ESPECIAL 11 DE SEPTIEMBRE 2

Con la llegada de la dictadura militar, comandada desde 1975 por Augusto Pinochet, se permitió la creación de centros de detención y tortura en donde se albergasen a todos aquellos que, según el régimen, debían ser parte de la purga social que el país necesitaba. Paralelamente, el régimen debía hacerse del personal necesario para llevar a cabo la dura labor de la purga y rectificación social. Con las fuerzas armadas, carabineros, civiles de todo tipo, e incluso, simpatizantes ideológicos, se fue nutriendo el escuadrón de horror que, para los primeros 6 años de la dictadura, serían el rostro más temido de la dictadura militar.

Sobre su anhelo de la refundación nacional y la creación del nuevo “Chile”, vastas mayorías sociales del país pasaron a engrosar la fila de los buscados e indeseados del régimen. Todos ellos, desde ese mismo momento, habían sido expuestos a la fragilidad inminente de sus vidas, y con ella, la posibilidad de tener que entregarse más allá de sus convicciones de palabras de ser necesario.

Entre quienes eran buscados y apresados por el régimen, la búsqueda y posterior tortura de mujeres fue una realidad a todas luces mostrada. La creación de lugares de detención en donde se aglutinaban un gran porcentaje de mujeres (por no hablar de la totalidad), junto con la creación y ejecución de prácticas especializadas para las detenidas, daban signos claros que, ya sea como una intermediaria o una protagonista, las mujeres estaban siendo asediadas y reprimidas por la dictadura militar implantada desde 1973.

Ahora bien, sin querer ahondar en aquella dramática e inhumana situación a la cual centenares de mujeres fueron expuestas, muchas de ellas terminando en la dolorosa perdida de sus vidas. Queremos adentrarnos en el porqué del título y su implicancia para la construcción de una memoria histórica acerca de las presas políticas de la dictadura de Pinochet

¿Por qué Coventry 374 y no Irán 3037?

En Coventry 374 vivió hasta su muerte, la general de carabineros, Ingrid Olderock, creadora y ejecutora de siniestras torturas contra mujeres llevadas a cabo en el centro de detención “Venda Sexy”, precisamente, ubicado en Calle Irán 3037. Aquí, la encrucijada con la memoria oficial del Chile presente, se hace viva en cada uno de quienes vivieron el horror de la tortura, y, no suficiente con ello, tuvieron que soportar la impunidad de figuras neurálgicas en la articulación de la tortura femenina en chile.

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La casa de Coventry 374, fue el lugar en donde residió Olderock hasta su muerte. En aquel acto, el de la libertad civil, se logra dejar de manifiesto la impunidad y vista gorda de la que solo algunos pudieron gozar una vez terminada la dictadura. Ella, constituye un rostro silencioso, casi imperceptible para la opinión pública, de lo que fue la irracionalidad de la dictadura chilena. En ella, se esconde una impunidad aún más grande que la que portentan o portentaban figuras “ilustres” de la dictadura, como lo fueran Contreras o Krassnoff. Estos dos, de manera vergonzosa, cumplían condena en el centro penitenciario de Punta Peuco, mientras que Olderock, jamás pasó un día en la cárcel.

En esto radica, el hecho que su casa fuese el lugar de un velorio ilustre, en donde Carabineros de Chile señalara su deceso, como el de una mujer intachable y fiel a la institución, y, no contentos con eso, organizaran una velatón 3 días después de su muerte, en donde el grupo de mujeres de carabineros (que ella misma había formado) le rindiese honores a quien, por lo menos para las mujeres de la Venda Sexy, fuera el rostro más crudo, cruel y despiadado de la dictadura militar.

Al sentido contrario con el que se ejercita la memoria sobre los lugares, vale decir, el ejercicio que da vida y forma a los lugares de la Memoria, en donde cada cuerpo se inscribe en un lugar determinado, y por tanto, desde los cuerpos surgen los lugares que albergan la Memoria. En el caso de la casa de Coventry, el ejercicio llevado a cabo desde la liviandad legislativa, junto con el blindaje de ciertas figuras articuladoras de la dictadura en términos estratégicos, que a su vez se entroncaba en un discurso oficial que llamaba a la reconciliación y al perdón, permitía que surgieran lugares enriquecido por el mas grisáceo de los olvidos y la más terrible impunidad.

