la victoria

Corriendo tras un volantín, decidí a mis 8 años cruzar la línea férrea que separaba Lo Valledor  de otra población, población que para ese entonces no tenía nombre en mi saber y que si en alguna oportunidad había cruzado por allí no lo recordaba. El volantín había caído en un techo de una casa de material bien humilde y diferente a las de Lo Valledor, el hilo colgaba de los cables de alta tensión y en mi filosofía práctica de salir sin caña debía renunciar a ese papel con tirantes que a muchos nos hacía correr sin mirar para ningún lado, solo apreciando su movimiento y la cantidad de hilo que podía llevar. Cuando comencé mi retorno a casa, el colorido de las murallas de aquél lugar me llamo profundamente la atención, esos dibujos con facciones pronunciadas y sosteniendo unas brochas  como si ellos mismo se dibujaran. Había herramientas entre tanto dibujo, en el apuro de caminar reconocí el martillo pero a este lo cruzaba una herramienta curva, que estaba colgada en el patio de la casa de mi abuela pero que jamás había preguntado su nombre.

Estos 58 años recaen en la agencia de sus pobladores, los únicos llamados a no permitir que ese ejemplo de dignidad se diluya en el recuerdo romántico de los universitarios que la visitan.

Mis padres, por esos años, ante la precariedad económica en la cual vivíamos decidieron instalar un “boliche”. Recuerdo que los trámites correspondientes para normalizar el negocio debían realizarse en la municipalidad y que para llegar a ella nos íbamos caminando, cruzábamos la línea férrea y aparecíamos en otro “mundo”, ese otro lugar ya lo había visitado siguiendo un volantín pero que increíblemente a medida que avanzabas aparecían más y más dibujos, gente en todas las cuadras y donde particularmente la vereda no se ocupa para transitar mayoritariamente sino que para refugiarse del calor. La gente de ese mundo camina por la calle, entre medio de los autos con mucha normalidad y seguridad de sí.

Para el año 2006 yo me encontraba cursando séptimo básico, en la casa me esperaba mi abuela con comida al regreso del colegio, mi vieja trabaja con mi tío en transporte escolar (el negocio ya lo habíamos cerrado) mi hermana cursaba cuarto medio y llegaba casi justo con mi viejo, el cual trabajaba apatronado en la vega Lo Valledor vendiendo tomates. Un día de invierno,  mi padre llego bien tarde y recuerdo que mi madre le pregunto: ¿Cómo te fue en el partido?… A lo que mi padre respondió: Bien, estaba el flaco  y otros compañeros más, la otra semana vendrán para atendernos. En cosa de días aparecieron caras nuevas, todas muy amables. Cuando las visitas se retiraban siempre se despedían con la palabra compañero y caminaban en dirección a la línea del tren. La curiosidad me desbordo, exigí que si mi hermana iba con ellos yo también, mi padre sonrío y me presento sin ser de allí a la población La Victoria.

Han transcurrido casi 10 años y aun cruzo a La Victoria por el mismo camino, hace casi 10 años que esas caras amables se transformaron también en compañeros míos y a los cuales les tengo un profundo respeto y admiración, que va más allá del ser compañero o amigos y que tiene mucho que ver con la continuidad moral de su compromiso histórico. No hablaré de la toma pues la historiografía ya la escribió, no hablaré de su gente pues los sociólogos ya lo investigaron, tampoco me referiré a sus costumbres o modalidades culturales pues ese trabajo se lo dejo a un amigo antropólogo. Hoy simplemente reconoceré que cuando alcance mi mayoría de edad como decía Kant logre valorar y potenciar la simpleza de cruzar unas calles, pude comprender con ojos más preciso el significante de calles como Carlos Marx, Unidad Popular, Galo Gonzalez, La Coruña o la Ranquil, y que a pesar de los años, allí siguen habiendo pobladores batallando desde las prácticas y las ideas contra lo que nos detiene, nos inmoviliza y nos criminaliza.

La última vez que la “viky” apareció en la tele fue por un enfrentamiento armado, el cual ni siquiera fue en la “pobla” como así lo puntualizaba la prensa. Esto último ha disputado tan bien el espacio público que las organizaciones sociales han ido en retirada, dejándonos  pequeños brotes de organización y adhesión, ejemplo claro de esto es lo que ocurre en su aniversario. Tampoco quiero decir que no haya nada, sino que simplemente debe existir un proceso de recomposición social donde los pobladores puedan retomar una senda tan propia de sus orígenes como lo es la organización y la participación. La Victoria va mucho más allá de fechas puntuales como el 29 de Marzo, el 11 de Septiembre o para el 30 de Octubre, La República independiente  como sus habitantes la llaman es el motor de la historia del pueblo, es la versión latinoamericana de la comuna de París, es un triunfo en nuestra historia cargada de derrotas. La Victoria simplemente es el otro relato, ese no oficial, ese donde algunos no la consideran dignos de historizar. Estos 58 años recaen en la agencia de sus pobladores, los únicos llamados a no permitir que ese ejemplo de dignidad se diluya en el recuerdo romántico de los universitarios que la visitan.

Tengo la certeza que seguirán, tengo la certeza de que ese Chile distinto al que tantos aspiramos necesita de su ejemplo y su continuidad, no se me acongoja la cara de vergüenza pidiéndoles una vez más, pues conociendo a la gente que allí vive sé que esa certeza se transformara en verdad publica y los Victorianos allí estarán con nuevas dinámicas, discursos apropiados y el cariño que solo ellos pueden entregar en la dignificación de la lucha política desde los sectores populares.