traiciones (1)

Miguel Valderrama es historiador. Integra el equipo editorial de la revista de cultura Papel máquina desde su fundación. Entre otros libros ha publicado Posthistoria (2005), Heródoto y lo insepulto (2006), Modernismos historiográficos (2008), La aparición paulatina de la desaparición en el arte (2009), Historiografía postmoderna (2010) y Heterocriptas (2010). Es además editor de ¿Qué es lo contemporáneo? Actualidad, tiempo histórico, utopías del presente (2012) y de Patricio Marchant: prestados nombres (2013). Junto a Oscar Ariel Cabezas es coautor del libro de conversaciones Consignas (2014).

Autor de Traiciones de Walter Benjamin, libro coeditado recientemente en Buenos Aires por Editorial Palinodia y Ediciones La cebra, Valderrama es uno de los escritores más prolijos de la escena intelectual chilena y, al decir de Tomás Moulian, reciente premio nacional de Humanidades, uno de los “mejores intelectuales del país”. Fue hasta hace muy poco director de la ELAP (Escuela Latinoamericana de Posgrado), en lo que fuera la histórica institución Universidad ARCIS. Trabajó y prestigió con su quehacer uno de los proyectos universitarios más valiosos y productivos de lo que a fines de los años noventa el diario El mercurio calificara como una de las repúblicas de las luces. El despido que le propició esta institución cerró un ciclo importante para la universidad ARCIS y en general para un tipo de proyecto universitario “contrainstitucional” orientado a la más compleja y elevada tarea a la que una institución crítica puede aspirar, a saber, la de pensar sin condiciones. Los libros de Valderrama, la persistencia y el rigor en sus investigaciones, lo sitúan entre uno de los más apreciados intelectuales de izquierda porque contra viento, terremotos y mareas hechas de crisis institucionales y de mediocridades espirituales dentro y fuera de las universidades, Valderrama no ha dejado de pensar las heridas y silencios de nuestro tiempo. Como el incansable topo que sabe que la tarea es ardua y que en lo adverso lo que queda es pensar, pensar, pensar…, el nuevo trabajo de este filósofo e historiador chileno nos advierte que el lenguaje de los libros es el de la tristeza, es lenguaje en duelo, pero también lenguaje que, en traducción, es pasión política y nominación.

Oscar Ariel Cabezas: Has escrito varios libros en los que se podría indicar que tu interés por la filosofía de Walter Benjamin es algo que no ha dejado de rondar tus investigaciones. ¿Cuál es la especificidad que le darías a este nuevo libro que titulas Traiciones de Walter Benjamin (2015) en el marco de la reflexión en Chile sobre esta figura del pensamiento? En otras palabras, ¿podrías relatar, describir, contar, si es posible, la pulsión de escritura de lo que pienso es uno de tus grandes aciertos en lo que tú mismo llamarías el “arte de la provocación”? ¿Qué habría de distinto y de parecido en este libro que, desde su título, parece abrirse a los destinos inciertos, las discontinuidades en el trabajo de pensar, las amalgamas de lenguajes y, sobre todo, a eso que todo lenguaje vehicula de manera traumática y que Benjamin osadamente identificaba con la posibilidad de la experiencia? ¿Puedes traducir para “nosotros” por qué has titulado este libro Traiciones sin traicionar la propia experiencia que te trama como escritor y autor de este libro?

