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Atentos como estamos a la evolución de las tensiones políticas que vivimos en torno a la situación en Cataluña, sorprenden algunas cosas que quizás no están recibiendo la atención que merecen. Mientras esto pasa, la Vía Lliure del 11 de septiembre ha vuelto a demostrar la inmensa capacidad movilizadora del independentismo.

A pesar de que no sólo por eso, también por lo que hace a la presencia masiva en las calles llama la atención que la polarización política que está dividiendo a la ciudadanía en dos campos no aconseje a algunos actores relevantes de los dos grupos a hacer un llamamiento para rebajar la tensión.

Hablar de la miopía del PP en cuanto a la cuestión catalana es un error. Es mucho más que eso. Desde FAES y desde Génova 13 hace tiempo que se puso en marcha una renacionalización española, iniciada durante el segundo gobierno de Aznar, una vez dejó de hablar catalán en la intimidad. No estamos, entonces, frente a los efectos de un error; estamos ante el resultado de una política determinada. Podrá discutirse si el monstruo se les ha ido de las manos o no, pero no que ha habido una política deliberada y negativa hacia Cataluña.

¿Que no está claro que, sea cual sea el resultado del 27S, el problema del 28S y siguiente será un señor problema, un gran problema para detractores y partidarios del proceso catalán?

El otro partido sistémico, el PSOE, no ha sabido o no ha querido tener una política alternativa para el Principado. Cómo han conseguido pasar del almacén de votos socialistas que era aquel territorio a ser casi marginales tendrá que ser estudiado como una modalidad de suicidio político. ¿Qué decir, en paralelo, del triste papel del PSC? Ahora que ha desperdiciado sus apoyos por toda Cataluña, ahora –junto con el PSOE- proponen un federalismo que no explican y ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo en si Cataluña es o no una nación.

Que los dos partidos sistémicos españoles puedan convertirse en irrelevantes después del 27S, ¿es o no un dato que nos dice mucho la singularidad de Cataluña?

Entonces, ¿nadie desde Madrid [o Sevilla] está dispuesto a revisar en profundidad determinados axiomas políticos sobre la realidad nacional española? ¿Que no es todavía suficientemente evidente aquello de las nacionalidades y regiones de las que habla incluso la Constitución del 78; que no parece claro que España, si quiere mantenerse unida, tendrá que aceptarse como un Estado plurinacional? ¿Que no está demostrado que el café para todos hace tiempo que no funciona? ¿Que no está claro que, sea cual sea el resultado del 27S, el problema del 28S y siguiente será un señor problema, un gran problema para detractores y partidarios del proceso catalán?

generalitat

Convergència i Unió se han divorciado. Veremos qué pasa con Duran y compañía, pero la supervivencia de Artur Mas y los suyos todavía está por confirmarse. ¿Qué pasará el día 28S entre los soberanistas? ¿Una mayoría de escaños desencadenará la Declaración Unilateral de Independencia [DUI], aun cuando los votos den el resultado contrario? La DUI, ¿sumando los escaños de Junts pel Sí y la CUP? Estos últimos, anti capitalistas consecuentes, quieren salir de la UE y del euro, y lo dicen con claridad. El programa es independencia y República Catalana, pero ¿cuál es el proyecto social de este nuevo Estado: lo consensuarán entre la derecha de CDC y las dos izquierdas distintas que son ERC y CUP?

Los soberanistas se han quejado con razón del silencio como respuesta desde Madrid, cuando no de las amenazas con la ley en una mano y las represalias de todo tipo en la otra. Se han quejado con razón de que los intelectuales no catalanes silbaban mirando al techo sin decir ni jota ante, por ejemplo, el laminado del Estatuto aprobado por la ciudadanía a manos del Tribunal Constitucional. A pesar de esto, cuando desde más allá del Ebro se levantan voces que proponen ahora dialogar, reflexionar conjuntamente, sólo se atienden y valoran aquellas que les dan la razón, y descalifican como unionistas y nacionalistas españoles a todos los que, de entrada, no aceptan la independencia catalana como incuestionable.

La situación, el conflicto, el lío, no importa como denominamos aquello que está pasando, cada vez es más tensa, más agria, más exigente de un alineamiento con uno de los dos bloques enfrentados. ¿No deberíamos rechazar explícitamente esa fragmentación en dos mitades –más o menos asimétricas- tanto de la sociedad catalana cómo de la española? ¿Nadie va a valorar los afectos que existen entre la mayoría de los catalanes y la mayoría de los españoles?

La nación catalana existe, guste o no en el resto de España. Negarla desde la margen izquierda del Ebro es negar la realidad. La pregunta es, ¿puede permanecer esa Nación dentro de un Estado llamado España? Después, otra para la margen derecha del río: España existe, y es un Estado reconocido internacionalmente: ¿no habría que evaluar con mucho cuidado y sin urgencias las consecuencias de una ruptura unilateral con él?

Una conclusión que cae por su propio peso, -ya apuntada más arriba-, es que pase lo que pase el 27S nada estará resuelto. Está claro que una porción significativa de catalanes está a favor y otra está en contra. La convocatoria de una consulta del tipo de la que se hizo en Escocia, por ejemplo, con una pregunta clara y dos respuestas posibles, es la única alternativa realmente practicable para saber cuál es la voluntad concreta de la ciudadanía de Cataluña. En algún momento tendrá que aceptarse. Quizás los actores más significativos tendrían que empezar a hablar de esto el próximo 28 de septiembre.