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La semana pasada tuve la oportunidad de conocer a Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, y conversar brevemente con él. Soy creyente, por lo que la figura de éste Papa constituye un símbolo culturalmente importante para mí. Pero además creo que el mensaje de Francisco es una fuente de luz para la humanidad entera. Como él dice, no solo para creyentes, sino que también para personas “de buena voluntad”.

En nuestra breve encuentro, pude sacar lecciones sobre el estilo prudente de su personal revolución. La preocupación de Francisco por la ecología y la justicia social son protagónicos en todos sus discursos. Su sueño es gigante. Nos dice en su encíclica Laudato Si: Si Dios pudo “crear el Universo de la nada (…) entonces, la injusticia no es invencible”.  Y continúa: “La visión que consolida la arbitrariedad del más fuerte ha propiciado inmensas desigualdades, injusticias y violencia para la mayoría de la humanidad, porque los recursos pasan a ser del primero que llega o del que tiene más poder: el ganador se lleva todo. El ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz que propone Jesús está en las antípodas de semejante modelo”.

Pero Francisco va más allá. Su preocupación por la justicia social y la desigualdad, especialmente en nuestro continente, constituyen un mensaje poderoso al que debemos poner atención. En la Cumbre de las Américas celebrada este año, el Papa sostuvo ante los líderes de América, el continente más cristiano y más desigual del mundo que: “La inequidad, la injusta distribución de las riquezas y de los recursos, es fuente de conflictos y de violencia entre los pueblos, porque supone que el progreso de unos se construye sobre el necesario sacrificio de otros y que, para poder vivir dignamente, hay que luchar contra los demás (…) en las economías emergentes, gran parte de la población no se ha beneficiado del progreso económico general, sino que frecuentemente se ha abierto una brecha mayor entre ricos y pobres (…) no es suficiente esperar que los pobres recojan las migajas que caen de la mesa de los ricos, (sino que) son necesarias acciones directas en pro de los más desfavorecidos (…) son estas diferencias escandalosas y ofensivas.

Su preocupación por la justicia social y la desigualdad, especialmente en nuestro continente, constituyen un mensaje poderoso al que debemos poner atención

Su vocación por la justicia social ubica a Francisco en la primera fila del Progresismo. Pero al mismo tiempo, su propuesta de cambio es astuta y cauta. Cita en Laudato Si a Juan Pablo II, un predecesor en sus antípodas, para señalar que “Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes (…) que la Iglesia defiende, sí, el legítimo derecho a la propiedad privada, pero enseña con no menor claridad que sobre toda propiedad privada grava siempre una hipoteca social, para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado (y que por tanto) “no es conforme con el designio de Dios usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos”. Y luego de esta defensa a la propiedad privada, subraya y radicaliza el sentido social de esta “apropiación”, sosteniendo que: “El medio ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos. Quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos”.

De Berglolio debemos tomar nota, primero, de la metodología con la que está reconfigurando su Iglesia. Antes de hacer un nuevo Concilio Vaticano, que después pudiera ser desmantelado—como ocurrió antes—su camino ha sido el del ejemplo, la enseñanza, la prédica, el temple y la prudencia. Pero también, y pese a los importantes puntos que nos separan de Francisco, los progresistas de todos los partidos y movimientos políticos chilenos podemos confirmar con sus palabras que no estamos solos los que pensamos que los cambio social y económico, hechos con trabajo y sentido de justicia son posibles y necesarios. En mi encuentro con Francisco, confirmé mi convicción que no basta con querer vivir bien, debemos aspirar a vivir mejor juntos. Como el mismo Francisco señala: No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo, tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia.