dictadura de Franco 1

Han pasado tres cuartos de siglo desde que finalizó la guerra de España, la que la Iglesia Católica bendijo, apoyó y llamó Cruzada; uno de los mayores dramas humanitarios del siglo XX europeo, una contienda que no desmerece el calificativo de holocausto, como la llamó el historiador británico Paul Preston.

Miles de muertos, desparecidos, encarcelados, torturados, exiliados y una represión que se mantuvo durante décadas por los vencedores de la contienda, y el PP es todavía hoy incapaz de sentir compasión por las víctimas de aquella guerra y posterior dictadura. No es que ni siquiera albergan una brizna de piedad por los vencidos, sino que se siguen mofando del dolor de las víctimas y de sus familias. Como herederos directos de aquellos que anegaron España de sangre, dolor y lágrimas, muchos de ellos se sienten todavía vencedores y riñen a los vencidos y a sus familiares por obstinarse [sic] en mirar hacia el pasado; persisten en la humillación de las víctimas y no se contienen ni siquiera en sede parlamentaria cada vez que la ocasión les lleva a ello.

Miles de muertos, desparecidos, encarcelados, torturados, exiliados y una represión que se mantuvo durante décadas por los vencedores de la contienda, y el PP es todavía hoy incapaz de sentir compasión por las víctimas de aquella guerra y posterior dictadura.

El último en sumarse al escarnio ha sido José Joaquín Peñarrubia, senador por Murcia, quien, en un debate reciente en la Comisión de Presupuestos de la Cámara Alta, ha mantenido la negativa de su partido a conceder fondos para la recuperación de la memoria de las víctimas de la guerra y la dictadura, y ha rechazado dotar de financiación para las exhumaciones de los restos mortales de republicanos sepultados en fosas repartidas por todo el territorio español. Los argumentos de Peñarrubia fueron tan falsos como ofensivos. Afirmó que no hay demanda real de nadie que desee buscar a los suyos, que el debate ya es “cansino” y que “no hay más fosas” que encontrar y abrir. El senador del PP pidió a quienes se le oponían, literalmente, que “no den la murga” con este asunto.

No es nueva la posición de los dirigentes del Partido Popular. En el debate sobre la Ley de la Memoria Histórica [2007], Jaime Mayor Oreja, defendió la “extraordinaria placidez” del franquismo, al tiempo que se preguntaba en voz alta: “¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias que lo vivieron con naturalidad y normalidad?”. Más recientemente, el portavoz en el Congreso Rafael Hernando afirmó en un debate televisivo que “algunos se han acordado de su padre cuando había subvenciones para encontrarlo”, en referencia a las fosas del franquismo. El joven Pablo Casado, que ha sido recientemente ascendido en la jerarquía del partido como prometedor dirigente, adquirió popularidad entre los suyos tiempo atrás, cuando en un mitin del PP dijo que las gentes de izquierda “están todo el día con la guerra del abuelo, con las fosas de no sé quién, con la memoria histórica”.

 El negacionismo hiriente del PP entra en contradicción no solo con la posición documentada que sustenta la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), que habla de más de ciento catorce mil víctimas de la represión franquista todavía hoy desaparecidas. El Partido Popular hace caso omiso, igualmente, de los informes de Amnistía Internacional (AI), como el titulado “El tiempo pasa, la impunidad permanece“, publicado en 2013. En su presentación,  el director de AI España, Esteban Beltrán, aseguró que “en España está garantizada la impunidad” de los crímenes del franquismo.

El PP hace oídos sordos a la mismísima Organización de Naciones Unidas (ONU). En un informe hecho público a mediados de 2014, Pablo de Greiff, relator especial del organismo, resumió las medidas adoptadas por el Gobierno español frente a las graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante la Guerra Civil y la dictadura franquista. Su conclusión principal fue que el gobierno de Mariano Rajoy hace poco y mal por la búsqueda de la verdad y la justicia sobre estos hechos, y por la reparación a las víctimas. Para el relator de la ONU: “Resulta especialmente sorprendente observar que no se haya hecho más en favor de los derechos de tantas víctimas”.

Es más que probable que Pablo de Greiff haya leído la obra El holocausto español, de Paul Preston, subtitulado Odio y exterminio en la Guerra Civil y después. Allí habrá podido conocer las directrices de los sublevados en cuanto a las características de la represión que debían desarrollar, entre las que destaca  lo que Josep Fontana llamó los asesinatos preventivos, o una “amplia limpieza de indeseables”, en palabras de un mando de la Guardia Civil en 1936. El general Mola, cerebro del levantamiento militar, expresó con claridad las intenciones de los insurgentes: “¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España”.

¿Qué ocurre en el Partido Popular que tres cuartos de siglo después ni siquiera son capaces de sentir piedad por nonagenarios que no quisieran morir sin rescatar los restos de sus padres, madres o hermanos que yacen en una cuneta desde hace tantas décadas? Y si no sienten piedad ni encuentran motivo para practicar la 5ª Obra de Misericordia, ?la de consolar al triste, tal y como manda la Iglesia a la que tan fervientemente se adscriben en su inmensa mayoría, [“Dichosos los que lloran porque serán consolados”]?, podrían, por lo menos, mostrar respeto.

Un respeto que debiéramos ser capaces de imponer [con las urnas] al Partido Popular para que los Mayor Oreja, los Hernando, los Casado, los Peñarrubia, y tantos otros, no insultaran la memoria de los vencidos humillando, setenta y seis años después, a los cada vez más escasos supervivientes, a sus hijos y a sus nietos.