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Hasta los más ateos podemos reconocer que existen ciertos lugares del mundo cargados con cierta espiritualidad. El espíritu de algo que viene cargado ronda por el aire de algunas ciudades, quizá el demonio de la historia, que sentimos como el peso de una enorme espada que cargada contra nuestra espalda nos ha obligado a avanzar por el destino.

Nuestro nacimiento sólo es parte de ese camino que la guerra entre los hombres ha sabido resguardar quizá por si hacen falta más peones en el gran ejército del destino. Pero miramos hacia atrás y vemos la forma del drama proyectado hacia nosotros, con una continuidad lógica. Tal vez el irreparable carácter asertivo de la lengua [1], que sólo opone un “no” cuando éste se encadena bien con la lógica de los vencedores, nos impide ver de otra manera, pensar sin la trama dramática y separarse del binarismo de las identidades. Decir que no no como un opuesto a sí, sino de una forma abierta, que conserve el sí como posibilidad [2], es lo más difícil de una época en la que todo busca la coherencia que construye el imaginario patrimonio cultural [3].

¿Puede haber algo más cargado de este espíritu que Jerusalén, la ciudad en la que está el Muro de los lamentos, el Santo Sepulcro y la Mezquita de Al Aqsa? Pareciera que sobre Jerusalén se cierne como en ningún otro caso el destino miserable de aquellos lugares donde el espíritu del patrimonio decide instalarse. Lugar de paso entre África, Asia y Europa, jamás capital de ningún imperio, habitada por la mezcla permanente, por la imposibilidad de los binarismos raciales, podría ser perfectamente el paradigma de lo inapropiable.

Pero esa extrema fluidez de Jerusalén crea la rabia desenfrenada del pensamiento museístico de los modernos. Allí más que en ningún otro lugar hay que actuar, porque esa ciudad, que la imaginación medieval condenó a ser el centro del universo, no podía ser representada a partir del caos y la movilidad. En tanto espejo del cielo en la tierra Jerusalén está ya entregada al poder teológico-político. Allí los sionistas soñaron una capital indivisible, porque lo divisible, lo que se separa y rehuye de las manos de los vencedores es siempre la amenaza más grande que el poder teme. Allí hay que judaizar, expulsar a los palestinos, a los que no pertenecen al pueblo elegido, a los nuevos judíos que el sionismo logró crear.

Consumación de la modernidad, Jerusalén ya no puede ser la ciudad de Dios, sino el museo de Dios. En ella se excava para encontrar el punto de origen de una alianza milenaria, con el solo afán de demostrar que allí los judíos vivieron primero y con ello legitimar la existencia del Estado de Israel. Como si los palestinos no fueran los descendientes de los antiguos judíos, griegos, romanos y árabes, es decir, los hijos del flujo migratorio, de las oleadas de migrantes que llegaron a ese lugar. Como si el flujo humano no tuviera también miles de años, como si hubiese un pedazo de tierra posible de adjudicar a un cuerpo, a un pueblo determinado y no a su uso, a su habitar.

muro de los lamentos

Una encuesta interesante. La mayoría de los palestinos que viven en Cisjordania y Gaza prefieren la solución de un Estado [4]. Allí, entre los perseguidos, desplazados y ocupados militarmente pervive la posibilidad de vivir con dignidad como principio. Dos Estados significa fundamentalmente el corte territorial, la fragmentación que no hace fluir, sino que protege la unidad, la indivisibilidad. Es una división paradójica, por cierto, porque con ella lo que se logra es la perpetuación de la ficción del uno por sobre lo múltiple. Aquello se explica, sin embargo, porque el dos nunca nos hace salir realmente del uno. Dos indica la relación de antagonismo, de la soberanía. Donde hay dos hay enemigos. Habría que recurrir a un tercero para hacer aparecer lo múltiple, lo difuso de la identidad y la evidente necesidad de convivir en vez de exterminar.

Jerusalén se transporta a Europa, porque fue allí donde se le dio el sitial de centro del universo. Hoy no es otra cosa que el ejemplo extremo de la fortificación de las ciudades, de la intransigencia militar, de los discursos xenófobos. Los refugiados árabes y kurdos que llegan a las costas europeas se encuentran entre los mismos muros que los palestinos tienen frente a sí en Cisjordania y Gaza. Son ellos los despojados de una vida cualitativamente incluida, quedando a expensas -totalmente desnudos- del poder. Quizá llegará el día en que los muros no sean la tendencia. En que caigan todos juntos y el humano se reconozca en su flujo infinito. Hasta entonces, Jerusalén seguirá siendo declarada indivisible y la vida continuará siendo mera vida y no vida justa.

NOTAS

[1] Cf. Barthes, R., Lo neutro, Siglo XXI editores, pp. 94-95.
[2] Pienso en el concepto de potencia-de-no de Giorgio Agamben.
[3] Pienso en Walter Benjamin y sus Tesis sobre el concepto de historia.
[4] Haaretz. URL: http://www.haaretz.com/news/diplomacy-defense/1.677005