Mis manos no quisieron escribir / las palabras

de un profesor viejo. // Mi mano se negó a escribir /

aquello que no me pertenecía. / Me dijo:

“debes ser el silencio que nace”. // Mi mano /

me dijo que el mundo / no se podía escribir.[1]

Leonel Lienlaf Kuwü ñi Aukan

mapuche_bandera

Primeras aseveraciones.

Cuando hablo de memoria indígena desde la perspectiva de la etnohistoria, realizada por indígenas, que no es lo mismo que la realizada por otros profesionales de la ciencias sociales, sin duda es que lo hago desde el rechazo al  etnocentrismo europeo y a la tutela económica de los Estados Unidos de Norteamérica, que han deformado la manera en que pensamos y reconstruimos el pasado de los Pueblos Indígenas. Provocando con ello que la construcción del futuro aun no sea posible. Bajo esta perspectiva que algunos autores denominan como “la visión Hegemónica”[2] nos acercamos al pasado a través de los textos, pero como lucidamente Enrique Florescano nos indica, esta manera o método:

“Ocultó el hecho de que en la tradición mesoamericana el lenguaje escrito nunca fue el más popular o el mejor difundido, aun cuando sí jugó el papel de organizador de los mensajes transmitidos por los otros medios de comunicación” [3] .

Porque si observamos con detención y desde fuera de la mirada que nos impone lo hegemónico podemos estar de acuerdo en que la memoria indígena no es individual, es colectiva y es en esta definición en donde encontramos el relato  de los hechos significativos de cada pueblo o nación indígena.

Dejando fuera de los estudios sociales todo lo relacionado al lenguaje corporal, la oralidad, las imágenes, el estudio de los sueños, la música, el baile, en fin un importante número de manifestaciones que conforman en mi opinión la memoria indígena. Porque si observamos con detención y desde fuera de la mirada que nos impone lo hegemónico podemos estar de acuerdo en que la memoria indígena no es individual, es colectiva y es en esta definición en donde encontramos el relato (como genérico pues carecemos de una mejor categoría que dé cuenta de este fenómeno) de los hechos significativos de cada pueblo o nación indígena. Porque lo que está en juego no es enaltecer al héroe, al dirigente, al poderoso, al vencedor. Nótese que todas estas categorías son masculinas, ¿la razón? Es porque las mujeres no son parte de la historiografía, entendiendo esta disciplina como lo oficial, lo aprendido en el texto escolar, en los medio masivo de comunicación, en fin en la historia relatada desde el poder. Pero como esta aseveración es parte de otro artículo, espero que así sea, es que la enuncio para retomar el punto que origina esta reflexión en compañía. Repito lo que está en juego no es en singular sino en plural, es decir es colectivo. Pues es la sobrevivencia del pueblo o la nación lo que se juega cada vez que se pone en funcionamiento. Y qué duda cabe que este juego de supervivencia se acentuó desde el momento en que América sus habitantes, sus lenguas, sus dioses, sus geografía, su flora y fauna fue encubierta, silenciada, acallada, ocultada, negada, asesinada, olvidada por un sinnúmero de significados ajenos que nos remiten a otras lenguas, a otros dioses, a otros tiempos, a otra historia.

Un Marco Teórico, para los incrédulos

En ámbito latinoamericano Germán Colmenares y su obra Convenciones contra la Cultura[4] destaca por su innovadora propuesta en relación a las historias nacionales de México Bolivia, Argentina, Chile Venezuela, Ecuador y Colombia además porque va más allá de las tradicional pregunta cómo y para que debe escribirse la historia. Colmenares invita a discutir acerca del significado de un conocimiento fuera de los círculos académicos. Convenciones en contra de la Cultura se resuelve en términos de cultura y sociedad y de su lectura se desprende la tensión entre la antigua y la nueva historia hispanoamericana. Colmenares centra su discurso en dos argumentos centrales, el primero, su afirmación acerca que las historias hispanoamericanas del siglo XIX antes que cultura son convenciones en su contra y el segundo que la historia hispanoamericana del siglo XIX se limitó a copiar modelos exóticos de interpretación. La fuerza de sus argumentos radica en que sitúa a la historia como instancia escrita perfectible poblada de interpretaciones elitistas, racistas y por decirlo menos, interesadas. Estas historias nos guste o no constituyen la viga maestra de la cultura letrada hispanoamericana. Por ello el llamado a conocerlas y estudiarlas para poder plantear una nueva historiografía.

