Portada El Diario del Che Gay en Chile en JPG (1)

La performance es movimiento, es la puesta en marcha de un cuerpo. Es acción ahí donde antes no había más que pasividad. Sin embargo, el simple gesto de poner en acción a un cuerpo no transforma de inmediato a este movimiento en crítica de los órdenes de dominio y de opresión. Se requiere de una detención. Esta detención no busca otra cosa que poner en evidencia la sustracción de ese cuerpo que se escenifica. Dicho de otro modo, esta detención busca volver visible el orden de narración que limita y violenta a ese mismo cuerpo. Por contradictorio que pueda parecer, la performance solo es tal en la detención. Esta operación doble que la performance despliega, en su movimiento y retirada, enseña el lugar y el rol que se nos asigna, así como desvela su cuestionamiento y transgresión. El contramovimiento de la performance expone un cuerpo en el desleimiento de las marcas de dominio que lo describen. Es en la huella que deja un cuerpo cuando se retira donde es también posible ver otros cuerpos, otras políticas. Es en este movimiento, y su detención, donde me gustaría situar la política estética de Víctor Hugo Robles, El Che de los gays.

En una serie de actos sustitutorios, que van desde el título del libro (que evoca los viajes en motocicleta de Ernesto Guevara por América Latina), pasando por la imagen de la  portada (en la que el artista visual Francisco Papas Fritas retrata a Víctor Hugo Robles posando la pose del Che con lápiz labial y perlas), hasta la adopción de la boina estrellada (signo por excelencia de la revolución cubana), Víctor Hugo Robles narra en El Diario del Che Gay en Chile (Santiago, Siempreviva ediciones, 2015), la política de izquierda en la postdictadura desde la orilla de esos cuerpos que se sustraen al dos de la norma heterosexual. En el mismo gesto sustitutorio, más que un diario, un archivo habría que precisar. Un archivo que enfrenta la memoria de los logros de las políticas de género de los gobiernos de la Concertación, así como los de la Nueva Mayoría, con esas otras historias de “homosexualidades chillonas, llamativas e indecorosas”. Historias de épicas mínimas, historias cotidianas en tiempos del SIDA que desde el margen de los logros de la homosexualidad de Estado insisten en la subversión del cuerpo heterosexual insistiendo en prácticas e imágenes contrasexuales.

Un archivo que enfrenta la memoria de los logros de las políticas de género de los gobiernos de la Concertación, así como los de la Nueva Mayoría, con esas otras historias de “homosexualidades chillonas, llamativas e indecorosas”.

Si el archivo de las memorias nacionales durante el siglo veinte anotó y guardó, hoja tras hojas, los intereses de los hombres blancos de las clases altas, si el archivo de la izquierda latinoamericana consignó vivamente la gesta revolucionaria heroica y masculina, el archivo de la izquierda de la disidencia sexual tendrá como soporte al cuerpo y su política será la de la imagen. Este archivo por más que insista en la letra como medio de consignación y la palabra como forma de visibilización, sospecha de ambas, sospecha de la afirmación heteronormativa que portan. El archivo de la disidencia, por el contrario, se describe desde la materialidad del cuerpo, en su redoblamiento, como en el desenfadado gesto travesti de El Che de los gays. ¿Cómo no caer en cuenta del productivismo heteronormado inscrito en el deseo que grita en la consigna “queremos que nuestros hijos sean como el Che”? ¿Cómo no preguntarse por el lugar que les toca a las mujeres en ese reparto reproductivo? ¿Cómo no cuestionar el dictado que afirma que la revolución debe ser heterosexual? Estos cuestionamientos, y otros, solo se vuelven visibles en la detención del cuerpo heroico de la izquierda y en su sustitución paródica. En este sentido, Víctor Hugo Robles indica: “lo que yo hago es cruzar una figura ultra simbólica y cargada con el ideario de la liberación latinoamericana, con la lucha homosexual, expresando que es posible ser homosexual y luchar por la liberación de los pueblos, que es posible ser homosexual y ser revolucionario”.

Un archivo de la disidencia sexual no productivista y, sin duda, lejano de una política de la identidad. Es tal vez por esta lejanía que este archivo sea, también, un archivo visual. No solo el cuerpo como simulacro paródico sino que también la imagen como lugar de inversión de la identidad por la copia y esta última inaugurando un otro lugar para la política de izquierda; una política que narre otras sexualidades y que no busque solo y siempre la incorporación liberal sino que interrumpa el movimiento del dos heteronormativo de la diferencia sexual. Contra todo afán integracionista, y reactivando una vieja consigna feminista, Víctor Hugo Robles indica que la suya es una apuesta por instalar  “lo sexual como político”. Sin embargo, lo político del Che de los gays es la provocación desde una sexualidad no productiva, sexualidad que encuentra puntos de contacto con prácticas y posicionamientos como los descritos por Lee Edelman en No future. Para Víctor Hugo Robles la política es sexualidad, sin duda. Pero esta sexualidad son “las travestis con las tetas, con el escándalo de las tetas, y los fotógrafos que las ponen  en portada, lo que provoca y lo que socava el sistema moral sexual, la sexualidad normal, la sexualidad tapada”. Una sexualidad que descree de los mitos de lo natural-biológico y que narra cuerpos contrasexuales en permanente devenir, arrojados a una performance sin fin, parapetados en el velo del artificio, la prótesis y el maquillaje.

Lo sexual es político, entonces, como diferendo tanto con las políticas de la normalidad instalada por Fundación Iguales, como por las de la identidad de la diversidad sexual del MOVILH. Es por estas querellas y diferendos que Víctor Hugo Robles no deja de enfatizar que su política no es solo un ajuste de cuentas con el “archivo” del imaginario político conservador, sino que ella se orienta principalmente a interrumpir y alterar los registros y tradiciones heteronormativas de la propia izquierda y sus alianzas. En este sentido, afirma: “me gusta provocar a la izquierda porque mi radio de acción está en el mundo de la iconografía de la izquierda. Soy un homosexual de izquierda, es mi lugar de lucha, es el lugar donde me siento llamado a interactuar, donde siento el interés de provocar y movilizar conciencia. No me interesa movilizar ninguna conciencia de derechas”.

Y es, quizás, ahí, en esa provocación sectorial donde está el contramovimiento de la performance del Che de los gays, haciendo visible el cuerpo-comunidad heteronormada que da sustento a las políticas de izquierda en América Latina.