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El pueblo se equivoca cuando elige por amplia mayoría a una Presidenta de la República que le promete, con una cálida y acogedora sonrisa, que ella va a liderar el conjunto de reformas que el país venía postergando por décadas. Se equivoca el ciudadano cuando se informa sobre los candidatos, lee sus programas, razona y decide que sí vale la pena levantarse e ir a votar para que ella salga elegida. Un año después esa misma Presidenta con una sonrisa trasvestida aparece en las pantallas como un cuadro de Magritte diciendo “esto no es lo que parece ser”. Lo que prometimos era excesivo, lo que ustedes pedían, no era realista. Esa calentura de mentes jóvenes que salieron a la calle nos hizo exagerar, si lo prometimos fue para llegar al poder y que nos dejaran gobernar. Ahora es distinto, no puedo gobernar sola, compréndanme ellos (¿quienes?) me convencieron que no hay opción, hay que ser realista; por eso estoy recortando todo, saqué el FUT de la reforma tributaria, reduje el acceso a la gratuidad universal, intento modificar el no reemplazo de trabajadores en huelga… Así seguiremos hasta  dejarle al próximo Gobierno el resto de las reformas anunciadas, que son justamente las mas estructurales, las que le devolverían poder al pueblo (Constitución, Salud, Pensiones, Descentralización).

El pueblo se equivoca si cree que nosotros, los Ministros y técnicos que estamos en el poder, vamos a llevar adelante las reformas estructurales que les prometió la Presidenta.  Despierten, no vivimos en un país de la OCDE, tenemos limitaciones que nos atan de manos y que se llaman: caída de la inversión, baja del PIB, aumento de la inflación, fin de la bonanza del ciclo minero… O en palabras que el pueblo, que aunque se equivoca puede entender, sube el dólar, baja el precio del cobre, hay menos ingresos y por lo tanto va a caer el empleo. Señores del pueblo, entiendan que si Uds. insisten no habrá trabajo. Pero no teman nosotros los técnicos, aunque nos equivocamos un poco, sabemos como resolverlo, siempre que Uds. acepten que los pasos hacia atrás que estamos dando en las reformas se deben a que los expertos (¿quienes?) tienen la razón. Nos guardaremos de reconocer que poco tuvimos que ver, los técnicos, en el crecimiento de largo plazo que tuvo el país pero que sí cuidamos de preservar las tasas de ganancias del capital financiero y postergamos las reformas estructurales. ¿La razón real del frenazo? es pura política.

La guinda para la torta de esta comedia de equivocaciones es la forma en que los analistas de los grandes medios y los dirigentes políticos interpretan la coyuntura actual.

El pueblo se equivoca cuando escucha al Ministro mas experto que haya pasado por el Gabinete en los últimos años (Hacienda, Educación, Segpres) cuando confiesa que se le pasó la mano al iniciar tantas reformas al mismo tiempo, que no se imaginaba que no iba a ser posible. Al escuchar tan sincera autocrítica el pueblo se pregunta, para no equivocarse de nuevo, ¿Por que aceptó Ud. ser Ministro de Educación si no sabía mucho del tema? Si no era experto, si no disponía de información suficiente, si todavía Ud. y sus colegas no saben como mejorar la calidad de la educación, porqué le echan la culpa al empedrado? Desde el Transantiago que los ciudadanos desconfiamos de su “expertise” pero seguimos esperando, ingenuamente, que los ministros que se equivocan, como Eyzaguirre y los que se fueron antes (Arenas, Peñailillo) pidan disculpas por los tremendos errores que han cometido. La autocrítica de un alto funcionario es el boomerang que le rebota en la cara a la Presidenta, a la Coalición que gobierna y a los especialistas. Al reconocer, implícitamente, que han cometido errores están declarando su ineficiencia, pero al no hacerse responsables, revelan su intención de desconocer la voluntad popular.

 La guinda para la torta de esta comedia de equivocaciones es la forma en que los analistas de los grandes medios y los dirigentes políticos interpretan la coyuntura actual. Según nos explica Carlos Peña la desaprobación que recibe el Gobierno se debe a las “tonterías” que inventaron los intelectuales de la Nueva Mayoría para justificar el triunfo de Piñera diciendo que las desigualdades, la mala educación, el lucro, se habían vuelto intolerables. Esa mala sociología, dice Peña, nos hizo creer que la gente quería cambiar el modelo cuando en realidad están orgullosos de participar en él (El Mercurio, 6/9). Harold Beyer abunda en la misma línea diciendo que el pueblo es crítico de las instituciones pero no quiere cambiar de manera profunda lo que ya ha conseguido, eso sería volver atrás y nos previene de los líderes “tuertos” y de las tentaciones populistas  (El Mercurio, 13/09). Voces a las que se suma el ministro Máximo Pacheco quien llama a serenar los espíritus y nos acusa a los chilenos de sufrir de melancolía. Entretanto la vida sigue igual para las familias chilenas que  llevan muchas décadas haciendo un enorme esfuerzo financiero para costear la educación de sus hijos, la vivienda,  la jubilación, el cuidado de sus adultos mayores. Una buena razón para estar satisfechos. Al tiempo que ven que ese esfuerzo lo drenan día a día los propietarios del retail, los bancos, las ISAPRES y las AFP. El esfuerzo de unos es el que sostiene la riqueza de otros. ¿Tonterías?

¿Quién está confundido? El pueblo que es ambivalente: por un lado quiere acceder a los derechos básicos que son el consumo,  la educación de sus hijos y  una salud decente y por otro lado le teme al cambio.  O bien son las élites políticas que le temen a las élites económicas y caen, como lo han hecho durante décadas, en lo que conocemos hoy: la retórica reformista sirve para llegar al poder, las políticas “realistas” para mantenerlo. ¿Quiénes son los tuertos que no quieren ver? ¿Quién sufre de la melancolía que todo tiempo pasado fue mejor?

Las élites están inquietas, que duda cabe. Se habla primero de fracaso y luego se llama a la sensatez, al gradualismo, a hacer las cosas bien, como si la retórica de lo razonable pudiera esconder los ajustes salvíficos de última hora. Pero las manos visibles están apareciendo todos los días. Hay más desconfianza porque hay mas conciencia. A las élites que concentran el poder les viene bien dudar de sí mismos. Porque el pueblo no se equivoca cuando expresa, en el voto y en las encuestas, que no está satisfecho con un Estado que no garantiza su seguridad, con los partidos políticos que se reproducen gracias a recursos privados y a una ley electoral caduca, y con un Gobierno incapaz de llevar adelante un programa para modernizar los servicios sociales (educación, salud, pensiones). El pueblo tampoco se va a equivocar cuando exprese su veto a quienes le han expropiado la capacidad de decidir sobre los derechos que definen condiciones de vida justa y equitativa.  Los liderazgos futuros se jugarán entre quienes sean capaces de devolverle a la ciudadanía el derecho a elegir.

[1] Cuadro del colectivo de arte Los Carpinteros (Cuba), Museo Arte Contemporáneo, Monterrey, México