redes_sociales celularCon perplejidad, conocimos una nota en El Desconcierto sobre el supuesto militante UDI que a través de Twitter se permitió insultar la memoria de Víctor Jara. Indagando un poco más, supimos de otras lindezas que con escaso estilo profirió el mentado Felipe Avalos desde la seguridad y cuasi-anonimato del ciberespacio.  Simultáneamente, en esos mismos días, asistimos a un uso más noble de las redes sociales, pues ellas ayudaron a muchos de los terremoteados y desencontrados del centro-norte de nuestro país a reencontrarse, enviarse recados y darse ánimo tras el remezón grado 8,4 que tiró del mantel en víspera del dieciocho. A raíz de este contraste entre la cara amable y el rostro grotesco de las redes sociales, quisiéramos hacer una reflexión sobre esta suerte de nueva plaza pública, las redes virtuales, y sobre el ejercicio de actoría que emerge al calor o al frío del ciberespacio social, que a falta de mejor nombre llamaremos “el ciudadano WTF!”. Esto es, el ciudadano que se hace oír a través de Whatsapp, Twitter y Facebook, muchas veces en tono destemplado (por ello el signo de exclamación al final).  No es ninguna casualidad que la sigla anglosajona WTF! (What the fuck…!), como otras importaciones culturales, tenga también un uso en nuestra jerga ciberespacial equivalente a ciertos chilenismos de uso general, por lo tanto esta segunda lectura es bienvenida en nuestra reflexión.

Queda fuera de nuestras posibilidades hacer una genealogía de la opinión pública en Chile, tarea para expertos en el tema; pero nos atrevemos a señalar, a modo de ensayo, algunos hitos en la construcción del sano ejercicio de la discusión social en el espacio ciudadano, para luego dirigir nuestra atención a su deterioro en los tiempos actuales.

En tiempos pre-modernos, el espacio privilegiado de discusión acerca de los asuntos de interés comunitario y de encuentro entre los vecinos de la ciudad era la plaza pública: el Ágora en la polis griega, la Plaza de Armas en nuestra tradición hispanoamericana. El pregón de los edictos de la autoridad, el mercado a viva voz de bienes y servicios, las festividades religiosas y paganas, e incluso el suplicio de los incorregibles y las ejecuciones de los condenados, casi todas se realizaban en este espacio. Y en este mismo lugar se producía la conversación social, ya fuese sobre lo divino (“¿Tienen alma los indios?”) o sobre lo humano (“Allá va ésa, la amante del Corregidor…”).  Como la mayoría de los miembros de la comunidad era analfabeta, la discusión en el espacio público necesariamente era oral, y con toda seguridad cara a cara, o al menos a una distancia que permitiese el ser escuchado. La difusión de las ideas por medios escritos alcanzaba sólo a una minoría ilustrada, y la confección de los textos, prácticamente manufacturados, hacía que su impacto en la conversación pública fuese mínimo y en la mayoría de los casos mediatizado por la voz humana, siempre bajo el ojo atento de la autoridad religiosa y su severo Index.

Si no asumimos nuestras responsabilidades como ciudadanos WTF –haciéndonos cargo de lo que decimos, con nombre y apellido reales, y no con avatares truchos–, la Plaza Pública Virtual degenerará en una cacofonía de “trolleos” al más puro estilo de una Torre de Babel de la farándula y sus miserias cotidianas.

Esto cambiaría con la modernidad, con la imprenta y la masificación de los textos –y con ello, la ampliación de la ciudadanía de la palabra. Mientras la Reforma protestante martillaba su descontento en las puertas de las iglesias, clavando panfletos recién salidos de la imprenta, en Latinoamérica el cuasi-monopolio de la palabra impresa por parte de la Iglesia Católica retrasó en algo la emergencia de una opinión ilustrada más allá del ámbito de su magisterio, lo cual ocurriría recién con la entrada clandestina de los enciclopedistas franceses en los libros clandestinos de los librepensadores, hacia fines del período colonial: el surgimiento de la discusión acerca de lo humano y lo divino, de lo social y lo político, ciudadanía de la palabra alentada por los publicistas de la Ilustración, fue un artículo de contrabando no tradicional en vísperas de la Independencia. Sin embargo, este diálogo en el espacio público –soterrado, vigilado, a veces duramente reprimido y desterrado al Archipiélago de Juan Fernández–, sólo tuvo como protagonistas a los criollos, miembros de la aristocracia local, permaneciendo la gran mayoría del bajo pueblo –los gañanes, los “malentretenidos” – a oscuras, con su voz silenciada y destinados a servir de carne de cañón en las guerras civiles, ese largo y sangriento parto de la República.

Un nuevo aire vino a revivir el saludable ejercicio de la deliberación pública a mediados del mil ochocientos, a través del cuestionamiento del estado autoritario, esta vez en voz de los liberales encabezados por Bilbao y Arcos, fundadores de la Sociedad de la Igualdad, quienes pese a pagar duro precio por su osadía (ostracismo y destierro) lograron instalar en las nacientes capas medias el gusto por la ciudadanía hablada, agitando en algo el peso de la noche y la paz de los huesos de Portales. Bastante más tarde, tras el paréntesis de la guerra externa contra Perú y Bolivia, y de la guerra interna contra Balmaceda, el oficio de la discusión pública volvió a hacerse carne en las octavillas y boletines de los trabajadores más letrados y conscientes, y en las páginas de los diarios de inspiración democrática que clamaban por la crisis moral y de representatividad de la clase política, expoliadora y parásita de la renta salitrera (cualquier parecido con un siglo después no es mera coincidencia).

