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Con una diferencia de pocos días, dos noticias nos invitan a pensar en una suerte de extravío de la izquierda, o más bien de pérdida del principal instrumento de navegación de un barco que va al garete: su brújula. Primero: un conspicuo senador socialista, especie de caudillo postmoderno de la Región de Tarapacá, se ve obligado a congelar su militancia por la solicitud de apoyo financiero a la empresa liderada por el ex yerno de Pinochet, incombustible prócer de la gesta de las privatizaciones (¿es sorprendente que no nos sorprenda la afirmación del mencionado parlamentario: “Tengo la tranquilidad que no he cometido ilícito alguno”?). Segundo: un destacado militante renuncia  al Partido Comunista en un intento de hacer coherencia entre sus convicciones éticas y su accionar político, quizás decepcionado, perplejo o derechamente asqueado por el zigzagueo de su ex partido al interior de un gobierno que día a día reniega cada vez más de su alma de izquierda –anémica desde el comienzo–, como los marineros que arrojan por la borda el peso muerto de su nave para evitar o al menos retrasar su hundimiento.

Entre los dos acontecimientos (el uno, extravío de la moral política bajo la excusa de la legalidad de las prácticas; el otro, extravío del sentido en un partido que renuncia a su propia identidad), surge la pregunta acerca del horizonte de la izquierda, cuestión que sin ningún afán de originalidad se reedita cada vez que el escenario político exhibe nubes borrascosas dondequiera que se extienda la mirada. Nos preguntamos entonces, a falta de mejor orientación en medio del desvarío, cuáles fueron las certezas que en la bicentenaria historia de la izquierda afirmaron los cimientos de este sistema de pensamiento y acción.  Desenterrando viejas piezas arqueológicas, desgarrando palimpsestos ajados y llenos de olvido, nos encontramos con un eslogan polvoriento, manchado con trazas de sangre seca, que sólo por casualidad sobrevive en el lema de la actual República Francesa: Liberté, Égalité, Fraternité – Libertad, Igualdad, Fraternidad.  La consigna que significó el germen semántico para la construcción del proyecto de izquierda, y que ha prestado innegables servicios a la emergencia del sujeto transformador, sirviendo de brújula reorientadora o de prisma iluminador cada vez que la embriaguez del triunfo o el marasmo de la derrota nos han arrojado a la vera del camino. Las tres palabras que aún son vigentes, a pesar del terror jacobino y más allá de las atrocidades del estalinismo y sus émulos: porfiadamente son pronunciadas cada vez que el destino humano se ve empequeñecido por las fuerzas deshumanizadoras de la modernidad y de la época actual.

Vemos cómo la acción política de la izquierda se desdice de su vocación originaria y acepta participar del juego inventado por y para el homo neoliberalis

 

Mirando más cerca en el tiempo, es tentador pensar en el extravío de la brújula por parte de los hombres y mujeres que encarnan, bien o mal (queremos creer que hacen lo mejor que pueden), el proyecto de la izquierda. Por supuesto, es legítima la duda sobre quién es de izquierda en Chile y quién no es más que un impostor o un fantoche disfrazado de progresismo, pero esa discusión requiere otro momento y otras voces. Por ahora nos queda preguntar cómo hacer para recuperar ese valioso instrumento de navegación en medio de la borrasca de los últimos acontecimientos. Y una pista nos la da el mismo lema viejo y entrañable: dos de las tres palabras (igualdad y fraternidad) nos remiten al vínculo social, a la vivencia de lo colectivo.

