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La Organización de Naciones Unidas cumple en estos día setenta años de existencia. Nacida tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, constituyó el foro indispensable de la mayoría de las naciones del planeta durante la segunda mitad del siglo XX. Podría decirse que la ONU fue uno de los pilares del Nuevo Orden Político Mundial, un orden que aseguraba el precario equilibrio de dos potencias nucleares ideológicamente enfrentadas: Estados Unidos y la Unión Soviética. En la actualidad, esta organización supranacional da muestras ya de su obsolescencia. El panorama político, económico y cultural en el mundo ha variado sustancialmente y reclama una nueva institucionalidad internacional.

En la actualidad, esta organización supranacional da muestras ya de su obsolescencia. El panorama político, económico y cultural en el mundo ha variado sustancialmente y reclama una nueva institucionalidad internacional.

En la llamada era de la globalización, donde las antiguas fronteras ideológicas tienden a desdibujarse, donde emergen con fuerza nuevos actores económicos como los BRICS y en que se plantean problemas de escala planetaria como el cambio climático, las migraciones masivas, la pauperización extrema y la diseminación de la violencia; la ONU aparece como una burocracia impotente, incapaz de cumplir con su mandato primero: mantener la paz entre los pueblos y naciones de la tierra.

El reclamo por una nueva institucionalidad política internacional es el reclamo de la mayor parte de la humanidad, excluida de las decisiones fundamentales en el plano económico, político y social a escala global. De modo que situaciones inaceptables de violencia e injusticias se prolongan por décadas sin encontrar solución, como el conflicto entre Israel y Palestina. Asimismo, la violencia generalizada en países como Siria, Irak y Afganistán. Todas cuestiones sujetas al veto en el Consejo de Seguridad, cualquiera sea la mayoría de la Asamblea General.

Durante siete décadas han sido las grandes potencias occidentales las que han decidido los grandes derroteros de la humanidad, prescindiendo de otras voces, aquellas, precisamente que padecen la pobreza, el hambre y la violencia de las decisiones mundiales. Así, en el mundo Árabe, el África subsahariana y en amplios sectores de América Latina donde el acceso al agua potable o la educación mínima es todavía un horizonte lejano y la realidad cotidiana es la violencia y la corrupción. Durante los primeros años del siglo XXI, la retahíla de miserias se ha multiplicado en todo el orbe. La degradación medioambiental es ya un hecho, la carrera armamentista parece no tener freno, la bancarrota de países enteros es una evidencia, el desplazamiento de cientos de miles de seres humanos huyendo de la violencia es una triste realidad, mientras el fantasma de una Tercera Guerra Mundial ha dejado de ser un tema de ciencia ficción.

En el siglo presente, se hace indispensable forjar una nueva institucionalidad internacional que se haga cargo de las nuevas realidades y problemas que emergen por doquier. Ya no parece posible resolver los asuntos de escala planetaria, considerando solamente a un grupo de países privilegiados. Una epidemia en África, una catástrofe ecológica en Brasil, una crisis económica en Europa o una guerra en el Oriente Medio concierne a toda la humanidad. Insistir en una anquilosada burocracia del siglo XX como instrumento político para propender a la paz y al desarrollo de las naciones, no solo pone de manifiesto una débil visión de futuro sino que podría repetir el fracaso de la Liga de las Naciones durante los primeros años del siglo pasado.