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Llegué a las 6:30 de la mañana, sorprendido de inmediato por una tranquilidad que nunca había visto en un evento de tal magnitud. El contingente policial era mínimo, siendo los efectivos casi  espectadores del respetuoso pueblo cubano. La necesaria función de ordenar a los millares que se acercaban a la reunión era cumplida con sobriedad y relajo, en las antípodas de la ejemplar democracia Chilena.

Entré a la plaza percatándome que sería imposible mirar la misa. Además de los primeros metros reservados para las autoridades, entre ellas Cristina Fernández en primera fila, la reja que nos separaba fue llenada por los más fieles que armaban una impermeable columna de personas. Así que con un par de horas por delante, lo que quedaba era conversar, esperar y dar vueltas.

Los niños, como todavía sentados en sus camas, tenían una mirada desorientada, mientras que los más viejos y dormilones acomodaban cartones debajo de sus cuerpos para darse una siesta antes que el calor lo impidiese. Como enviadas por Dios, las nubes actuaron como una sábana de frescura sobre la explanada, retrasando el uso de abanicos que más tarde dieron aire a media plaza. A esa hora ya se veía una delegación de deportistas cubanos vestidos con tenidas deportivas oficiales. De actitud desentendida, varios de ellos con audífonos, se acomodaban a decenas de metros  del escenario, a distancia suficiente para estar sentados en grupos. Al preguntarles por qué estaban ahí, me contestaron entre risas que así se aseguraban no perderse. Precaución innecesaria considerando la ausencia relativa de jóvenes, que se repartían casi completamente entre deportistas y voluntarios de la Cruz Roja. Más tarde se celebraría una misa especialmente dedicada a la juventud, quizás en un intento de acercar a todos los que no estaban ahí presentes.

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En la espera, fui sorprendido por una multitud que se apretaba en contra de la reja en que me ubicaba, buscando el recuerdo visual del Papa. A tres metros de mí pasó el papamóvil junto a no más de 6 agringados guardaespaldas que se abrían paso entre el camino dejado por las pequeñas vallas de seguridad. Francisco saludaba cálido y sonriente, disfrutando de su  encuentro con un público que aprovechaba la oportunidad de inmortalizarlo en sus celulares y cámaras fotográficas digitales.

A las 8:30 un animador local, cuyo rango eclesiástico no logré identificar, fue el encargado de entregar las palabras previas a la prédica principal. Una de ellas llamaba a agradecer a todos los trabajadores que habían hecho capaz la misa: guardias, voluntarios, doctores, jóvenes de la Cruz roja, etc., completando los primeros aplausos cerrados en un lugar acostumbrado a ellos. Por lo mismo, se advirtió rápidamente a los asistentes que por favor no interrumpieran al Santo Padre y que se limitaran a expresarse sólo al final del rito.

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La aparición del Papa al frente a la misa terminaba de armar el ecléctico cuadrilátero de autoridades que rodeaban al público: por un lado Che y Camilo, al frente de ellos José Martí y cerrando se encontraba Jesús impreso en una gigantofrafía. En este marco, Francisco hablaba con soltura en su idioma natal, dándose tiempo para reflexionar desde el cotidiano las enseñanzas del profeta y sus apóstoles, intermediado por los ritos globales del cristianismo: padres nuestros, aves marías y culposos golpes en el pecho se sucedieron a lo largo de hora y media por toda la plaza.

La misa versó en medio de un calor húmedo, en un acto que en líneas generales fue bastante protocolar. Fiel a su posicionamiento en cuanto a la labor del católico, enfatizó en que “Quién no vive para servir, no sirve para vivir”, en coincidente similitud a las cualidades que Fidel le exigía a los militantes revolucionarios. Sin embargo marcó distancias, despolitizando la labor de los fieles, al mencionar que “nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas”. El discurso apunto además al carácter de los conflictos entre Estados, pidiendo por la reconciliación entre los pueblos como camino a la paz.

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El Papa cerró el acto con una alegre palabra final, pidiéndole a los asistentes especialmente que no dejaran de rezar por él. Todos se retiraron tranquilamente, como fue la tónica del día, acompañados por unos gritos que, sin entusiasmar al resto del público, repetían el nombre de Francisco. Los cubanos, ya extenuados por las largas horas bajo el inclemente sol tropical, repletaron la Avenida de la Independencia en retirada hacia sus hogares.

Para un mundo en que la desafección parece ser la norma, los más de 300 mil que voluntariamente asistieron son un respaldo a las instituciones. La Iglesia y el Estado, hoy más cercanas que nunca, sacan cuentas alegres. Cada una salió fortalecida del encuentro, respaldadas por un pueblo que más allá de la ortodoxia, sigue disfrutando del reunirse y afirmar colectivamente valores tan nobles como el servicio o el amor. Católicos o Socialistas, la isla se mueve indiferente a los manuales, haciendo de su realidad la verdad más revolucionaria.

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