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Los ciudadanos de Cataluña han acudido a las urnas de forma contundente, como la ocasión exigía. La participación ha sido incluso más elevada de lo previsible –más del 77 por ciento-, y el resultado del apoyo recibido por las opciones a favor y en contra de la secesión no debiera contentar a nadie. Es cierto que Junts pel Sí, los independentistas liderados por Artur Mas han ganado; es cierto que las Candiaturas d’Unitat Popular, la izquierda anticapitalista y secesionsita ha aumentado extraordinariamente su presencia en el Parlament; y es cierto que la suma de escaños entre ambas supone la mayoría absoluta. Pero no lo es menos que son agua y aceite, que no coinciden más que en la idea de separarse de España, y difieren en todo lo demás. Entre los no independentistas, un grupo muy variado, el ascenso de Ciudadanos es incontestable, los socialistas siguen bajando aunque parece que han detenido la sangría y Podemos no alcanza un resultado esperable, castigado probablemente por su discurso de ni sí ni no, sino todo lo contrario. No obstante, si en las elecciones hay un perdedor rotundo éste ha sido el Partido Popular, que se queda como la penúltima fuerza del Parlament, con solo un diputado más que los anticapitalistas de la CUP. En un partido realmente democrático en su funcionamiento interno, Rajoy debería dimitir tras esos resultados. Al final, una primera lectura que es la que se puede realizar con urgencia, arroja cuatro cifras: en escaños, 72 independentistas contra 63 que no lo son programáticamente; en votos, 47.7 de los primeros contra 52.2 de los segundos. Difícilmente se atreverán los secesionistas, ante esta realidad contrastada, a convocar un referéndum a la escocesa.

Más allá de los resultados electorales, se demuestra que la articulación entre el Principado y España debe ser reformada en profundidad. Como dijo recientemente el periodista Iñaki Gabilondo, no hay otra salida que buscar una salida.

Son tiempos difíciles estos que vivimos, como siempre han sido, son y serán los períodos de cambio. Tras unos años en los que el discurso hegemónico proclamaba que España iba viento en popa y se codeaba con los grandes [en el período de Aznar], y aspiraba a superar a Italia y alcanzar a Francia [en el período de Zapatero]; tras aquellos años, llegó la crisis con su crudeza y, como cantaba Serrat, volvió el rico a su riqueza y volvió el pobre a su pobreza. Los primeros recortes socialistas fueron una broma comparados con los que implementaron y aplica el Partido Popular, con Mariano Rajoy al frente. En ese escenario social tan duro, un problema político ha ido creciendo y creciendo hasta convertirse en una amenaza para todos. El resultado del 27S nos confirma que Cataluña es un país partido por la mitad.

¿Cómo es que hemos llegado hasta aquí? La frustración que causó en Cataluña la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de autonomía refrendado por las urnas, y la política del cuanto peor mejor practicada por el Partido Popular, unida a sus confesados deseos de españolizar a los niños catalanes y de avanzar en una recentralización política y administrativa, reactivó y potenció el hasta entonces débil independentismo. En éste se emboscó la derecha nacionalista de Jordi Pujol y Artur Mas, para ocultar tanto sus miserias como los efectos de su gestión de la crisis. El inmovilismo de Rajoy, que solo es capaz de balbucear amenazas legales y de predecir una serie de plagas bíblicas sobre el Principado, y la falta de consensos internos básicos en el Partido Socialista que le impiden tener una propuesta efectiva y atractiva para deshacer el tremendo embrollo, más la nueva realidad partidaria abierta por los emergentes [por la derecha y por la izquierda, Ciudadanos y Podemos], son solo algunos de los elementos que constituyen la bomba de relojería política y social sobre la que vivimos. Esa bomba no ha sido desactivada por las urnas. Al contrario: ese 47 a 52 nos confirma una realidad tozuda.

¿Qué han dicho los electores catalanes? Pues que ese país es hoy una sociedad fragmentada en dos mitades, cada vez más polarizada, en la que más allá de los resultados electorales, se demuestra que la articulación entre el Principado y España debe ser reformada en profundidad. Como dijo recientemente el periodista Iñaki Gabilondo, no hay otra salida que buscar una salida.

Gabilondo es un hombre que a sus juveniles setenta y pocos años mantiene un enorme prestigio, fruto de su larga y acreditada experiencia, que lo ha llevado a ser el más respetado y escuchado periodista español desde hace mucho. No es un detalle menor que Gabilondo sea vasco, como tampoco lo es que haya ejercido profesionalmente en diversas partes de España y que goce de enorme predicamento también en Cataluña.

En su vídeo blog diario y en sus frecuentes incursiones en radio y en televisión, el veterano periodista hace tiempo que no se cansa de insistir en la gravedad de la situación por la que atravesamos, en la necesidad de abandonar las posiciones beligerantes y el lenguaje agresivo y descalificador y, sobre todo, no pierde ocasión de enfatizar que, más allá de los resultados coyunturales de las urnas, hay un serio problema de fondo.

No es que Iñaki Gabilondo sea una voz que clama en el desierto, pero casi. Quizá son pocos los colegas suyos que pueden permitirse la absoluta independencia que él ha cultivado durante décadas, pero cualquiera que lo intente y pretenda ir –como mucho- más allá de una cómoda equidistancia, sabe que se enfrentará a las iras profesionales y empresariales del españolismo dominante.

Gabilondo insiste en que hay que hablar, que desde Cataluña y desde España se tiene que conversar, discutir, razonar, negociar para, finalmente, acordar. Sorprende no encontrar hasta ahora en el Principado un catalán, en el mundo de la comunicación o el de la intelectualidad, una figura que una su voz y su prestigio a la del vasco. La situación interna está tan polarizada y es tan hegemónica la opinión pública y la publicada de los soberanistas que disentir es un verbo muy próximo a traicionar. Como está pasando con estrellas deportivas, intelectuales o artistas que no muestran un fervor catalanista contrastado, la descalificación o la condena al infierno de los malos catalanes es un peligro muy real que, quizá, hace que las voces que pudieran objetar, discrepar o proponer siquiera el diálogo prefieren mantener un prudente silencio.

Es verdad, paralelamente, que las llamadas al diálogo se cotizan poco en Cataluña. El autismo del presidente del gobierno español, su manifiesta incapacidad ante un problema que lo supera de largo, su pobre discurso tan machacón como hueco, no invitan precisamente a posicionarse a favor de hablar, de negociar. Sería muy bueno y deseable que voces autorizadas y reconocidas pudieran decir desde Cataluña que se puede abordar la situación actual sin tener que abandonar los principios de cada quien, pero abiertos al acuerdo sobre como compatibilizarlos. Tanto más tras conocer los resultados que se han dado en la consulta.

Para eso haría falta otro Gabilondo o, mejor, unos cuantos. Algunos más desde España además de Iñaki, y otros tantos desde más allá del Ebro. Esta sociedad en la que los políticos profesionales son más parte del problema que de la solución necesita gente de ese tipo y tamaño. Por eso, habría que poner un anuncio en los periódicos que dijera, más a menos así: Se buscan Gabilondos. Gente así se ha hecho imprescindible para revertir la fractura de la que hemos hablado. Efectivamente: no hay otra salida que buscar una salida.