FUENTE: Presidencia de la República

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Las palabras tienen su terreno, que es sinuoso o inexacto, porque lo  reparten entre lo que ellas se dicen a sí mismas y los estados hacia los que  las lleva el uso. Bachelet tiene esta gracia, como nos mostró en la breve  alocución de  anoche, pues puede aceptar de un término su uso  naturalizado, sin discutirlo ni interceptarlo, confiando a la vez en que éste  pueda decir en secreto otra cosa. Es lo que quiso hacer empleando al  mismo tiempo las palabras “crecimiento” y “progreso”, por  mucho que haya pronunciado la segunda después de la  primera, dándole a ambas la misma pertinencia. El orden –como  se sabe- no es indistinto: “progreso” es un concepto que proviene de las  viejas arcas del jacobinismo, importa poco que envuelto con el tiempo en una rémora de conformismo o resignación, mientras que “crecimiento” es un concepto nuevo, que envuelve la vida cívica del país en un condicional económico, como antes la religión, de la que Marx dijo alguna vez con soltura que era “el suspiro de las criaturas agobiadas”.

Marx hablaba así, con esa clase de denuedo, cuando quería referirse a un mundo sin corazón, gobernado por leyes que los mismos economistas que las defendían no se tomaban el trabajo de explicar. Bachelet también intuye que la palabra “crecimiento” posee un trasfondo vago, pero se siente obligada a reconocerle su arista amenazante, que la lleva a evocarla sin pasión, como si el distraído telespectador no notara que la ha ubicado por delante del término “progreso”, dejando que esa tímida vacilación hable por ella. La vacilación la acompañó esta vez disculpándose ante sus compatriotas por “tomarles un rato de su tiempo”, vestida con un traje blanco y unas flores amarillas detrás, inofensivas, como un film en el que las pompas del poder se deshacen en una atmósfera inocua o desarmada.

Por ejemplo dijo “beca” y no se inmutó, pero tampoco se inmutó cuando dijo “gratuidad”, pese a que ambas palabras se rechazan mutuamente, como es ampliamente conocido y como los estudiantes no ignoran y reclaman

No parecía estar al tanto de lo que significa que una presidenta socialista pronuncie con desgano la noción de “crecimiento” y solo un rato después, para rememorar acaso en vano una vida animada anterior que para ella ya no existe, pronuncie la otra, “progreso”, un concepto que su boca ablanda o desvanece, compensando en el descenso la anterior, de modo que las dos nociones se emparejen en la falta de avidez o en la superficie de un candor desdichado. Es una manera rara de hablar, propia de quienes quieren expresarse comiéndose el sentido de lo que dicen.

También es una forma dramática de hablar, dividida, salvo por el detalle de que Bachelet da la impresión de tenerse en cuenta más a sí misma, su desdicha o incordio, que el destino civil del país. Hace poco me encontré con una entrevista al formidable cineasta egipcio Youssef Chahine en la que un periodista despistado le preguntaba por lo que implicaba para él hacer cine en el “tercer mundo”. Chahine se reía a carcajadas, le explicaba que el “tercer mundo” no existe, que es un invento de los nuevos países ricos y los indicadores económicos, que si era por eso su pueblo, el egipcio, estaba a los inicios de la civilización, motivo por el que cuando uno entraba a una casa, por muy pobre que fuera, si los huéspedes no tenían nada le pedían una hogaza de pan al vecino y convidaban, mientras que en la mayoría de los países que se creen del “primer mundo” uno puede caer muerto en la calle a plena luz del día sin que a nadie le importe en lo más mínimo.

Es la tarea más elemental de la política, que Chahine extrema con pericia y Bachelet al parecer desconoce: torcer el destino de un vocablo, abrir diques en su interior o desviarlo, sembrar una suspicacia o devolverlo a su falta de cimientos, a título de que le faltaba su respaldo o su soporte. Bachelet a esos vocablos en cambio los empareja o los empata, dejando que “crecimiento” y “progreso” de desvalijen mutuamente, como “beca” y “gratuidad” en la educación, como si el concepto de lo público se dirimiera en las punzadas creativas que cada uno de los términos le impondrá a futuro al otro.

Por ejemplo dijo “beca” y no se inmutó, pero tampoco se inmutó cuando dijo “gratuidad”, pese a que ambas palabras se rechazan mutuamente, como es ampliamente conocido y como los estudiantes no ignoran y reclaman. Las señas de austeridad que menciona, no está claro a quién se las brinda, así como no está claro si el estado seguirá subvencionando a las instituciones privadas o tomará en serio a las que son o debieran ser suyas, o así como no está claro si la enumeración de terremotos, erupciones, incendios y catástrofes en general operarán como un compromiso de la vida en común o serán útiles para que el estado siga traicionando lo común a título de subvencionar la inversión de los mismos que a esas catástrofes, en parte, las causan.

Decir que “sin crecimiento no hay causas durables” es otra forma de no decir nada o decir muy poco, puesto que una “causa durable” no se impone solo a partir de quienes definen su riqueza a costa de promover la desigualdad; también se define por la capacidad de los “desiguales” para interrumpir la arbitrariedad de quienes imponen su riqueza.