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Impresiona comprobar cómo es de tozuda la realidad político-ideológica española atendiendo, por ejemplo, a los barómetros que publica regularmente el Centro de Investigaciones Sociológicas [CIS]. Más allá de la información a propósito de la intención de voto, que tiene su propia dinámica y que los expertos conectan a la pura coyuntura de si la encuesta se ha hecho en tal o cual momento, antes o después de algún acontecimiento político de impacto, quiero fijarme en una variable que no lo es tanto. Me refiero a las respuestas de los encuestados a cuando se les pide que se definan ideológicamente.

De las próximas elecciones saldrá una nueva mayoría parlamentaria que, respondiendo a esa sociedad de tres tercios, será más plural y, por definición, más democrática

Por lo que respecta al abanico ideológico, la realidad es sólida y contundente. Hablemos con cifras redondeadas. Casi un tercio de encuestados [en torno al 28 por ciento] se sitúa en lo que podemos llamar la derecha [en ella ubicamos a los que de definen como conservadores, demócrata-cristianos y liberales]; viene luego un grupo que no llega a una quinta parte [casi el 18 por ciento] a los que podemos considerar centroizquierda [una etiqueta laxa en la que ubicamos a los que se definen como progresistas y a los que se dicen socialdemócratas]; en lo que conocemos como izquierda encontramos apenas un 17 por ciento [reuniendo en él los que se definen como socialistas y los que se califican de comunistas]. Poco menos de un cuatro por ciento se dicen nacionalistas [entiéndase nacionalistas sin estado, periféricos; los nacionalistas españoles están en todos los demás partidos estatales] y unos pocos menos que se dicen ecologistas. Finalmente, cerca de un 8 por ciento se declara apolítico, y más de un 18 por ciento ns/nc.

Deberemos aceptar, pues, que si de ideología política hablamos, la derecha es mucha y abundante. ¿Podemos sumarle al 28 por ciento de los que hemos definido como derechistas los que se denominan apolíticos? Ciertamente, parece lógico que lo hagamos: tendríamos así un 36 por ciento. ¿Nos olvidamos ?a efectos analíticos? de ese 18 por ciento que ni sabe ni contesta? Bien, y entonces, ¿qué nos queda? Pues nos queda un grupo heterogéneo al que podríamos ponerle la etiqueta de no-derechistas o izquierdistas-variados, que sumaría el 35 por ciento [los de centroizquierda y los de izquierdas de tipo más clásico], más o menos. Si esas agregaciones son correctas, contando un 8 por ciento entre nacionalistas y ecologistas, tendríamos un mapa bastante ajustado de la realidad ideológica española: tres tercios, con uno de derecha y centro derecha, otro de izquierda y centro izquierda y, finalmente, otro tercio de abstencionistas. Seguramente por esto es por lo que los analistas dicen que las elecciones se ganan en el centro.

Las últimas cifras conocidas de intención directa de voto [El País, 21.09.2015] dicen que la derecha [PP + C’s] suma un 27 por ciento, los izquierdistas variados [PSOE + Podemos + IU] alcanzan el 33 por ciento, mientras que los otros partidos [los nacionalistas periféricos y otros partidos menores, más los votantes en blanco] suman casi un 10 por ciento. Los que declaran que se abstendrán son el 31 por ciento. Tenemos, pues, la confirmación de una imperfecta realidad de tres tercios: uno conservador [con la pluralidad que ha añadido Ciudadanos], otro progresista [tan plural o más que el bloque anterior], y un tercero de ciudadanos que se autoexcluyen del proceso electoral.

Según esa comparación entre ambos conjuntos de datos, podríamos concluir que [siempre según la intención de voto confesada] la derecha vota y vota derecha, claro. Pero en esta ocasión ese voto ya no va a parar de forma automática a las candidaturas del PP, sino que se reparte con Ciudadanos. El voto de la que hemos llamado izquierda diversa está ligeramente por debajo de lo previsible según el cuadro de autoubicación ideológica, de donde se desprende que, por una parte ahí cabe contabilizar votos que van a opciones progresistas de partidos de ámbito regional y que, además, también en este caladero encuentra votos Ciudadanos.

La conclusión es que pese a que el mapa ideológico se mantiene, la nueva materialización de esos posicionamientos ideológicos es un hecho. De aquí se derivan algunas conclusiones provisionales. Comentemos un par de ellas. La primera es que, dado el déficit de proporcionalidad del sistema electoral que otorga una sobre representación a las zonas menos pobladas, la conversión de votos en escaños puede deparar sorpresas grandes.  La segunda es que ese tercio que manifiesta decantarse por la abstención puede hacer variar y en mucho el cuadro electoral final en la medida que una parte de ellos se decida a participar. Ya ocurrió en marzo de 2004, cuando un contingente de previsibles abstencionistas reaccionó ante la gestión que el PP hizo de la masacre de Atocha.

Dicho lo anterior, la conclusión fundamental de estas líneas es que la derecha, como una ideología que cuenta con electores que sustentan sus postulados más característicos, no solo existe, sino que goza de muy buena salud y sus efectivos podemos cifrarlos en una tercera parte de los censados. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido prácticamente desde que la Alianza Popular de Manuel Fraga se convirtió en el actual PP, ?tras el desmoronamiento de la Unión de Centro Democrático de Adolfo Suárez, cuando recogían los votos de los electores situados en un espacio que va desde la extrema derecha fascistoide al centro derecha?, ese voto tiene que repartirse ahora entre dos opciones: el propio PP y el emergente Ciudadanos. Un partido con formas y maneras más en sintonía con la actual realidad europea que ese partido autoritario, fuertemente jerárquico, de resabios netamente franquistas y corrompido hasta sus raíces. La izquierda diversa [desde el centro izquierda a la izquierda más clásica, española o nacionalista periférica] y aquellos ciudadanos que, con los matices que correspondan,  se ubican en ella, pueden beneficiarse, pues, de la aparición y el desarrollo de esa opción política que es Ciudadanos.

 Tal parece que Mariano Rajoy va a hundir en solo cuatro años todo lo que está bajo su jurisdicción. Tanto a su partido como a España. Por lo que al país respecta, cuanto antes sea desalojado del poder, mejor. Los costos de su gestión son incalculables, y va a ser una tarea titánica reparar todo lo que ha roto y enmendar todo el mal que ha hecho. De las próximas elecciones saldrá una nueva mayoría parlamentaria que, respondiendo a esa sociedad de tres tercios, será más plural y, por definición, más democrática. En un par de meses conoceremos los resultados.