Miguel Valderrama: Sin duda, la figura de Walter Benjamin ha ejercido y ejerce una poderosa atracción en nuestro medio. Una atracción que se puede advertir en ciertos debates en torno a la crítica cultural o las artes visuales, que se reconoce por momentos en la obra de artistas como Eugenio Dittborn o Nury Gonzalez, en pasajes y ensayos de Enrique Lihn o Ronald Kay. Por razones históricas, políticas, biográficas, transgeneracionales incluso, esta atracción ha sido la de un sol negro, la de una especie de astro de la catástrofe. De una manera vaga, difusa, la negra luz de Benjamin ilumina una historia del fin del fin de la historia. Su misma elevación sublunar señala una cierta suspensión en el ciclo de las revoluciones astrales de esa historia de la luz que concita y eclipsa su figura. Si la historia del conocimiento es la historia de las vicisitudes de la luz, como quiere Benjamin, habría que agregar que en nuestra historia reciente esa forma particular de heliotropismo se da bajo las modulaciones de una luz nocturna, enlutada. Que ese duelo sea el de una vigilia estrellada, vigilia de un cielo y de una noche difunta, no es algo absolutamente indiferente a los acontecimientos de la historia. De algún modo extremo, radical, no es posible emprender una historia de Benjamin en Chile sin atender a esta historia de la luz, a las versiones e inversiones heliotrópicas que marcan cierto agotamiento astral, que puntúan los ciclos y revoluciones de un cielo extinto. Que esta historia de la luz haya sido hasta el momento tan poco atendida es índice de una cierta ceguera respecto de la propia historia, de esa historia que benjaminianamente se descompone en imágenes. No ha de extrañar entonces, no debería extrañar, que los motivos que han acompañado el trabajo de desciframiento de la escritura de Benjamin en Chile no sean otros que los de una historia marcada por las figuras de la desaparición y el duelo imposible. Frente a este panorama, diría que mi aproximación a los debates en torno a Walter Benjamin ha sido tardía, la de un lector tardío. Y más precisamente crepuscular, ruinosamente crepuscular en una historia epigonal a su vez agotada, terminada. Se vive sobre ruinas, en el tiempo del después del después, donde incluso la condición de epígonos nos ha sido negada. En este tiempo sin tiempo, donde las nociones de horizonte y mundo parecen derrumbarse ante nuestros ojos, volviendo imposible una historia de la luz y la manifestación, el desafío de leer a Benjamin no puede ser otro que el de elaborar un tipo de lectura ocupada en descifrar todo aquello que en la experiencia es reversión y abatimiento, subversión y desenlace. Nombres todos de la catástrofe, nombres que parecieran interrumpir la condición epigonal reservada a quienes vienen después. De ahí mi insistencia en nombrar esta otra posición de lectura como tardía, monstruosa en el mismo vislumbre de su catástrofe, en la vigilia de una errancia sin fin ni filiaciones. Buscando mantenerme fiel a esa vigilia, me esforcé por elaborar en Traiciones una lectura no de Benjamin, sino de las traducciones y comentarios de una escena de traducción, de ese prefacio o antepalabra que Benjamin escribió como introducción a su traducción al alemán de los Tableaux parisiens de Baudelaire. Traducciones y comentarios desarrollados en lengua castellana de La tarea del traductor [Die Aufgabe des Ubersetzers]. Texto que sirve de guía a una indagación sobre la propia lengua castellana, sobre el concepto de lengua e historia que esa lengua porta. Si el libro se organiza a partir de una pequeña disquisición en torno a la diferencia entre la voz “supervivencia” y la voz “sobrevivencia”, es porque advierto en esa diferencia idiomática un diferendo insalvable inscrito en la propia lengua, en el pensamiento de la lengua que se expone en traducciones y comentarios. Que ese diferendo sea del orden del prefijo, que su raíz sea sincategoremática, no es independiente de la condición que parece definir el tiempo presente. Después de todo, términos como “posthistoria” o “postsoberanía”, por tomar dos ejemplos cercanos, testimonian, a su modo, de la condición sincategoremática de las representaciones del presente. Traiciones de Walter Benjamin, por otro lado, puede leerse como un pequeño ensayo sobre Pablo Oyarzún, sobre el concepto benjaminiano de traducción elaborado por el filósofo chileno. En este sentido, podría decirse que el libro da vueltas obsesivamente en torno a la pregunta oyarzuniana por qué sería una “traición a priori”, una traición anterior a toda historia, a toda experiencia, a toda comunicación. En esa pregunta pareciera jugarse no solo la relación de Pablo Oyarzún con Patricio Marchant, sino cierto pensamiento de la supervivencia y de la sobrevivencia, y de las traiciones y cegueras que lo constituyen. Esta otra lectura no invalida, por supuesto, aquella otra mirada que advierte en el libro una “lectura de escena”, una especie de retablo o escenografía chilena de Benjamin. De la lectura de estas tres puntas, de esta estrella de tres puntas, puede colegirse la fuerza de atracción melancólica del sol negro benjaminiano.

