nueva-mayoría-620x330El 11 de mayo comenzó el fin de la Nueva Mayoría y el retorno de la vieja Concertación, el viejo “partido del orden”, al mando del país. Esta restauración conservadora ha terminado de consolidarse entre fines de agosto y principios de septiembre, con la destitución del intendente de la IX Región, Francisco Huenchumilla, y el mea culpa de Nicolás Eyzaguirre en El Mercurio, la capitulación final del “progresismo” de la NM. En estas condiciones, es tiempo para iniciar un balance de la experiencia de la Nueva Mayoría desde la perspectiva de los trabajadores, el movimiento popular y el conjunto de los sectores subalternos.

El balance estará indudablemente dominado por el fracaso del experimento político que fue la Nueva Mayoría y su “programa”. El programa era una ambigua colección de declaraciones generales con la que todos los integrantes del pacto podían afirmar estar de acuerdo; fue una buena cobertura para el período electoral y la recuperación del gobierno, pero resultó insuficiente para garantizar la gobernabilidad y unidad dentro del mismo bloque. La Nueva Mayoría se sostenía en la figura de Michelle Bachelet, que cumplía la misión oracular de interpretar los misterios del programa; cuando Bachelet se devaluó políticamente, la coalición simplemente dejó de funcionar.

¿Por qué fracasó la Nueva Mayoría? Antes de responder aquello, debemos aclarar: ¿cuál era el objetivo político de la NM? La Nueva Mayoría fue la apuesta política del sector progresista de la Concertación por romper la hegemonía del eje DC-PS y levantarse como conductor de todo el bloque dominante, arropándose con las demandas del movimiento social para una reconstrucción “progresista” de la gobernabilidad del capitalismo neoliberal, amagada por las grandes movilizaciones populares del 2011-2012. Las otras alternativas políticas que barajó el duopolio eran, básicamente, el atrincheramiento a ultranza de la UDI y la renovación y reformulación, sobre nuevas bases políticas, del “pacto de caballeros” al interior de la burguesía que fue la transición, expresado por primera vez por el acuerdo RN-DC de enero de 2012.

Nueva Mayoría se sostenía en la figura de Michelle Bachelet, que cumplía la misión oracular de interpretar los misterios del programa; cuando Bachelet se devaluó políticamente, la coalición simplemente dejó de funcionar

El proyecto de la Nueva Mayoría se impuso finalmente porque, por un lado, el descalabro del gobierno de Piñera, provocado por las movilizaciones populares, erosionó al conjunto de los sectores conservadores para las elecciones del 2013, y, por otro, las fuerzas sociales y políticas más dinámicas y radicales fueron incapaces de levantar una alternativa masiva y que hiciera sentido a la mayoría. Bachelet se posicionó entonces como la depositaria de las esperanzas de todo el espectro, desde los empresarios que veían en ella la única forma de restaurar la gobernabilidad, hasta sectores populares que creyeron que esta vez sí que la Concertación cumpliría sus promesas.

Las dimensiones del fracaso de la Nueva Mayoría son tres: no logró finalmente imponer la hegemonía progresista dentro del bloque dominante y ha acabado en el retorno del llamado “partido del orden” a la primera línea política; no ha logrado estabilizar al capitalismo neoliberal, profundizando la crisis de gobernabilidad hasta niveles no vistos desde 1990; y, aunque logró debilitar al movimiento social como actor político, no logró cooptarlo como fuerza de apoyo.

¿Cuáles son entonces las razones del fracaso? En primer lugar, el programa nuevamayorista era, desde el punto de vista de sus impulsores, sólo un medio, no un objetivo. Por ello no logró concitar apoyo del movimiento social organizado, más allá de la participación del PC en el gobierno y el apoyo de sus dirigentes, porque las ambigüedades del programa no satisfacían las demandas levantadas desde el año 2011. En la medida que el programa fue avanzando, fue quedando claro que esas ambigüedades se iban resolviendo en favor de la interpretación conservadora, como quedó de manifiesto desde julio de 2014 con el acuerdo por la reforma tributaria. Más allá de la retórica, iba quedando claro que el programa era una gran operación gatopardista, que, contrariamente a lo sostenido por sus impulsores, no tocaba ningún pilar estructural del capitalismo neoliberal. A contar de ese momento fueron cayendo los niveles de aprobación de Bachelet y el gobierno.

En segundo lugar, hubo un claro déficit de conducción. El grupo de operadores políticos del que se rodeó Bachelet tenía experiencia en luchas internas por el poder, pero no en la conducción de procesos políticos de alcance nacional, que involucraran a actores sociales y políticos. Peñailillo era el símbolo de esos operadores desideologizados, que intentaban cubrir la falta de espesor político con retórica. La propia Michelle Bachelet no fue nunca una líder capaz de conducir, su ascenso meteórico fue siempre una cuestión de imagen y marketing electoral y en su segundo paso por la Moneda decidió operarse de políticos como Camilo Escalona, cuya muñeca y conducción la sostuvieron en su primer gobierno.

En esas circunstancias, el caso Caval llegó para servir de catalizador del descontento creciente. En otro contexto, si Bachelet hubiera cumplido con su retórica de cambio, el juicio popular ante los negocios de su hijo hubiera sido más benigno; pero dado el escenario de renuncias y gatopardismo, lo que se impuso fue un juicio lapidario sobre la mandataria.

El fracaso de la Nueva Mayoría ha dado paso al dominio del viejo “partido del orden”. Su objetivo inmediato es estabilizar la situación y desalojar a “la calle” del escenario político, aumentando los niveles de represión, como quedó demostrado a partir de mayo con la redoblada brutalidad policial. Con ello, busca generar condiciones para un acuerdo por arriba que reponga la “política de los consensos”, política a la que se ha allanado incluso el sector “progresista”, que en las alambicadas palabras de Nicolás Eyzaguirre llamó a retomar la “amistad cívica” con la oposición. Por su parte, el Partido Comunista busca ocultar el fracaso de su apuesta por la Nueva Mayoría jugándosela ahora por la “proyección” de la coalición –es decir, por seguir usando la marca, hoy una cáscara vacía– en un nuevo gobierno, en el que  “ahora sí que sí” se cumplirían las promesas postergadas.