Comparsa Carnaval

Foto: Claudia Pool Oviedo www.facebook.com/comparsa.lasiembra

Para quien desconoce nuestro país y sus costumbres, las Fiestas Patrias son la fecha ideal para resaltar las tradiciones típicas, visiones y costumbres de algunas regiones del país impuestas por sobre otras. Aunque se han convertido en los días con mayor consumo de alcohol, empanadas y música nacional, es uno de los momentos más marciales del país. Chile completo se uniforma tricolor y exalta algunas nociones de la chilenidad sobre otras de una forma extremadamente violenta. Se impone por toda la estrecha franja el uniforme de patrón de fundo, que desplaza e invisibiliza al huaso campesino; se realizan actividades festivas oficiales en fondas, ramadas y establecimientos delimitados por la institucionalidad, que prohíbe la ocupación espontánea del espacio público; se realiza el Te Deum ecuménico, con la anuencia de los poderes de un Estado constitucionalmente laico.

Durante las fiestas la música en inglés toma un breve descanso para la explotación repentina de la cueca, las canciones folclóricas, las cumbia y el reggaetón. Las modas foráneas y el sushi son desplazados momentáneamente por los pañuelos y la tradición culinaria local.

La Fiestas Patrias son festividades totalmente alejadas de la noción de carnaval, partiendo que por la fecha -septiembre- no tienen nada que ver con actividades que partan de la cuaresma -febrero, marzo- u otras provenientes de una ritualidad pagana. El 18 es una evidente conmemoración germinada desde un acto político, marcada por una fecha histórica y la glorificación de las fuerzas armadas. En este caso la cueca, original de la zona centro sur del país, suena con mayor fuerza desde el corazón de la República y silencia otras tonalidades que son parte de la delimitación geográfica de Chile. Por estas fechas, eso sí, podemos ver una serie de actividades rituales en las que el exceso es protagonista, pero no suponga así, la mezcla y el desorden.

LA AUSENCIA Y PROHIBICIÓN DEL CARNAVAL
Esta celebración de Fiestas Patrias, tan marcial y ordenada, tiene su origen en los cimientos de la República. Desde 1816, el último gobernador de la Corona Española en la Gobernación de Chile, Casimiro Marcó del Pont, poco antes de su salida del gobierno decretó “teniendo en cuenta por la experiencia, las fatales y frecuentes desgracias que resultan de los graves abusos que se ejecutan en las calles y plazas de la Capital en los días de la Carnestolendas (carnavales) principalmente por la gente que se apandillan a sostener entre sí los risibles juegos y vulgaridades (…) que ninguna persona “pueda jugar los recordados juegos u otros, como máscaras, disfraces, corredurías a caballo, juntas o bailes, que provoquen reunión de gentes o causen bullicio”.

A pesar de la prohibición que decretó Marcó del Pont, tiempo después la cuaresma desató nuevamente el carnaval, una fiesta que el escritor costumbrista del siglo XIX, José Joaquín Vallejo, definió como fiestas de “atractivo deleite” y un “gran baile de máscaras”. De todas formas, la vida del carnaval chileno no continuó por mucho tiempo, según el testimonio del historiador chileno Gonzalo Peralta en un artículo publicado por LUN.

“Esta fiesta vuelve a ser atacada nuevamente a finales del siglo XIX, donde el carácter de la élite, y que el pueblo debía imitar para ser civilizado, es el estilo victoriano, muy rígido, de control de emociones y de alta racionalidad, identificando las manifestaciones carnavalescas como primitivas, populacheras, asociándolas a la pérdida de control”, detalló el historiador.

Así fue como en 1915 quedó decretado de manera oficial por el entonces primer mandatario Ramón Barros Luco, la Ley 2.977 que suprimía los carnavales como feriados nacionales.

Según la académica, bailarina y fundadora de la Escuela Carnavalera Chinchintirapié, Rosa Jiménez, entrevistada por eldesconcierto.cl, uno de los factores que podrían influir en la escasez de fiesta y carnaval en Chile, es que la “mixtura afro en nuestro país tuvo una invisibilización”.

En Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Brasil, Bolivia, Centroamérica y el Caribe, países con mayor presencia de la cultura afro, “coincide que esas poblaciones su ritualidad es muy fuerte con respecto a la necesidad de expresar la música y la danza colectiva. En el mundo andino igual”, opina Jiménez.

Para la bailarina, otro de los factores determinantes sería que durante la dictadura también se puso fin a varias festividades en los espacios públicos “como era la fiesta de las primavera que se realizaba en los barrios. Una tradición que impulsaron las federaciones universitarias”, agregó.

LA FIESTA VUELVE A EMPEZAR
Con la proclama de que la alegría vendría, la transición llegó junto a la globalización y el fin de la Guerra Fría. Según Rosa Jiménez, en este periodo de los años 90 “entró la batucada, que es fácil de montar y ahí vino lo afro y Joe Vasconcellos”. Por aquella época la cumbia y sus derivaciones también se instalaron con fuerza en Chile, así como el axé, la salsa, el reggaetón, los ritmos caribeños y africanos.

A partir de aquí, las fiestas costumbristas, celebraciones de regiones externas a la zona central sur, nacen los primeros carnavales como el San Antonio de Padua, la Pincoya o el de Mil Tambores en Valparaíso. Por esta época se desarrolla la necesidad de fiesta, algo que para Jiménez se refleja en la “catarsis futbolística” y las concentraciones masivas en las plazas y los espacios públicos. Ellos van a reclamar, apropósito del fútbol, “la necesidad de fiesta, inherente al ser humano” y que lo evidencia el lenguaje deportivo, “el carnaval de goles”, y “la función antropológica que tiene la fiesta”, dice la académica.

La regulación del Estado chileno sobre los espacios de convivencia y la supresión de los carnavales y la fiesta sin control ha buscado históricamente la mantención del equilibrio y el status quo. Sin embargo, los movimientos sociales, las organizaciones barriales y los colectivos artísticos han comenzado a tomar las calles de las poblaciones como espacio de resistencia espontáneos, donde priman las dinámicas de lo colectivo, la participación comunitaria y la rebeldía hacia un Estado que consideran opresor.

Por estos días el país celebra otro aniversario de la conformación de la Primera Junta de Gobierno y el Día de las Glorias del Ejército, una representación del tiempo a través de las efemérides históricas, que nada tiene que ver con el carnaval o la fiesta, según lo define el académico de la Universidad de Santiago, Maximiliano Salinas, en su artículo El Carnaval: El sentido vital del tiempo.

Para Salinas, la fiesta tendría que mucho más que ver con una celebración espontánea que desde el espacio público se comienza a demandar, pues en aquella fiesta popular se celebra “la locura de la fertilidad de la vida. La regeneración de la naturaleza de las plantas, los animales y los seres humanos, de todos los seres vivos. Exaltación sensual, animación de los cuerpos”.