En efecto, el lugar donde ciertas personas significativas para el régimen lograban caer en el más aparente olvido serían los nichos donde, bajo el alero de una democracia más regalada que pactada, se permitiera la continuación de una vida cívicamente normal y con ello, la continuación del horror para las víctimas. Dicha acción, permite la llegada del olvido como una constante, que permite y promueve el silenciamiento de rostros, de prácticas, y, lo que es más alarmante aun, de lugares.

En este sentido, Coventry 374 se inscribe como un lugar de olvido. Dicha residencia, otorga anonimato a quienes fueran figuras públicas de la dictadura militar, paradójicamente, quienes eran conocidos y respetados por todos, ahora pasaban a engrosar las filas de los más desconocidos e inubicables ciudadanos que alberga el gran Santiago. Dicho proceso es ayudado cuando la memoria oficial del país (o del grupo político, por lo menos) no ha entablado, tanto desde la labor gubernamental como de la judicial, acciones que se acerquen hacia el vértice de la memoria, como un acto de dignidad y justicia para las víctimas.

¿Por qué el Olvido y no la Memoria?

El problema con el olvido ha trascendido aún más allá de Coventry 374. Sobre todo cuando miramos, que el mismo centro de tortura donde Ingrid Olderock llevó a cabo la mayoría de sus bestialidades, aún sigue perteneciendo a personas particulares. Aun cuando parezca irrisorio, Irán 3037, aquel lugar en donde entraron más de 300 detenidos y no salieron con vida más que 10, aun no es recuperado por el Estado de Chile.

En ese sentido, la combinación perfecta entre la torturadora y su centro de tortura (o su lugar de “trabajo”) da como resultado un proceso de impunidad, silencio y olvido social, que, traspasando la memoria individual, ha afectado al lugar en donde reposa la memoria. En este sentido, el olvido no está en solo en Coventry 374, también lo está en Irán 3037. Ambos lugares, manchados de por sí con la dichosa característica de la impunidad y el silencio que, lamentablemente, encabeza la política de la memoria en el Chile presente.

Hablamos de olvido en Irán 3037 cuando observamos que ninguno de los torturadores que tuvieron lugar en la tortura sexual contra mujeres, ha sido hasta el día de hoy procesado por el delito de tortura sexual. Observamos olvido y silencio, cuando constatamos, mediante la declaración del Ministro de Justicia José Antonio Gómez a propósito del caso quemados, que la tortura no está tipificada en la judicatura chilena, de manera que, al no existir tipificación, todo acto de tortura cae en la tortura simple. Dicha acción, medra todo acto de justicia en base a los hechos cometidos por personas contra los detenidos, a su vez, omite y silencia lo ocurrido encasillándolo en la normalidad de la tortura. Sin muchos detalles, el olvido se apodera de la memoria, no permitiendo hacer salir la verdad hacia el escenario social, relegando todos los hechos hacia lo anecdótico o inusual que pudieron tener algunas “características” de los centros de detención.

Hasta el presente, dicha situación descrita en Coventry 374 e Irán 3037 nos acompañan. Ambas casas pertenecen hoy a dueños particulares. En ambos casos, el de la torturadora y de los torturados, ni la legislación actual, ni las cortes de justicia, ni las políticas de la memoria, han hecho lo suficiente para develar la verdad y apelar a la justicia. En ambos lugares, nos acercamos más hacia la vereda del olvido que de la memoria. Finalmente, pareciese ser que las heridas provocadas por la dictadura militar aún están inconclusas para muchos, no obstante existir distancia entre lo ocurrido y el presente. Por desgracia, casos como este, nublados de total olvido, seguirán perteneciendo a las “anécdotas” del régimen, y no, como debiese, a las verdades de la irracionalidad del régimen de Pinochet.