Respecto de lo anterior esencial resulta el aporte de Florencia Mallon[5] y su intento por acceder a las voces locales ya que a través de su esfuerzo metodológico es que podemos reconocer que en nuestro intento no está ni la voz ni la escritura del subalterno, tan sólo está mi voz y mi escritura.

Por tanto y con la intensión de volcar la mirada hacia los indígenas es que un destacado historiador chileno nos ayudará a revelar importantes pistas sobre el proceso de construcción de la identidad nacional y del papel del indio en este imaginario. Según Jorge Pinto[6], en Chile la ideología de la ocupación y el anti-indigenismo supuso entre otros temas, el sustento de una teoría de la raza inferior que señala que los mapuche eran una horda de salvajes a los que había que someter en beneficio de todos:

 “Los Hombres no nacieron para vivir inútilmente y como los animales selváticos, sin provecho del género humano; y una asociación de bárbaros, tan bárbaros como los pampas o como los araucanos, no es más que una horda de fieras, que es urgente encadenar o destruir en el interés de la humanidad y en bien de la civilización” [7].

Pinto sostiene que al momento de proponer una identidad, nuestros intelectuales y grupos dirigentes utilizaron al indio como un referente de lo que no querían ser. En 1868 el intendente de Santiago Benjamín Vicuña Mackenna sostenía:

No eran sino unos brutos indomables, enemigos de la civilización, porque sólo adoran los vicios en que viven sumergido, la ociosidad, la embriaguez, la mentira, la traición i todo ese conjunto de abominaciones que constituyen la vida salvaje”  [8].

Pinto nos indica que discursos como los señalados realizados por un diputado e historiador como lo fue Vicuña Mackenna lo que buscaban, no era otra cosa que desprenderse de una de las bases de la identidad chilena con la cual no sentía ninguna afinidad. Para ello creó un retrato del otro que más que responder a la imagen real del indígena del siglo XIX respondía a la justificación del accionar político del sector social al que el Intendente de Santiago representaba[9]. Lamentablemente para los que levantaron sus voces en contra del atropello permanente al cual estaban sujetos los indígenas, la década de los setenta del siglo XIX aportó una de las páginas más crueles de la historia de Chile, la ocupación de la Araucanía[10] .

En la historia latinoamericana ha sido recurrente presentar los hechos históricos más significativos secuencialmente, de manera que lo importante no es la naturaleza cultural de los hechos ni menos sus protagonistas. La construcción lineal de este tipo de historia es aquella que prepara el escenario para el establecimiento del Estado Nación y su ideología de indisolubilidad. Foucault[11] nos señaló que cuando la historia se levanta al servicio de lo que sucede es que se disuelve el análisis de los acontecimientos en una continuidad lineal al movimiento teleológico o de encadenamiento natural. En este escenario cabe la posibilidad de entender la actual presencia de los Pueblos Indígenas como testarudeses de un sector minoritario de la sociedad chilena.

De esta forma, y con el aporte de Walter Benjamín[12] intentaremos dar cuenta del pasado ausente, aquel que inaugura la historia al momento de ser declarado vencido. De esta manera se apela a la memoria pues a la distancia y a la luz de la re lectura de los textos, es que nos cuestionamos acerca del pasado silenciado, aquel que fue y que ya no es, a causa de la historia. Por ello es importante detenerse en el pasado ausente del presente y atender a los protagonistas en su afán de reparación por la violenta frustración de sus proyectos de vida. Así se pone atención en aquellos hechos, discursos y relatos que desecha la historia y sus historiadores. Desde este punto se sitúa entonces la re-lectura de los textos, desde la interrogación a lo fáctico o a lo dado por hecho, ya sea por razones religiosas, ideológicas o historiográficas.

