el retorno del miedo

El lunes por la noche se inauguró en Espacio Hache El retorno del miedo, una obra visual de Camilo Yáñez. A la noche siguiente se inauguró otra obra en Metales Pesados Visual, esta vez a cargo de Claudio Correa: La tragedia de los comunes. Como es fácil notar, un título se encadena al otro, como el martes al lunes en el calendario, pues el retorno del miedo es de alguna manera la tragedia de los comunes. Que los artistas no lo hayan planeado ni mucho menos tomado en cuenta, carece de importancia, por no decir que es mejor, precisamente porque así el nexo casual, urdido a espaldas de la conciencia por la remota voluntad enlazadora, expresa un espíritu de época o una inclinación generacional.

Más aun si se considera que por estos días, cuando Cha.Co abre sus puertas –a los galeristas ayer, a la gente VIP hoy, mañana y pasado al resto del pueblo, que seguramente no va a ir-, la obra de Yáñez trata sobre la palabra y la de Correa sobre el dinero. Son los dos extremos de una cuerda colectiva muy tensa, que recorre hoy el planeta, aunque unidos en estos dos casos por el descrédito o el desgaste.

Es una cópula curiosa, donde el arte se hace arte porque se interrumpe a sí mismo para visitar otros lugares, como la política, que solo existe cuando la lengua se zafa del dinero para internarse en todas las prácticas y las cosas

En Yáñez se recurre a la vieja lengua de la noticia gráfica, que un día nació en la portada de los diarios como una cruza entre el testimonio periodístico y la ilustración fotográfica, con sabuesos bien entrenados que husmeaban en las arcas del poder o en los estanques de una vida urbana que tenía sus intersticios, sus gabinetes o rincones maliciosos. Por mucho que Karl Kraus viera en el periodismo una lengua hecha, modelada por frases cortas en las que había que hacer calzar un alegato o un testimonio a tiempo, no hay que olvidar que los periodistas de antaño venían del romanticismo y que de algún modo eran escritores, solo que sus frases las tallaban más rápido, fumando al lado de las máquinas, asertivos en medio del bullicio y con una nota de desagravio a cuestas.

En cambio Yáñez evoca ahora esa misma memoria gráfica pero en una versión alicaída, castigada por palabras que han perdido su espesor, como las que pronuncian en los diarios políticos o tecnócratas, quienes salen adelante soltando párrafos inocuos que invierten la tarea del anterior periodismo de estirpe: las usan para tapar o disuadir, amparados en la certeza de que esas hojas impresas envolverán papas mañana o encenderán el fuego de una chimenea.

correa

De ahí que su trabajo consista en coleccionar esas frases hechas, en resaltarlas para  exhibir su vacío, que se recorta sobre un fondo de impresión serigráfica en la que hay manchas, diluciones y barridos, rememoración paródica de una gráfica que se fue desdibujando. Las palabras, ahora elenco vacuo del sinsentido del decir, asoman en esta obra como sombras chinas, desviando la atención, obstruyendo los sucesos subterráneos con la serenidad previa de que el tiempo las dilapidará. Es una breve teoría no expresada, con incrustaciones que quieren invertir la relación clásica entre arte y periodismo.

Con esto el peso inexistente de las palabras, que Yáñez exalta ridiculizando la jerga encubridora del testimonio “realista”, pasa a habitar el mundo del dinero, se hace flujo o papel que transita de mano en mano. Es la manera que tiene el retorno del miedo de penetrar en la tragedia de los comunes, la obra de Correa, en la que monedas y billetes se presentan desvestidos, es decir, desnudos de las sutilezas metafísicas o los resabios teológicos en los que Marx entrevió una membrana onírica, que recubría la vida social de las cosas negándose a sí misma el destino moribundo o material del papel moneda.

En el sueño humano, empobrecido por el apuro o el trajín, es como si el dinero no se degradara o fuera eterno, motivo por el que Correa se ve obligado en esta obra a recordarlo, poniendo a la vista billetes malogrados, que han caído en desgracia o han tenido mala suerte, algo en lo que nadie repararía si no fuese por el arte, cuyo comportamiento, como sabemos, frecuenta el ocio o la inoperancia. Por lo mismo se podría pensar que la de Correa es en este aspecto también una obra sobre el tiempo, sobre lo que sucede cuando no sucede nada.

Una vez le escuché decir a un cineasta -era un cineasta indio, pero no lo pienso nombrar, porque lo podrían haber dicho Béla Tarr, Ozu, Antonioni o Bresson- que si se pone una guayaba encima de una mesa y se le hace un plano fijo, lo único que pasa es el tiempo, que desaparece al menor movimiento, como sucede con un día en manos de la rutina. De alguna manera es el propósito de Correa, quien al dinero lo encuadra o le hace un plano fijo, apartándolo de la velocidad abstracta de la bolsa o la ilusión humilde del emprendedor. Actuando así, se introduce en la verdad de Chile: el dinero está ahí, reposa roto o desfigurado, como el lado literal de una palabra que no da hacia nosotros, útil de una causa gráfica perdida.

En Cha.Co es probable que los galeristas usen la sobrecarga espectral de esa materia monetaria para adquirir una que otra obra de arte, pero a esa operación Yáñez y Correa, miembros no por nada de una misma generación, acaso la última que por el momento nos han dado las escuelas artísticas en este país, se adelantaron con pericia, porque uno denuncia la vaguedad de la palabra cuando está maniatada por el dinero, mientras que el otro hace del dinero maniatado en el encuadre una palabra olvidada y expresiva. Es una cópula curiosa, donde el arte se hace arte porque se interrumpe a sí mismo para visitar otros lugares, como la política, que solo existe cuando la lengua se zafa del dinero para internarse en todas las prácticas y las cosas.