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“Medidas severas” Así dijo Bachelet cuando recibió el informe de la llamada Comisión Engel. También dijo que iba “a conducir personalmente, con toda mi energía y sin temor de ningún tipo” un proceso para fortalecer y transparentar algo que llamó “nuestra vida política”.

Dijo que los partidos tendrían que “reinscribir a todos sus militantes para sincerar los registros; tendrán que ser democráticos en su interior, tener contabilidad transparente y fiscalizada, dar espacio a nuevos líderes”. Peñailillo, por su parte, se comprometió con los independientes a flexibilizar los requisitos de inscripción de nuevos partidos.

Eran meses de crisis y ellos llenaban el aire con promesas altisonantes sobre un bien común tan importante como la política. Muchas mentes ingenuas, deseosas de confianza, creyeron ver luz al final del túnel (recuerdo que la noche de esa cadena nacional sonreí confiado con una mueca idiota de la que me he avergonzado en las semanas siguientes).

Pero los técnicos electorales comprobaron rápidamente que la reforma los ponía en aprietos y las directivas prefirieron el desprestigio de modificar una ley recién promulgada a perder los privilegios. Volvieron entonces a la carga. No dejarían pasar proyecto alguno que debilite el sistema de exclusiones que les ha permitido gozar de posiciones de ventaja. Como resultado, una debilitada Bachelet hizo lo suyo: prometer avances y retroceder después. Envió un proyecto de ley que ya no exigía la reinscripción de los partidos, y en general, desfiguró, acto tras acto, el sentido de su mensaje de abril.

El recurso del abtencionismo

Pero cuidado, no se trata de la simple prolongación de la costumbre excluyente de la política de los 90. Tras la pérdida sostenida del aura renacentista de aquella Concertación que protagonizó la salida de la dictadura (caída sistemática en el apoyo ciudadano, reducción de la participación electoral, equiparamiento con la derecha política, etc.), el problema de las filas oficialistas también ha cambiado. Habiendo atravesado todo un proceso de movilizaciones sociales que cuestionaron las bases ideológicas mismas del modelo, la cuestión del oficialismo ya no estriba en la producción de una institucionalidad que contenga la demanda de democracia y justicia social de unas mayorías que lo perciben como aliadas; ahora necesitan impedir la constitución política de la amplia voluntad antineoliberal que en la última década ha venido conformándose en su contra.

Pero ya no tienen los recursos teóricos de antaño, ni el despliegue simbólico ni el empuje político que poseían a finales de los años 80, de modo que no han podido (ni quieren, en verdad) ir más allá del dibujo mediocre de unas reformas que al no hacerse cargo de las condiciones de su propia posibilidad, han nacido enfermas.

Incapaces entonces de reinventarse, e impedidos de construir un nuevo proyecto histórico, adoptan la posición del perro del hortelano. Apuestan por el abstencionismo, optan por la abulia, por la contracción del padrón electoral, de modo de evitar a toda costa la incorporación de los nuevos a los procesos electorales. Es la institucionalidad sosteniendo su propia crisis como forma de autoperpetuación: los partidos contra el sistema de partidos, las elecciones contra los votantes, la institucionalidad contra la democracia. Ya no es una noción manipulada de la representatividad (sin representación) como subterfugio contra la participación, no, le temen incluso al ejercicio representativo más elemental, lo suyo es la desafección pura y dura: no vote, quédese en casa, manténgase al margen.

La cadena nacional de octubre

13 de octubre: un anuncio que no anuncia nada, o que anuncia la ausencia de una voluntad política clara en el principal liderazgo del país, que prefiere remitir la decisión sobre el mecanismo constitucional en el próximo Congreso, optando en los hechos por la opción menos popular y participativa.

La costumbre procedimentalista se entrega, apenas termina la cadena nacional, al cálculo. Rápidamente se valora que la presidenta haya dejado abierta la posibilidad de la Asamblea Constituyente, y se señala con optimismo que las próximas elecciones parlamentarias serán fundamentales para la posibilidad de un proceso constituyente de carácter ciudadano. Actos de fe, puros actos de fe.

No, el anuncio constituyente de la cadena nacional es la renuncia a toda posibilidad de una convocatoria ciudadana con sentido. Carente de atractivo y vitalidad, echó opacidad sobre el carácter del mecanismo, encargándole a una institución en crisis con un futuro indefinido.

Como sea, el hecho es que todo el proceso de reforma a la estructura institucional de la política, desde el binominal al mecanismo constituyente, ha sido un enfrentamiento entre la incapacidad política y la falta de sentido histórico de los reformadores, y la voluntad oligárquica de unas élites que maduraron al alero de la gestión civil del neoliberalismo, que, como podía preverse, salieron una vez más ganando.

Ni refugio en “lo social” ni incorporación acrítica

Se sabe que la abstención es la forma en que amplios segmentos sociales se distancian de una lógica político-institucional que los representa y los convoca cada vez menos, pero que como mera ausencia de las urnas, no comporta una forma de propuesta mínimamente visible.

Las nuevas alternativas, crecidas principalmente desde las luchas del 2011 en adelante, no pueden detenerse allí. Cuando las potencias de la política dominante se han agotado, y no logran ofrecer a la sociedad proyectos, salidas, futuros, la mirada interrogadora busca a los nuevos, a aquellos cuyo arribo refrescó las esperanzas de la mayoría de la sociedad y abrió la posibilidad de un mañana mejor que el largo presente neoliberal. Se requiere convertir toda esa potencia cultural y social en un impulso político nuevo, se requiere incorporar esas energías a la disputa política.

Para ello, el asunto de la participación electoral, y en general toda la dinámica del sistema político deben ser críticamente interrogados en cuanto aspectos de un modo de producción de lo político, de modo de descartar toda forma de incorporación pasiva. Un paso ingenuo a la política terminaría con seguridad por amarrar los pies y desfigurar los aportes de los nuevos actores.

“Se trata de intentar, con fuerza, con astucia, sin garantías, una incorporación refundacional a la política.”

De modo que, ni refugio en “lo social” ni incorporación acrítica: si el abstencionismo y el vacío de las élites debilita el sentido de lo público, hay que producir una política que supere la alternativa inconducente que opone el tabú de la política formal a la incorporación pura y simple a las lógicas que por más de dos décadas han levantando la línea de exclusión elitista.

Se trata de intentar, con fuerza, con astucia, sin garantías, una incorporación refundacional a la política. Se trata de constituir en el mundo heterogéneo de los nuevos actores un conjunto de voluntades de acción política con disposición a articular sus identidades sin renunciar a sus diferencias, de modo de conformar un bloque común, diverso en su interior, que muestre una potencia refundacional fuerte y convocante, e integre sus distintas capacidades de lucha social en un esfuerzo mayor de disputa por la dirección de marcha del desenvolvimiento de nuestra sociedad. Sólo un actor así podría emprender una defensa activa de la política, procurar formas virtuosas de representatividad y abrir caminos de participación democrática efectiva.