Desde la década del ’20 hasta comienzos de los ’70 en el siglo pasado, el ejercicio de deliberación ciudadana –“la voz del pueblo”– se enseñoreó en el espacio público, ganando el favor de los partidos de inspiración obrera y disputándole el espacio a los medios de comunicación de la Derecha. Este recrudecimiento de la voz pública del mundo popular y los sectores medios progresistas corrió parejas con su cada vez mayor presencia en la acción política, llegando a su culminación con la Unidad Popular y clausurándose de golpe, bajo un silencio de plomo, con la llegada de la dictadura. Al trauma inicial, sucedió un renacimiento trabajoso, clandestino, y la voz ciudadana se hizo cada vez más audible en los espacios públicos lentamente recobrados (los barrios y las poblaciones, las parroquias y templos, los liceos y las universidades, los medios escritos y radiales, los cenáculos de los movimientos y partidos políticos…), y con ello contribuyó en no poca medida a crear un clima de deliberación que hizo posible, conjuntamente con otras fuerzas, el fin de la dictadura.

Tras el largo proceso de desencanto por la alegría que en definitiva no llegó, la discusión pública ha mutado desde la voz humana y la letra escrita, al universo de los caracteres y códigos binarios, como una Matrix de la conversación pública, pero esta vez con un alcance social muchísimo mayor que en cualquier época previa. Sin embargo, la paradoja de esta explosión de la comunicatividad ha sido que su ampliación a la gran escala ha ido a la par con un empobrecimiento de las formas y los contenidos: la democratización de la opinión pública ha pagado un alto costo a través de su banalización, y el “ciudadano WTF!” es el habitante cuasi hegemónico de la plaza pública virtual, incapaz de enriquecer el debate y de arribar a la construcción de proyectos de ciudad mediante el diálogo franco y abierto. Más bien, su contribución a la discusión ciudadana tiene un carácter mayoritariamente visceral: escribe desde la rabia, el sarcasmo y la decepción, y pocas veces como producto de una reflexión profunda y puesta en común en el ciberespacio. Pareciera que el viejísimo “chaqueteo” hubiese adquirido nueva vida a través de las novísimas tecnologías de la información y la comunicación.

Desde una perspectiva psicosocial, es abrumadora la gran necesidad de identificar chivos expiatorios a quienes culpar de todos los males, descargando una iracundia verbal que no puede sino representar mecanismos de defensa que operan desde el anonimato o cuasi-anonimato que ofrecen las redes virtuales (después de todo, no es fácil saber si Felipe Ávalos es realmente quien dice ser), lo cual garantiza un amplio margen de impunidad. Agresiones gratuitas, quizás proyecciones inconfesadas, escritura desde la impulsividad desbocada, posiblemente gratificación libidinal en el acto de “lo dije y WTF!”, sólo forman parte de un desolado acto performativo donde el discurso gana en intensidad, pero una intensidad vacía de relato, una intensidad ciega que no permite construir nada que valga la pena recordar a la vuelta de unos cuantos años y muchos clics y páginas de navegación.

Por otra parte, esta opinión instalada en medio de la Plaza Pública Virtual es, muchas veces, una opinión irresponsable: el hablante/escribiente/navegante por lo general no se hace cargo de sus afirmaciones, y si atribuye los peores defectos y vicios al funcionario público de turno, raramente exhibe prenda que avale sus diatribas. Peor aún: cuando algún opinante de las redes virtuales intenta un argumento más o menos coherente, no es raro que dos o tres comentarios más abajo aparezcan contradictores que en vez de discutir el punto de vista del opinante virtual, saltan a la yugular como lobos del páramo y le descalifican soezmente, atribuyendo motivaciones espurias. Por ejemplo: una opinante intentando una defensa de la dignidad de la Presidenta Bachelet en cuanto mujer, rápidamente es descartada como tonta útil, como izquierdista trasnochada o “feminazi” (otro engendro de las redes sociales), o peor aún, como cooptada por el poder (“cállate mejor y anda a cobrar tu bono…”).

Celebramos el camino de democratización que ha recorrido la opinión pública desde los tiempos de la Plaza de Armas hasta nuestras Plazas Virtuales, fundamentalmente gracias a las redes sociales. Hoy es más posible que nunca, para la ciudadana y el ciudadano comunes y corrientes, hacer oír sus voces en la tribuna cibernética, ya sea para denunciar los abusos, para plantear un punto de discusión, para proponer ideas, para convocar a un movimiento.  Pero si esa apertura no se acompaña de una capacidad de reflexión previa, tanto desde la academia como desde la sabia escuela del sentido común; si no se incorpora la capacidad de autorregulación de la visceralidad hostil; y sobre todo si no asumimos nuestras responsabilidades como ciudadanos WTF –haciéndonos cargo de lo que decimos, con nombre y apellido reales, y no con avatares truchos–, la Plaza Pública Virtual degenerará en una cacofonía de “trolleos” al más puro estilo de una Torre de Babel de la farándula y sus miserias cotidianas. Por el contrario, tenemos la preciosa oportunidad de convertir las redes sociales en una herramienta formidable para una mejor democracia, basándonos en la circulación útil de información, el respeto a la dignidad de los otros, la valoración de la diversidad de pensamientos y de formas de vida, la celebración del humor sutil y no degradante, y el culto a las palabras compartidas.