estado plurinacionalEstados existen desde que el ser humano dejó las bandas familiares, para formar agrupaciones mayores. De esa forma, y más allá del individuo y la familia, los seres humanos pudieron enfrentar retos mayores de sobrevivencia, competencia con otros seres en la naturaleza, y seguridad. La agricultura, con la producción de alimentos en excedente, creó las condiciones para asentamientos humanos estables, que requirieron liderazgos más sofisticados, reglas de convivencia social más rigurosas, y consensos organizativos más complejos. Surgieron, de ese modo, las bases para la emergencia de los primeros grandes Estados, como Egipto tres mil años antes de nuestra era.

De acuerdo a los diversos contextos históricos y culturales a los que ha servido, el Estado tomó diversas formas hasta nuestros días. Chile es heredero de una forma de Estado más o menos reciente, lo que algunos llaman: “Estado moderno”. Ese modelo de Estado está asociado a la creación de repúblicas desde la segunda mitad del siglo XVIII (EE.UU. y Francia). Pero esa forma de Estado no es única. Convive con otras como el Estado Islámico o confesional, guiado por la “Sharia”. Las sociedades indígenas poseían sus formas sui generis de organización estatal, que fueron quebrantadas por la colonización, que busca integrarlos como individuos. El Estado moderno, a ojos de las ciencias políticas también puede ser llamado modelo “occidental” de Estado.

El Estado occidental o moderno se impuso en el paisaje político europeo y americano durante los siglos XIX y XX, de la mano de la extinción de reinados e imperios y del imperialismo y la colonización de todos los continentes. Las formas de ordenarse que tomó el Estado occidental devienen de esos episodios. En algunos casos se organizó en forma federativa: EE.UU.; mientras en otros de forma unitaria: Francia. Sectores de las elites políticas e intelectuales chilenas que se sintieron atraídas por esta segunda tradición, la impusieron al país a cuchillo, fijándola –postulan algunos- en las “costumbres” (idiosincrasia) del país (en realidad costumbres de elites nacionalistas que creían en esa forma de Estado).

Y es que la adopción de un modelo de organización estatal está lejos de ser un proceso de elección “racional”, sino también concurren a él elementos emocionales y evaluativos (costo-beneficio). En quienes toman decisiones hay ideas-adhesiones gravitando. El nacionalismo es una de ellas (entendido como reflexiones, creencias, presunciones acerca de la nación y el Estado tomadas a priori y por garantía). La ideología nacionalista se desarrolla en forma paralela al desarrollo del Estado occidental y a la idea de nación; preconizando que a cada nación corresponde un Estado y a cada Estado una nación (ver al gran nacionalista Guiseppe Mazzini, 1805-1872). Desde el siglo XIX y hasta el presente el Estado ha sido concebido de forma uninacional y monocultural, como: el “Estado-nación”.

En Chile el nacionalismo dominante en la elites políticas e intelectuales negó la diversidad etnonacional, cultural, lingüística; para imponer un proyecto de nación estatal en el cual habría solo una lengua oficial: el castellano; una única cultura oficial: hispano-europea, una única historia estatonacional: la historia oficial anclada en las experiencias de los grupos colonizadores.

La idea de Estado-nación se adaptó a los ambientes estatonacionales de cada país (excolonias) en forma más /menos diferenciada. En Chile el nacionalismo dominante en la elites políticas e intelectuales acogió la fórmula negando la diversidad etnonacional, cultural, lingüística; para imponer un proyecto de nación estatal en el cual habría solo una lengua oficial: el castellano; una única cultura oficial: hispano-europea, una única historia estatonacional: la historia oficial anclada en las experiencias de los grupos colonizadores. Desde el Estado las élites políticas chilenas crearon la presente nación estatal (Mario Góngora, 1981 –premio nacional de historia), excluyendo a los pueblos o naciones indígenas (Jorge Pinto, 2000 –premio nacional de historia). El racismo fue un ingrediente que alimentó ese nacionalismo y su proyecto de construcción de la nación estatal. Desde ese atalaya las poblaciones indígenas fueron construidas en el discurso como “salvajes”.

¿Existe el salvaje o el “indio” más allá del imaginario racista de élites políticas e intelectuales nacionalistas excluyentes? ¡NO! Existen pueblos específicos con nombres propios claros: mapuche, aymaras, rapanuis, etc. Existen culturas específicas: kawaskar, yamanas, kichwas, etc. Existen nacionalidades con historias particulares: shelman, diaguitas, atacameños. Existen naciones con formas de organización sui generis. No existe ni el ser ni las colectividades humanas fuera de la cultura ni de la historia en la historia humana. Reconocer esto en relación con los pueblos indígenas, es uno de los grandes retos del presente para las elites nacionalistas estatales, y uno de los grandes pasos a dar en términos de reconocer los derechos de los pueblos indígenas como colectividades o naciones, a participar de la construcción de un Estado diferente, inclusivo, tolerante y democrático.

La tarea más grande que enfrentan las élites políticas e intelectuales chilenas y su modelo de Estado excluyente presente, es separar la cultura-dominante del Estado, del mismo modo en que se separó a la Iglesia del Estado a fines del siglo XIX. Los chilenos, desde el Estado, deben ser vistos y asumidos como una etnia o nación más (la etnia o la nación estatal), en un concierto de pueblos y naciones varios, que conforman un nuevo Estado plurinacional, multicultural, poli lingüista. El país en su conjunto debe avanzar a reconocer la plurinacionalidad de hecho del presente (pluralidad etnonacional) en el derecho estatonacional; dejando de abanderarse con la cultura de la nación estatal dominante como ha ocurrido hasta ahora, abriemdo cause a un nuevo país unido en la diversidad.

Si se desea construir un proyecto de sociedad estatal común y en paz para todos, abrirse al respeto al “otro”, la tolerancia y la etnodemocracia es la clave, pues genera condiciones para que opere una integración por voluntad y sin coerción como hasta ahora. Caso contrario, cada generación de aquellos negados, abusados, segregados y discriminados continuarán rebelándose. En esas condiciones no cuajará nunca el proyecto de construcción de una nación estatal única: el Estado-nación (que además nunca debería cuajar). Dicho proyecto estará siempre siendo impugnada por las nacionalidades sometidas. El Derecho Internacional está de lado de esas nacionalidades, promoviendo el derecho a la autodeterminación de los pueblos a través de C169 (1989) y la Declaración ONU sobre derecho de los pueblos indígenas (2007).

Urge que el país de pasos hacia modificar la Constitución del país, abriéndose al multiculturalismo. El Estado debe reconocerse como un Estado de múltiples naciones, lenguas, culturas, e historias que desean en unidad y con respeto a sus diferencias, marchar unidos (siguiendo el derrotero de España, Ecuador, Bolivia…). Este nuevo marco de ideas permitirá nuevas condiciones para que regiones multiétnicas resuelvan de mejor manera las diferencias, favoreciendo los procesos descentralizadores y una democracia incluyente de las diferencias étnicas. De esa manera podría quedar atrás el anacronismo de pensar que los pueblos o naciones indígenas no llegaron en la escala arbitraria del progreso, diseñada por “otros” para mantener sus conquistas y privilegios, a construir Estados occidentales (como si la única forma de vivir vidas organizadas fuera el Estado occidental). Un mito nacionalista contemporáneo con tufillo fascistoide.