OscarOAC: En la primera parte de lo que comentas ahora pareces poner un énfasis importante en lo que pienso es un Benjamin entrelazado a cierta historia de las artes visuales.  Pienso que el “giro visual en Chile” tomó lugar durante la dictadura y la mal llamada “postdictadura”. ¿Cómo asocias, además del nombre de Pablo Oyarzún, el de Nelly Richard a esa historia? En la misma línea, aunque pienso que no son necesariamente libros que tengan como eje temático las artes visuales, quisiera preguntarte por la preferencia de algunos conceptos dentro de lo que, en Chile, ya ha tomado la forma de una constelación o, si prefieres, ha tomado la forma de una esceno/grafía de libros “nacionales” sobre Walter Benjamin.  De hecho, entre los libros más importantes que ahora mismo se me agolpan —de manera arbitraria y casi espontanea en la cabeza— podría mencionar los siguientes: Walter Benjamin. La lengua del exilio (1997) de Elizabeth Collingwood, quien tengo la impresión, escribió el primer libro sobre lo que vendría a ser la configuración de un “Benjamin en/de la postdictadura chilena”; Walter Benjamin y la destrucción (2009) de Federico Galende y el libro de Willy Thayer Tecnologías de la crítica. Entre Walter Benjamin y Gilles Deleuze (2010). En la medida que tu libro se inscribe, insoslayablemente, en esta constelación y, por lo mismo, hace mucho más que interpretar “La tarea de traductor” me es casi imposible no preguntarte por la forma en que un pensamiento de la supervivencia y de la sobrevivencia de las traiciones y cegueras vendría a cifrar o a descifrar algo así como las apropiaciones y actualizaciones de la filosofía de Walter Benjamin en Chile.  ¿Por qué privilegiar los conceptos que propones inclinados a un pensamiento de la catástrofe casi desplazando lugares importantes concernientes a la pregunta por la promesa redencionista que encierra el secreto del pensamiento, siempre en traducción, de Benjamin?

MiguelMV: ¿Cómo nombrar este tiempo, el tiempo que sigue a la dictadura y bajo cuya sombra aún se habita?  El prefijo post, como bien advierte Willy Thayer, es extraño a una tópica historicista. La lógica del antes, el ahora y el después, no se corresponde con la dinámica y la economía de un tiempo que vuelve representacionalmente indeterminable un ahora, un antes y un después. Esta es la lección benjaminiana que puede extraerse de las tesis de Thayer sobre el Golpe de Estado. Esta tesis advierte de la imposibilidad de un presente homogéneo, de la complicación inevitablemente asociada a todo intento por dar por concluido o terminado un trabajo de duelo. “Ente psíquico” (Willy Thayer), “inconsciente histórico” (Armando Uribe), “heterocriptas” (Patricio Marchant), son algunas de las figuras que se han propuesto al momento de pensar cierta inapropiabilidad, cierta incomprensión, cierta ausencia de horizonte, asociada a la a-tópica sincategoremática del post identificada con la postdictadura. En la frontalidad de estas figuras es posible reconocer un esfuerzo afín por interrumpir toda forma de mediación general, toda representación histórica. La preocupación por el “marco”, por los “efectos de marco”, común a una determinada crítica y práctica de las artes visuales en Chile, da cuenta de estos problemas. En este sentido, las mismas nociones de trauma, marco, representación, parergon, no solo llevan a leer de otro modo la historiografía de las vanguardias y sus modernismos, sino que organizan una especie de escena melancólica donde el nombre o la estrella de Benjamin ejerce una atracción solitaria. Ahora bien, ¿cuál es la posición de Nelly Richard en esta historia? Diría que principal, por diversas razones. Por extensión, no me detendré en el análisis de los conatos en los que Richard ha participado movilizando activamente la firma Benjamin en las artes visuales nacionales. En Modernismos historiográficos dedique alguna atención a estas cuestiones. En vez de eso, evocaré como contrapunto la historia de la recepción de Benjamin en Argentina contada por Beatriz Salo en sus Siete ensayos sobre Walter Benjamin. En la lectura de Sarlo, la recepción de Benjamin en Argentina no solo está íntimamente ligada a los estudios culturales y la globalización de la academia norteamericana, sino que, además, ha cierta forma de disputa interpretativa que divide las lecturas de Benjamin entre “comentaristas” y “partidarios”. Esta distinción busca diferenciar un trabajo de lectura histórico-filológico, siempre atento a las relaciones contextuales y a las tradiciones que informan una obra; de otro, cuya preocupación central está determinada por el afán de posicionar a un autor en el campo de batalla de las luchas contemporáneas. Que en la Argentina de los años ochenta y noventa la posición militante o partidaria de Benjamin se cruce con una “moda Benjamin” de estudios culturales y postmodernidad no es casual. Tampoco