Mientras que libertad es un llamado a la reafirmación de la dignidad esencial humana –la de no estar sujeto a ningún otro–, igualdad y fraternidad nos señalan los confines de dicha libertad, o más bien las condiciones en que dicha libertad es merecedora de su apellido: humana. En nombre de la libertad se ha constituido una forma de sujeto que devino en protagonista principal de las gestas de la modernidad capitalista: el hombre y la mujer hechos a sí mismos, emancipados del destino trazado por mano ajena, pero que también han enredado su ruta en las miserias de la explotación y del individualismo. En el fragor de la lucha por el dominio de la naturaleza y la conducción de su sino histórico, las palabras igualdad y fraternidad fueron desdibujándose del mascarón de proa que plantaba cara al duro oleaje de los tiempos. Y hoy, quienes se suponen portavoces del proyecto de la izquierda son víctimas de su propia condición de hijos de la época: individualistas, pragmáticos, desvinculados de su ligazón fraterna e igualitaria con los semejantes. Vemos cómo la acción política de la izquierda se desdice de su vocación originaria y acepta participar del juego inventado por y para el homo neoliberalis. Acciona, opera, discursea, compite, gestiona… se desentiende: de la soberanía popular, de los derechos humanos, de la economía a escala humana, de la identidad latinoamericana, y sobre todo de la palabra pueblo, otra palabra antigua y también en desuso.  ¿El resultado? De la épica de la Libertad, Igualdad y Fraternidad, hemos pasado a la épica del Sálvese Quien Pueda –platillo SQM de limosnas mediante; de la gesta del partido de los desheredados fundado por el trágico Recabarren, hemos pasado a la opereta del partido de segunda línea, acomodado hasta lo irreconocible en la identidad deslavada y esquizofrénica de la Nueva Mayoría.

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En algún momento, cuando rebrote la esperanza –después de todo, la izquierda no sería posible si no existiese la esperanza, porfiado pan de los postergados–, habrá oportunidad para que la izquierda salga de la parálisis y se reencuentre con su vocación igualitaria y fraterna. Pero podemos sospechar que dicho renacimiento no vendrá de la mano de la izquierda que se arrellanó en la poltrona del poder, bastante incómoda por estos días; sus héroes y heroínas (inclusive la heroína principal) están averiados y confundidos, reordenando los papeles y buscando sus anteojos en la arena.  Más bien, la reemergencia de la izquierda ocurrirá extramuros de La Moneda: en la calle, en los fumaderos de opio de la Asamblea Constituyente, en las formas de ciudadanía periférica que interpelan con áspero vozarrón tanto a la derecha y su poder excesivo como a la Nueva Mayoría y su falta de poder. Lo colectivo, lo comunitario, lo societal pueden retornar y volver a ser parte del ethos de la izquierda, toda vez que la tragedia primero y la comedia después la han convertido en un sujeto incapaz de levantar un proyecto distinto a la racionalidad neoliberal, impotente para esgrimir sus propias banderas sin pedir disculpas por existir en pleno siglo XXI. Para ello, quienes se dicen (nos decimos) de izquierda tal vez deban abandonar las pesadas maletas, girar en redondo y regresar a la vivencia de lo comunitario, a la práctica de la política desde sus premisas originales, desde el abrazo a lo que alguna vez llamamos pueblo y que hoy está oscurecido, “ninguneado” desde la buena conciencia neo-concertacionista; desde el reconocimiento de la necesaria identidad que se constituye desde las ciudadanías periféricas e incluso marginales. Tal vez sea necesario aflojar los brazos y soltar el poder exiguo al que se aferran, y comenzar otra vez a pararse arriba del cajón de manzanas, disputar el privilegio de las calles de la población a las sonrientes y pulcras brigadas de la UDI, revisitar sin reverencia los viejos textos de Marx, Bilbao, Gramsci y Mariátegui, y refundar, una vez más –ya avisamos que no pretendemos ser originales en absoluto– una acción política basada en la coherencia y en una identidad definida de izquierda, con praxis abierta, flexibilidad y espíritu crítico, pero sin renunciamientos ni acomodos: una política construida desde una clara convicción ética (¡nada menos!) como lo señala el ex militante Cuevas, y no desde el pragmatismo borroso como lo sugiere el honorable Rossi.

Cuando aquello ocurra, posiblemente hayamos reencontrado la brújula. Hasta entonces, nos queda seguir reescribiendo en los mascarones de proa las viejas palabras y armados de ellas, salir a enfrentar las tormentas por venir. Como nos profetizara Rimbaud –otro fumador de opio– a través del recado de Neruda desde Estocolmo: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia, dignidad a todos los hombres.