lucro-400x285El 11 de septiembre es tanto el acontecimiento crucial que nos ha definido como sociedad desde hace 42 años, como lo que hemos hecho de él en el complejo proceso de confrontaciones políticas y culturales que tiene, también, 42 años. Si la memoria es la capacidad de los colectivos humanos para producir pasados con sentido, y esa capacidad productiva ha sido históricamente construida, entonces debemos asumir que el proceso de producción del pasado se realiza, precisamente, en condiciones modeladas en ese mismo pasado que construimos al interrogarlo. Dicho de otro modo: dado que requerimos cambiar el presente, necesitamos transformar nuestra memoria.

Lo primero es comprender la memoria como el lugar de un intenso campo de batalla donde se juega buena parte del sentido con que vivimos nuestras vidas. Nuestra identidad, nuestra constitución moral, se relacionan de forma indisociable con el modo en que creemos que hemos llegado a ser lo que somos.

Un ejemplo, brutal: una vez un estudiante universitario me dijo que había que asumir el tremendo costo humano que significó la dictadura como el precio que debió pagar nuestro país para llegar a ser el Chile próspero y ordenado que hemos sido después de 1990.

Ahí está. La mala memoria no es olvido, al menos no principalmente. El olvido como borradura pura y simple no ha sido el mecanismo principal con que la política binominal de la transición ha administrado la construcción de sentidos para la gobernabilidad civil del neoliberalismo. No. Ha sido algo mucho más complejo que las comisiones de verdad y reconciliación convenientemente obvian.

El olvido como borradura pura y simple no ha sido el mecanismo principal con que la política binominal de la transición ha administrado la construcción de sentidos para la gobernabilidad civil del neoliberalismo.

El joven del ejemplo no desconocía los hechos. Con seguridad no los conocía todos ni en detalle, pero sabía lo suficiente para comprender que las explicaciones vanas de ministros y altos mandos son falsas. Su razonamiento podía llegar a establecer incluso, algo que a muchos segmentos de la izquierda le cuesta comprender, que lo que puso en marcha el golpe de 1973 fue una determinación política dispuesta a matar, torturar, perseguir, para derrocar un proceso de formación de clase y un tipo de sociedad que había venido abriéndose trabajosamente paso por décadas. El problema, sin embargo, es la definición ética que ampara su razonamiento. El problema es su perfecto alineamiento con el sentido común construido por la hegemonía neoliberal, dispuesto a transar sometimiento por prosperidad económica. El problema está en la extensión social de esa racionalidad, que constituye sin dudas, la dificultad mayor para el trabajo de la memoria en la actualidad.

Entonces, ni ha sido posible el olvido radical -y en eso reconocemos la acción de las organizaciones de derechos humanos y la persistente lucidez de una sociedad que pese a todo mantiene una cierta capacidad de rebeldía-, ni la verdad que se ha logrado establecer ha traído, por si misma, un cambio de actitud -y en ello reconocemos la acción de la hegemonía. Ambas, que han constituido de forma conflictiva y heterogénea en estos 42 años lo que llamamos memoria, habitan el mismo campo de batalla donde se inscriben los impulsos transformadores del presente. No es otro. Allí donde tiene lugar el esfuerzo por instalar un amplio y polivalente “No al lucro”, allí donde como respuesta se intenta acudir al credo portaliano y la ética del individuo emprendedor, allí mismo, se tejen y combaten los sentidos contradictorios sobre la dictadura y el golpe. Los camioneros (de 1972 y 2015) marchan por las mismas calles que los estudiantes (de 1970 y 2011).

De ese modo, la memoria que necesitamos no es carne de informes y comisiones, y aunque esté relacionada con la verdad institucionalizada de una forma que no queremos deshacer, tampoco se agota en la “acción de los agentes del Estado” y esas formalidades.

Los miles que hoy pueblan las fronteras del mundo occidental huyendo del hambre y las guerras, no son “víctimas” en el sentido en que la tecnología gubernamental de la reconciliación las entiende. Aunque sus vidas estén en riesgo, aunque no puedan resolver las condiciones de existencia que la decencia occidental considera básicas, aunque mueran en el mar por miles, nadie considera sus casos como materia de verdad y reconciliación, y para el discurso del poder solo producen, a lo sumo, “crisis migratorias”.

¿Qué es lo que diferencia ese sufrimiento de los que recordamos cuando el año llega a septiembre? Sin duda, el derecho y técnica reconciliatoria podrán encontrar muchas, pero en todos ellos, más allá de la específica circunstancia que los rodea, podremos encontrar la misma huella de la expansión capitalista.

Los muertos de la dictadura son los muertos de la transformación neoliberal. Nuestro problema entonces es qué hacemos como sociedad con ello, qué complexión moral debemos construir para hacer suficientemente visible ese hecho y combatirlo sin descanso. Como ha dicho Löwy, “los vencidos no sólo esperan de nosotros la rememoración de su sufrimiento sino la reparación de las injusticias pasadas y la realización de su utopía social”. Ello requiere apreciar con claridad el origen del problema en el impulso histórico de una articulación de poder que en la edificación de un nuevo orden diseñado a su conveniencia, dispuso el cúmulo de crímenes que hoy reclaman procesos de verdad y justicia, procesos que deben seguir sin dudas adelante, caso a caso, asesino a asesino, pero entendidos siempre como parte de ese proceso inicuo que ha sido certeramente entendido como la “acumulación originaria del genocidio”.