lo es que en ese mismo periodo la tradición filosófica argentina no haya logrado retomar y criticar el trabajo de traducción y comentarios desarrollado en torno a Benjamin en la década de los sesenta. A diferencia de Argentina, en Chile las lecturas de Benjamin no están exclusivamente mediadas por lo que Sarlo denomina la “Internacional académica”. Gran parte de los debates en torno a Benjamin en el país son incomprensibles en su idiomaticidad y politicidad si no se tiene en cuenta el pasado reciente y los modos en que la crítica cultural y filosófica ha buscado incidir en él. En este sentido, no es posible dividir tajantemente nuestras lecturas en filológicas y partidarias. Esta distinción no ha tenido lugar. El mismo trabajo de paciente comentario que uno encuentra en Collingwood-Selby, Oyarzún, Galende o Thayer, da cuenta de una obsesiva preocupación por esa historia catastrófica a la que cifradamente se vuelve una y otra vez. Este trabajo de lecturas es siempre fragmentario, parcial, melancólico. De un modo predominante, se advierte en estas lecturas una demora infinita, un modo de estar sobre el objeto que siempre es puntual, singular. “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres”, “La tarea del traductor”, “Destino y carácter”, las tesis “Sobre el concepto de historia”, “Experiencia y pobreza”… son ensayos en su mayoría de unas cuantas páginas, de inicios o finales. Ensayos introducidos a través de una ardua labor de traducción. Por otro lado, y volviendo a la crítica de Sarlo, habría que advertir que a diferencia de esa forma de canibalización difusa de Benjamin por parte de la academia argentina, en Chile la crítica cultural desempeñó un papel muy diferente en la década de los noventa y comienzos de la del dos mil. En efecto, en el Chile de la postdictadura, o si prefieres de la vuelta a la democracia, la crítica cultural más que un espacio de legitimación académica de teorías y saberes, fue un aparato de intervención epistemocrítico. Una zona de agrupamientos y desplazamientos constituida al margen de la universidad, que tuvo en la Revista de Crítica Cultural su máquina de agenciamientos, y en cuyas páginas participaron activamente escrituras de signo benjaminiano como las de Pablo Oyarzún, Carlos Pérez Villalobos, Eduardo Sabrovsky, Federico Galende y Willy Thayer. Por último, y a propósito de las traducciones benjaminianas arriba comentadas, de ese paso melancólico o suspendido que se reconoce en ellas, no querría dejar de señalar que Traiciones de Walter Benjamin también podría ser leído como una interrogación apenas comenzada de ese haz de traducciones. Cuarta lectura de Benjamin, entonces. Cuarta lectura que da cuenta de la atracción de Benjamin en Chile. De una atracción solar, propia de una estrella de cuatro puntas que ilumina los cuatro puntos cardinales, el ciclo de las cuatro estaciones. Sol negro, la luz benjaminiana se enseñaría en traslación, en el paso melancólico de la traducción. Bajo esta luz, ¿cómo no demorarse en el cuestionamiento de la promesa redencionista de este astro?, ¿cómo no retrasar gravosamente aquello que se muestra y sustrae en el trazo de la traducción?

OAC: Willy Thayer nos comentaba hace unos días que a comienzo de los años ochenta Pablo Oyarzún había dado un seminario sobre las Tesis de Filosofía de la historia. Es probable que la ficción de un origen —ficción de la genealogía de Benjamin en Chile— pertenezca a esas aulas de terror y fantasma con las que un profesor universitario hacía posible o no la experiencia de un pensamiento reservado a las infinitas posibilidades de la traducción. Y, por lo mismo, pienso que experiencia y fantasma serían otras de las palabras que se dan o, si tú lo prefieres, palabras que se donan como problema a la manera en que tú entiendes la traducción. Permite elaborar un poco más: evocando lugares importantes del trabajo de Oyarzún, tú dices  que “traicionar es de algún modo transmitir”. Entonces, el Traduttore, traditori, sería de algún modo el que pone en marcha la trasmisión pero creo que en Benjamin no hay nada que nos indique que no sea posible una traición de la traición como apertura a las posibilidades que tiene toda interpretación. Por lo mismo, te pregunto lo siguiente: ¿Puede la traducción, en tanto transmisión, ser entendida como lo que está ya de antemano tomado por la posición política? Dicho de otra manera y pensando en el cortocircuito de las agrupaciones que mencionas de Beatriz Sarlo: ¿podríamos entender que la traición es siempre partidaria y, por tanto, una forma solapada de la fidelidad? Por otro lado, ¿cómo logras pensar conceptos como los de duelo, melancolía, catástrofe sin dejar de pensar que dichas nociones —por co-pertenecer al ámbito de la experiencia— son del orden de lo intraducible. En una pregunta: ¿Qué lugar tiene lo intraducible en Traiciones de Walter Benjamin?