Así, daremos cuenta de aquellas razones que, al entendimiento de Benjamín, se denominan como un estado permanente de excepción en la historia. Ya que en el contexto de la historiografía nacional los momentos negativos o vergonzosos en la relación con los indígenas chilenos han sido relativizados en pro del precio que se paga por el progreso, por el nacimiento de la república o por el mantenimiento del orden. Si la excepción es permanente, metodológicamente entonces es pertinente analizarla, develarla pues el olvido ha dejado de ser un componente implícito para convertirse en epicentro de un proyecto político en donde los indígenas chilenos no tienen cabida, el proyecto de una nación unificada y homogénea[13].

Un Marcos para los creyentes

Parafraseando a Marcos o mejor dicho a Galeano, aquí hago un alto para metodológicamente explicar porque es pertinente, a propósito de la memoria la siguiente historia.

El 3 de mayo del 2014 muere el maestro indígena (profesor) José Luis Solís López, alias Galeano. Muere en la Realidad, Chiapas a manos de fuerzas paramilitares .

 “Lo mataron sin disputa ni motivo previos, alevosamente, así nomás por matar y hacer saber que, en esta guerra sucia de muertes, asesinatos, secuestros y desapariciones que vivimos en México, también van a matar allá en La Realidad, corazón del territorio autónomo zapatista”.[14]

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Impactado por la muerte de su compañero y por la violencia con que actuaron los paramilitares, es que el sub comandante Marcos o Rafael Sebastián Guillén Vicente para el gobierno mexicano, ex estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México. Decide morir pues.

“Pensamos que es necesario que uno de nosotros muera para que Galeano viva”,[15]

Es decir cedo mi lugar para que el que ha sido silenciado pueda seguir viviendo a sabiendas, tal vez que yo ya no tengo nada más que decir, que escribir, que pensar. Ingenuamente con la creencia que la muerte no se dará por enterada. En fin de una manera más bella nos explica este acto de memoria la siguiente cita:

“La desaparición pública del subcomandante Marcos, su muerte ritual y su transformación en el subcomandante Galeano, son un homenaje conmovedor a su compañero asesinado por los paramilitares de la CIOAC-H como parte de la guerra del Estado contra el zapatismo y los pueblos indios. Frente a una izquierda que vergonzosamente ha condenado al olvido a sus muertos y desaparecidos, los rebeldes burlan a la muerte haciendo vivir la memoria de su difunto. Como toda ceremonia del adiós verdadera, ésta es también un compromiso por la vida.”[16]

Pero volvamos a Marcos o mejor dicho a Galeano. El 18 de enero de 1994, el subcomandante Marcos escribió desde La Selva Lacandona, Chiapas en México, una carta dónde respondía a la “amnistía general” ofrecida por el gobierno federal a todos aquellos que participaron en los hechos de violencia, entre el 1 de enero de 1994 hasta las 11 horas del 16 de enero”. En esa carta Marcos relataba, entre varios temas, quién debía pedir perdón. De sus líneas se desprende algo más que una postura ideológica. Citaré sólo algunos párrafos para no abusar de su paciencia:

“Hasta el día de hoy, 18 de enero de 1994, sólo hemos tenido conocimiento de la formalización del “perdón” que ofrece el gobierno federal a nuestras fuerzas. ¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? ¿De no morirnos de hambre? ¿De no callarnos en nuestra miseria? ¿De no haber aceptado humildemente la gigantesca carga histórica de desprecio y abandono? (…) ¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? ¿Los que, durante años y años, se sentaron ante una mesa llena y se saciaron mientras con nosotros se sentaba la muerte, tan cotidiana, tan nuestra que acabamos por dejar de tenerle miedo? (…) ¿Nuestros muertos, tan mayoritariamente muertos, tan democráticamente muertos de pena porque nadie hacía nada, porque todos los muertos, nuestros muertos, se iban así nomás, sin que nadie llevara la cuenta,(…) ¿Los que nos negaron el derecho y don de nuestras gentes de gobernar y gobernarnos? ¿Los que negaron el respeto a nuestra costumbre, a nuestro color, a nuestra lengua? ¿Los que nos tratan como extranjero en nuestra propia tierra (…)

¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? [17]

Es aquí entonces y con el permiso de Marcos que introduzco algunas variantes para preguntarme y preguntarles ¿quién tiene que mantener la memoria y quien administrarla?;

