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Hace apenas cuatro años atrás, un 15 de octubre, nació la primera caminata global del siglo XXI. Los medios la abreviaron en una sigla, 15-O, designando así una marcha simultánea, tocada por el don de la ubicuidad, que tuvo lugar en más de mil ciudades a la vez, desde Bruselas hasta Buenos Aires, pasando por Salónica, Helsinki, Nantes o Santiago. La suma de esos caminantes es difícil de medir, pero se supone que si se los pusiera en hilera darían fácilmente la vuelta al mundo, formando un cinturón de hormigas en torno a la barriga del planeta. Lo interesante es que hubo un día en el que el reclamo fue el mismo en todas las calles, las ciudades, los países: se reclamó la necesidad de una democracia directa, motivada por el agotamiento de las formas clásicas de la representación política y enlazada a una pieza memorable del pensamiento disidente, que surgió en el siglo XVIII de los arrebatos de otro caminante, aunque éste lo hacía solo. Su nombre: Henry David Thoreau. Había sido encarcelado por no pagar impuestos en Estados Unidos debido a su disgusto con la esclavitud y la guerra contra México, y forjó un concepto: el de “desobediencia civil”.

Es como si aquella vieja desobediencia civil, en apariencia solipsista, hubiese adoptado de repente un sentido de lo político en el que éste no reside más en el poder, sino en el modo en que los hombres rediseñan sus maneras de estar juntos.

El concepto lo forjó a solas, internándose en los bosques durante largas caminatas invernales, similares a las que el escritor Robert Walzer daría un siglo más tarde por el bosque de Rosenwald, rodeando la cumbre occidental del monte Ronsenberg o a la que el titánico Herzog realizaría de Munich a París en medio de la nieve cuando supo que su amiga Lotte Eisner (autora de un libro imprescindible sobre el cine expresionista alemán) agonizaba en la cama de una clínica en Francia.

Ni Herzog ni Walzer ni Thoreau daban la impresión de estar muy interesados en los asuntos del poder. A imagen y semejanza de sus endemoniados personajes, concentrados en luchar solo contra la naturaleza o contra sí mismos, Herzog alcanzó a encontrarse con su amiga tras atravesar casi mil kilómetros a pie por las montañas heladas. Walzer celebró su última navidad sin ninguna compañía en el manicomio en el que él mismo se había recluido: fue un 25 de diciembre de 1956, almorzó choucrout con salchichas de cerdo, se sirvió de postre un merengue con nata y después salió a la nieve, donde tras andar unos kilómetros cayó de espaldas, perdió el sombrero y rodó tres o cuatro metros hacia abajo. Lo encontraron muerto, Jürg Amann nos recuerda que un perro primero, después la gente de la granja próxima y finalmente el mundo entero.

Un tiempo atrás, mientras avanzaban hacia St. Gallen, Walser le había comentado a quien fuera su único amigo, Carl Seelig, que el mundo era lo que era, que criticarlo no le parecía interesante y que a él personalmente le bastaba con que el Estado no lo molestara. Thoreau, por su parte, era un agrimensor sencillo (como otro al que Kafka volvió célebre) que amaba la naturaleza y despreciaba la angustia cívica que prodigaban los amigos inclinados a dirigir la vida pública, esos pensionistas de la historia, como los llamó Lukacs. Lo que a ninguno de estos caminantes, románticos primero y después modernos, les gustaba, era que los representara gente profundamente sospechosa, como suelen serlo casi todos los que se auto-atribuyen la condición de servidores públicos. Como la crítica tenía para ellos algo de esto, no la ejercían ni tampoco protestaban: les bastaba con desobedecer.

Esa desobediencia tiene antecedentes, por mucho que todavía no se la acompañara con la palabra “civil”. Un 15 de octubre también, aunque en este caso de 1789, una muchacha llegó al mercado mayorista de París acompañada de un tambor enorme. Rebecca Solnit nos recuerda que mientras lo aporreaba, obligó a clérigo a tocar las campanas. En pocos minutos hubo en el mercado una multitud de mujeres que no sabían lo que era la crítica ni estaban interesadas en el arte de gobierno; eran mujeres pobres, vendedoras de pescado, lavanderas, porteras, que solo contaban con reunir sus cuerpos y hacerlos andar juntos. Entonces anduvieron: avanzaron por Las Tullerías, en esa época jardines de propiedad y uso del Rey, y cuando el primer guardia desenvainó su espada, le pasaron por encima. Tenían hambre, al atardecer habían llegado a la Asamblea Nacional, donde gritaban solo una palabra: ¡Pan!

La anécdota se aloja en la víspera de la que quizá sea la revolución más importante de la historia: la revolución francesa. Casi dos siglos después, durante un otoño de 1977, otro grupo de mujeres se sentó en el banco de una plaza. Esperaban, como en una milonga triste de Cabral, a ese hijo que nunca regresó. Fue en la Plaza de Mayo, la policía las obligó a moverse y ellas obedecieron: se pararon y empezaron a dar vueltas alrededor de la Plaza en sentido inverso a las agujas del reloj. No disparaban contra los relojes, como en aquella otra revolución; los invertían, exploraban el instante anterior de una paz natural interrumpida por el fascismo. Fue un jueves de abril; esos jueves se siguieron repitiendo y poco a poco los gobiernos aprendieron a escucharlas.

No es seguro que ninguno de estos solitarios –que en sus periplos siguieron a Wordsworth, a Stevenson, a Hazlitt o a Rousseau- hayan imaginado alguna vez que el siglo XXI se inauguraría como el siglo en el que los caminantes redefinirían el espacio en común trocando el antiguo poder de la crítica por el de la performance. O el de las estructuras míticas por el de un ritual colectivo. Es como si aquella vieja desobediencia civil, en apariencia solipsista, hubiese adoptado de repente un sentido de lo político en el que éste no reside más en el poder, sino en el modo en que los hombres rediseñan sus maneras de estar juntos. Son maneras en apariencia inofensivas, desprendimientos vagos del poder que hoy carcomen un cimiento. Un fantasma los recorre. Ojalá sea un día la horma que todos los pies del mundo calzan.