que son casos aislados y no los síntomas de una sociedad que se ha vuelto desquiciada.

 Entre tantos problemas sin resolver, Estados Unidos nunca trató en serio el tema del racismo. Aunque a ratos ha logrado instalar la idea de que existe más igualdad, o menor segregación, a través de las armas de la política actual: unas buenas campañas publicitarias, enseñando que el racismo es malo, que la diversidad étnica es buena, tan escolares y tan didácticas que no sirven para convencer aquellos que históricamente militaron en favor de la supremacía de los blancos, los que persiguieron a Malcolm X, Martin Luther King y los Pantera Negras, los que crearon la Ku Klux Klan y otras organizaciones racistas que nunca dejaron de existir, aunque estén más silenciosas, siguen influenciando a cientos de Dylann Roof en todo el territorio estadounidense.

Habrá quien discrepe en parte, porque hubo cambios, hay espacios donde los negros eran totalmente prohibido, universidades, medios de comunicación, puestos profesionales destacados, incluso la política – e incluso la presidencia de la república más poderosa del mundo. Nada de eso sin embargo, trajo la igualdad.

Nada de eso ha dado a los afroamericanos los mismos derechos ante la ley y la Justicia. De hecho, el que haya algunos negros médicos, abogados, periodistas como Flanagan y un negro en la Casa Blanca no significa que no sean excepciones, y sería demasiado irreal afirmar que existe igualdad de condiciones para que negros y blancos puedan acceder a esas profesiones. El camino para que un negro pueda alcanzar una de esas profesiones.

La realidad de los negros está en otros datos: son más del 70% de las personas en situación de calle, casi un 60% de la población carcelaria – la mayoría jóvenes entre 20 y 35 años. Sin contar las muertes de negros, no solo en Charleston – que al menos terminó con el asesino condenado – pero sobretodo las de Trayvor Martin (Sanford, febrero de 2012) y Freddie Gray (Baltimore, abril de 2015), donde todavía no hay condena de los policías involucrados – el caso de Martin incluso concluyó con el asesino declarado inocente, logrando acreditar que disparó en legítima defensa, contra un muchacho desarmado.

Nada de eso justifica la actitud de Flanagan, aunque no es el primero ni será el último estadounidense que usa las frustraciones de su tragedia personal para matar a terceros, aprovechando las facilidades legales que cualquiera pueda adquirir armas de fuego, aun teniendo problemas psicológicos – otros dos problemas profundos de la sociedad estadounidense.

Pero sí explica que el país también produce millones de jóvenes negros que saben que sus oportunidades en la vida estarán eternamente condicionadas al color de su piel, y esa realidad es tan demasiado cruel y crea un universo de muchachos con el potencial para que se conviertan en alguien como Flanagan si no soportan lidiar con un caso más duro o una seguidilla de rechazos sociales.

Algo no muy distinto de lo que en otras partes del mundo, con idiosincrasias distintas de las que inciden sobre Estados Unidos. La cuestión étnica también es un conflicto latente en Europa, oculto bajo la idea de que el problema es solamente la inmigración.

Sin ir más lejos, la foto del niño sirio encontrado sin vida en una playa de Grecia emocionó a todo el mundo, pero no despertó grandes reacciones ni siquiera de los turistas allá presentes, y menos aún de la sociedad y las autoridades europeas. Las mismas que no tardaron en movilizarse cuando los periodistas de Charlie Hebdo fueron asesinados por musulmanes radicales. En enero, todos eran Charlie, y con toda la razón. Pero hoy nadie quiere ser el niño sirio en la playa, aun sabiendo que la crisis migratoria generará muchos otros de esos si no es tratada de forma más humana. Y si todavía queda duda, compare con la forma como Europa y el mundo se portaron con el caso de la niña británica Madeleine McCann.

Brasil es otro caso muy emblemático. Tres días antes del asesinato del equipo periodístico en Virginia, un grupo de quince jóvenes de las favelas de Río de Janeiro fue detenido tratando de llegar a las playas del sur de la ciudad Ipanema y Copacabana. No portaban armas ni drogas, eran todos negros. La semana anterior, un grupo de encapuchados salió de auto por la noche a disparar contra personas en las pobres ciudades periféricas de São Paulo. Mataron a diecinueve personas, la gran mayoría negros. La mayoría de los testigos apuntan a que la acción fue obra de policías. Sin contar el hecho de que más de 66% de las víctimas de homicidios son negros varones entre 16 y 30 años.

 El racismo en Estados Unidos es como un dinosaurio barrido bajo la alfombra, el de Brasil es una bomba de tiempo a punto de explotar. Quizás Brasil tenga más espacios culturales a la comunidad negra, pero no mucho más en todo caso, y aun así no es suficiente para cambiar el escenario.

Chile también tiene sus problemas étnicos bien escondidos, de los cuales casi no se habla, aun cuando la población de haitianos y colombianos que crece a cada año ya empieza a generar sus primeros descendientes, que nacieron chilenos y tendrán que enfrentarse a un país que todavía no ha resuelto su relación con las etnias indígenas sobretodo los mapuche , tampoco la segregación urbana, la relación entre el centro y los sectores alejados de la gran ciudad, donde el color de la piel muchas veces es un factor, aunque no el único.

Y lo peor es que todavía hay esperar para ver, tras las ganas de hacer sensacionalismo con los hechos, si hay voluntad política y social para debatir a fondo esos temas, sea en Estados Unidos, en Europa, en Brasil o en Chile.