¿La presidenta de la república? ¿Los ministros de estado? ¿Los senadores? ¿Los diputados? ¿Los intendentes? ¿Los alcaldes? ¿Carabineros de Chile? ¿Las Fuerzas Armadas? ¿Los dueños  de los bancos, de las industrias, del rentail y la tierra? ¿Los partidos políticos? ¿Las Universidades? ¿Los intelectuales? ¿La Biblioteca Nacional? ¿El Consejo Nacional de la Cultura y las Artes? ¿CONADI? ¿Los medios de comunicación? ¿Los estudiantes? ¿Los profesores? ¿Los profesionales? ¿Los obreros? ¿Los campesinos? ¿Las mujeres? ¿Los afrodescendientes? ¿Los Inmigrantes? ¿Los indígenas? ¿Los olvidados, intencionalmente olvidados? ¿Los muertos?

De esta manera entonces la memoria indígena se refugia y se hace fuerte en los espacios del silencio, lejos de la mirada de la historiografía. Las instituciones. Las universidades y sus investigadores. Como afirmado con esta actitud que es libre y que se niega  a ser escrita por el poder, desde el púlpito y desde aquellas/os que escriben desde una verdad. Una verdad sostenida en la autoridad de lo que representan, es decir a muy pocos. Lo anterior nos permite entonces imaginar que la memoria indígena cumple con la necesaria tarea de ser el contraveneno de.

La no / justicia en el caso Matías Catrileo 

catrileo

“Mientras haya impunidad no puede haber paz. Este es un caso y es un mínimo de lo justo. Esperamos en realidad que lo conviertan en política de Estado. Que sancionen, efectivamente, cada vez que haya abuso de violencia policial en La Araucanía y en cualquier parte, porque si eso se convierte en política de Estado, podría tener un poco de sentido”. [1]

 

Del desconocimiento: El historiador Sergio  Villalobos 

villalobos

“Un grupo de cinco agrupaciones de recalcitrantes (mapuche) al conocer la carta del historiador entablaron una demanda por injurias. Demanda que el 25 de septiembre del 2001 en opinión del 33 juzgado del crimen de Santiago “consideró  que la reproducción de los dichos de Villalobos en los medios de comunicación “no importan un menoscabo a la honra ni un descrédito de la etnia representada por los querellantes, sino a un análisis histórico en que no se evidencia ánimo de injurias ni animadversión en contra de un grupo social u originario alguno”, razón por la cual no se configura el delito de injurias”.[1]

De la omisión:  El escritor y ex Ministro de Cultura Roberto Ampuero 

consejo cultura

“Seriamos un país muy distinto, muy diferente a lo que somos, si hubiéramos estado conformados exclusivamente por los pueblos originarios”. [1]

Del olvido: José Huenante 

jose huenante

“Pobre, mapuche y sin escolaridad, pareciera ser que cumple con las características para que su caso pase al olvido por parte del Estado”. [1]

La memoria indígena no solo entonces es contraria a la palabra escrita sino a todos los usos del poder que esta permite. La memoria indígena habita entonces en cada uno de los habitantes de los Pueblos que desde su posición de marginado revierte el orden temporal del poder para desde una posición privilegiada, en la seguridad de su hogar, su familia, sus afectos, rompe el silencio para contar, relatar, compartir, transmitir, heredar, perpetuar lo que considera ser digno de recordar.

Referencias

[1] Damaris Torres C. “El caso de José Huenante ilustra lo peor de nuestro país”, Diario U deChile, .viernes 8 de noviembre 2013. <http://radio.uchile.cl/2013/11/08/el-caso-de-jose-huenante-ilustra-lo-peor-de-nuestro-pais > (acceso septiembre del 2015)

[1] Roberto Ampuero. Ministro de Cultura del Gobierno de Chile. “Sesión de Comisión Cultura y de las Artes”, miércoles 18 de diciembre de 2013. Congreso de Chile, video, 53: 00_53: 06, “Cámara de Diputados de Chile, Canal de Televisión”, 18 de diciembre de 2013,

<http://www.cdtv.cl/sesion_sala.aspx> (acceso septiembre del 2015)