MV: Sí, la lectura de Benjamin en Chile es una lectura llevada adelante en tiempos de terror, en un Santiago de normalidad aparente y noches de toque de queda. No hay que olvidar que una de las primeras menciones de Benjamin se debe a Enrique Lihn. Final de pista, ese mítico catálogo sobre la pintura y la gráfica de Eugenio Dittborn, es del año 77. La cita de Benjamin no viene solo en apoyo de un principio de lectura disidente del arte en dictadura. Tras la estereotipa técnica, tras los motivos de la serialidad y el fascismo, la cita expone los procedimientos técnicos que dan a ver el cuerpo en pintura, o, si prefieres, cierta caída o sajadura del cuerpo expuesto en el uso dittborniano de la gráfica y la fotografía. Un año antes, en 1976, Ronald Kay había traído a la memoria de la filosofía “Las tareas del traductor” (así traduce Kay el título benjaminiano), en esa “nota del traductor” que antecede a su versión de El origen de la obra de arte, de Martin Heidegger.  Pienso que es necesario abrir o reanudar la lectura de estos dos textos tan extraños y próximos a la vez. La razón de ello no obedece a un exclusivo celo de precisión o gusto por la periodización histórica. Aquello que vuelve urgente estas lecturas es justamente el paso suspendido de la traducción que se anuncia o declara en pintura y literatura, en crítica y filosofía. De ahí la necesidad de examinar con detención esta compleja trama de textos, referencias y reenvíos. En este sentido, no se debe desestimar el hecho de que la firma de Benjamin en la institución universitaria ha estado mediada por la firma de Heidegger. Esta especie de mediación o contrafirma da cuenta del propio destino de la filosofía en Chile, de los procesos de modernización de la institución universitaria, y más allá, pero habría que detenerse, sin duda, en lo que pueda significar aquí este más allá, de cierto malestar en la lengua, en el cuerpo de una lengua llamada propia o materna. El lugar de Heidegger en esta historia no es ajeno al lugar que la lengua ocupa en ella. Ese lugar apenas ha sido entrevisto en esta especie de archivo estético, filosófico y literario en que se ha convertido la “recepción” de Benjamin. Como ves, como quizá ya presientes, lo que llamas la experiencia de lo intraducible está en el centro de estas cuestiones, que son a la vez cuestiones de duelo, melancolía y catástrofe. La misma expresión “monolingüismo sin reservas”, arriesgada en la Advertencia del libro, debe entenderse a modo de una confesión o remarca de estos problemas. La expresión es parasitaria, reúne en su encadenamiento registros y problemas sin duda diferentes. Y sin embargo, en su señalamiento expone una resistencia en y a la traducción que es una resistencia en y a la lengua. Resistencia que es suspensión o interrupción del trabajo de lo negativo, de ese trabajo de lo negativo que es la lengua y la historia. De igual modo, debe reconocerse en la traición una otra cripta para todas estas cuestiones. El modo de interrogar la lógica de la anteposición que da lugar a la traición, es un modo de interrogar un determinado concepto de lengua e historia. Ahora bien, ¿cómo hacerlo cuando aquello que se interroga es un concepto de traición a priori, una traición anterior a toda posición o posicionalidad, a toda experiencia, idioma, cultura o comunidad? Aquello que nombras como lo intraducible, como lo intraducible de la lengua, se expone aquí como caída en la traducción, como caída en la traducción que es caída en la lengua, como lo intraducible en la lengua, como una especie de traición originaria que priva a la lengua de su positividad y unidad, que la enseña expuesta sin reservas a su catástrofe o reversión originaria.