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Pablo Iglesias, el líder de Podemos en España,  en una conferencia dada en Portugal a fines de 2014, señaló “que un partido no se funda para cantar juntos ni para comprar nuestras camisetas. Se funda para ganar…”.  Por otro lado, Alexis Tsipras, en septiembre recién pasado ha vuelto a ganar las elecciones en Grecia, después de abdicar a su primer mandato con la promesa de enfrentar al poder de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional), ilusión que duró sólo ocho meses. En este segundo período quiere desprenderse de los sectores radicales de Syriza, su partido, y negociar con otras corrientes del sistema político helénico, pese a mantener su relación con los independientes liderados por Panos Kammenos. Al parecer, Syriza tendrá en esta etapa un acercamiento al partido de centroderecha, Nueva Democracia, y de este modo procura abrirse a las directrices que la Unión Europea le propone.

En ambas experiencias, se había generado expectativas en el llamado mundo progresista, que observa en estos líderes políticos a una cierta izquierda que no ha heredado los traumas del pasado y que se muestra flexible ante las ortodoxias y los purismos ideológicos. Quizás en el caso español se mantiene intacta la promesa de ganar y acceder al gobierno, dejando atrás a una izquierda atrincherada en la crítica sin tregua al modelo neoliberal. En cambio, para los militantes de Syriza, críticos con el zigzagueo político de Tsipras, la receta de esa izquierda con espíritu ganador ha quedado empequeñecida frente al poder económico transnacional, al que no basta con un aumento en las adhesiones electorales para amenazarlo.

Es una disputa que desde la hegemonía del utilitarismo político tiende a demonizar la discusión no en torno a las ideas, sino en los espacios en que de modo significativo se ejerce la militancia, tanto políticos y sociales como académicos.

Algo de esa voluntad entusiasta hemos experimentado en nuestra propia escena política. Sectores tradicionales de la izquierda chilena y nuevas corrientes políticas con aire juvenil, han traído de vuelta a Michelle Bachelet desde el confort de ONU-Mujeres, ahora con el propósito de ganar-ganar: es decir, ganar en las urnas y ganar en el terreno de las reformas. No obstante, el capital electoral durante estos meses al parecer se ha ido desvaneciendo, y paulatinamente la sensación de derrota instalada en sus programas reformistas va carcomiendo la confianza que los propios militantes atesoraban como la promesa de un cambio sustantivo al modelo político-económico. En estos meses, los afanes reformistas han quedado reducidos a “reformitas” negociadas y a veces sometidas a la aduana de los poderes económicos del país.

En la atmósfera electoral de la Nueva Mayoría en 2013 –en sus actores políticos y en sus militantes-, estuvo presente esta narrativa “votante”, que se situó como un paradigma político rector, para advertir a aquellos militantes y simpatizantes de esa izquierda terca y marginal, que los dejasen competir. Una vez más, la izquierda al interior de la Nueva Mayoría quería desprenderse de esa izquierda trasnochada y aferrada al pasado que no propone nada y solamente se aloja en la periferia del discurso, a criticar en los otros la ambición de querer ganar-ganar.

García Linera discurso elap ecuador

Recientemente, Álvaro García Linera -en un encuentro de la ELAP en Ecuador-, ahora desde otra trinchera, apuntaba a los detractores del proceso de cambios políticos en la Bolivia actual: desde una izquierda “pensante”, “académica”, pero a la vez con “vocación de gobierno”, emplazaba a esa otra izquierda “academizada”, que desde la comodidad  de una crítica remunerada, pondera y relativiza las transformaciones del gobierno de Evo Morales. La controversia que plantea García Linera no está solamente en un pragmatismo obsesivo por ganar-ganar, sino que se encuentra en el propio suelo ideológico, es decir, en los contenidos de la transformación política del evismo. Su interpelación en el encuentro de ELAP reactualiza el debate sobre el rol de la izquierda en América Latina y sus posibilidades para reponer proyectos alternativos a los modelos conservadores en lo político y librecambistas en lo económico. Desde ahí, y con la experiencia de 9 años de gobierno, acusa a esa izquierda academizada de “perfumada y deslactosada”.

El planteo de García Linera sitúa el debate al interior de la izquierda en otras coordenadas político-ideológicas, ausentes todavía en nuestro debate local. Ahí los planteamientos políticos, son académicos y de calle, ideológicos y prácticos. No es un debate escindido ni de ámbitos contrapuestos, y su interpelación a ese mundo academizado y perfumado –más allá de un probable cuestionamiento a la argumentación–, no propone una división entre sentido ilustrado y sentido de calle. Más bien, el excesivo instrumentalismo de la actividad política chilena tiende a reducir el debate del rol de la izquierda nacional a un dicotomía entre electoralistas y marginales, pero también una separación manifiesta entre pensadores ilustrados y activistas de la calle: es una disputa que desde la hegemonía del utilitarismo político tiende a demonizar la discusión no en torno a las ideas, sino en los espacios en que de modo significativo se ejerce la militancia, tanto políticos y sociales como académicos.

Izquierda de salón o izquierda de calle, de aula o de esquina, de estrado o de sede vecinal: han contribuido a dibujar el paisaje transicional de la izquierda chilena. Por una parte, la izquierda alejada de los sectores populares, escéptica ante lo que entiende como voluntarismo comunitarista respecto del trabajo sociopolítico en las poblaciones; y por otro lado, la izquierda callejera, sudorosa y entusiasta que plantea la acción directa, sin más preámbulos ni elucubraciones ideológicas, esa izquierda que ha gastado las suelas durante años, que a veces pierde los estribos, que rehúye de los ilustrados, y que exige horas de marcha,  zapatos polvorientos y manos de barrio.

Esa izquierda (i)lustrada de brillo y luminosidad, atenta, refinada, sin tierra en los pies… que escondió debajo del catre el manual del materialismo histórico y el panfleto de esténcil, que medita sin cesar, con sigilo y un celo conmovedor, las nuevas expresiones de progresismo actual.  Que de vez en cuando, se tienta con corporizar la vanguardia en la genialidad individual, que busca fans que los lean y los sigan, y que sus ideas tenga sello, apellido, en fin: cuerpo. Poco importaría ahí el diálogo de la convención, el acalorado debate del mitin y el grito de la muchedumbre en la plaza pública. Más allá de esa izquierda que García Linera llama deslactosada y perfumada, parece ser una izquierda de circuito cerrado, a la que hay abonarse y sintonizar con sus registros. Es una izquierda ñuñoína (con perdón de los habitantes de Ñuñoa), de café afrancesado, que odia con convicción a esos ricos ignorantes que sólo predican desde la abundancia, y a la vez simpatizan con los pobres y mugrientos de los márgenes… pero desde lejos eso sí, desde la teoría, pero no desde la convivencia cotidiana.

García Linera parece invitar a otro debate, sustancioso y provocador, y por qué no, discutible… pero seguramente lleva pegado en la frente ese lema calcado de la consigna marxista: Trabajadores manuales e intelectuales, ¡Uníos!