[1] El Mercurio, “Fallo favorable a historiador Villalobos”, nacional, Martes 25 de Septiembre de 2001. <http://diario.elmercurio.cl/detalle/index.asp?id={c0733c92-fc18-424b-9f69-06e648852f9d}> (acceso septiembre del 2015)

[1] Gabriel Angulo Cáceres. “Madre de Matías Catrileo sobre baja de carabinero que mató a su hijo: “Mientras haya impunidad no puede haber paz”. El Mostrador. 18 de enero 2013. <http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2013/01/18/madre-de-matias-catrileo-sobre-baja-de-carabinero-que-mato-a-su-hijo-mientras-haya-impunidad-no-puede-haber-paz/> (acceso septiembre del 2015)

[1] Leonel, Lienlaf. Se ha despertado el ave de mi corazón. (Santiago: Universitaria 1990)

[2] Luciano Gruppi, El concepto de Hegemonía en Gramsci (México: Ediciones de Cultura Popular 1978)

[3] Enrique Florescano, Memoria indígena (México D.F;México; Alfaguarra 1999), 14

[4] Germán Colmenares, Las Convenciones contra la cultura. Ensayos sobre la historiografía del siglo XIX. (Santiago de Chile: Centro de Investigaciones Barros Arana, 2006)

[5] Florencia E. Mallón, Campesino y nación: la construcción de México y Perú poscoloniales (México D.F: CIESAS, 2003)

[6] Jorge Pinto, “Del Antiindigenismo al Proindigenismo en Chile en el Siglo XIX”, en Del  Discurso Colonial al Protoindigenismo, Jorge Pinto (Temuco: UFRO, 1998), 85-117

[7] El Mercurio “La civilización y la barbarie”, 25 de Junio de 1859, citado por Jorge Pinto “Del Discurso Colonial al Proindigenismo”, en Del Discurso Colonial al Protoindigenismo, Jorge Pinto. (Temuco: UFRO, 1998), 90

[8] Benjamín Vicuña Mackenna, La conquista de Arauco, Discurso Pronunciado en la Cámara de Diputados en su sesión de 10 de Agosto (Santiago, Imprenta El Ferrocarril, 1868), 7

[9] Soledad Martín. “Los mapuches y la nación: la urgencia de repensar el problema de la exclusión a través de la deconstrucción del discurso de B. Vicuña Mackenna y N. Palacios”, en:<http://www.udp.cl/descargas/facultades_carreras/historia/revista/soledadmartin_1.pdf> (acceso septiembre del 2015)

[10] José Bengoa, Historia del Pueblo Mapuche siglos XIX y XX (Santiago de Chile: LOM, 2000)

[11] Michel Foucault, Microfísica del Poder (Madrid: Editorial. La Piqueta, 1992)

[12] Walter Benjamín, Tesis sobre la Historia y otros Fragmentos, Tesis IX, Bolívar Echeverría. Traductor, (México D.F: Editorial Contrahistorias, 2005), 24.

[13] Claudio Millacura Salas. Acerca de lo Contemporáneo de un Viejo Discurso.  Tesis para optar al grado de Doctor en Historia Mención Etnohistoria, Universidad de Chile, Santiago de Chile, 2011

[14] Adolfo Gilly. Mataron a Galeano, el zapatista, La Jornada, Política, viernes 23 de mayo 2014. <http://www.jornada.unam.mx/2014/05/23/politica/013a1pol> (acceso septiembre del 2015)

[15] El Mundo, “Marcos, el personaje, ya no era necesario”. El Mundo. Internacional, México 26 de mayo 2015.< http://www.elmundo.es/america/2014/05/26/5382554122601d97298b456b.html> (acceso septiembre del 2015)

[16]  Luis Hernández Navarro. La ceremonia del adiós del sub Marcos, La jornada,  Opinión. Martes 27 de mayo 2014.<http://www.jornada.unam.mx/2014/05/27/opinion/018a1pol>(acceso septiembre del 2015)

[17] Aristegui Noticias, “¿De qué nos van a perdonar?”: Subcomandante Marcos en 1994 <http://aristeguinoticias.com/3012/mexico/de-que-nos-van-a-perdonar-subcomandante-marcos-en-1994/> (acceso septiembre del 2015)