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Existe una conocida región de la historia a la que llamamos República de las letras, pero las letras mismas nunca fueron lo más relevante de esa república, así como tampoco lo son cuando hablamos al pasar de la “facultad de filosofía y letras” o de “Lacan y la letra” o simplemente de la “sopa de letras”. El propio Foucault forjó en Las palabras y las cosas una célebre teoría sobre El Quijote: dijo que se trataba de un “largo grafismo flaco como una letra”, pero no especificó cuál. No son todas iguales ni deberían dar lo mismo, menos en el caso del Ingenioso Hidalgo, que mal que mal se publicó originalmente en una lengua que jamás tuvo una tipografía: el castellano.

En uno de sus formidables Cuadernos de lengua y literatura, Mario Ortiz elude esta clase de abstracciones y formula en cambio una especie de ensayo novelado en el que las letras son por fin relevantes. Lo que así nos recuerda (como lo hace el documental Helvética) es que las letras tienen también sus repúblicas, sus linajes o prosapias. Frassinelli en el Tratado las dividía en cuatro familias o árboles: las góticas, las romanas, las cursivas y las palote seco. Son familias distintas, obvio, porque es natural que mientras las góticas busquen arrebatarle un poco el estelar a las palabras, presentándose suntuosas o decorativas, las romanas se esfuercen por pasar piolas, como buenas obreras de los signos, apegadas a lo que los vieneses llamaban el “principio de discreción”.

Este era un principio bastante aristocrático, que el arquitecto Loos empleaba para disparar contra el capricho de las fachadas y del que su amigo Karl Kraus se valía para desdeñar las frases hechas. Ambos consideraban que estar bien vestido en Viena era estarlo de modo tal que nadie lo notara. Benjamin, quien sintió siempre por Kraus una admiración tan ciega como poco correspondida, conocía bien este principio, pero conocía más aun el de las letras, a las que realizaba toda clase de anatomías. Se las arreglaba mejor haciendo esto o dando directamente cursos de grafología, que traduciendo a Baudelaire.

Pero este principio de discreción en el uso de las tipografías no se puede aplicar de manera uniforme a todos los campos. Por ejemplo la constitución de la República de Chile, a la que solamente le falta la república, puesto que lo primero se hizo contra lo segundo, no está escrita en una tipografía poco discreta o ampulosa. No deriva de la gótica ni del barroco ni es muy abstrusa. El modelo que sus hacedores escogieron por aquellos días en los que se encerraron entre cuatro paredes, convirtiendo a todo el pueblo en su público, fue la times, una descendiente sobria del clan de las romanas que incluso, ahora que lo pienso, es la misma que estoy utilizando en este instante. Es una letra neutral, suave, que quiere dejar algo muy en claro pero pasar a la vez ella misma desapercibida.

En los orígenes de la República esto había sido exactamente al revés: el acta de la independencia se concibió en una cursiva manuscrita bien altisonante, no exenta de filetes y volutas rococó, fundamentalmente en las mayúsculas, que así imponían su jerarquía al resto de las letras más pequeñas y, de paso, a todo el que amenazara la independencia del país. La copia más que pulida que se realizó en el año 1832, tuvo que viajar hasta Perú para que O’Higgins la volviera a firmar. Pero lo que O’Higgins no estaba en condiciones de vaticinar en aquel momento, es que años más tarde esa misma copia que firmara de puño y letra sería hecha picadillos por quienes se tomaron el Palacio de La Moneda el 11 de septiembre.

La historia es conocida (además de lamentable): ese día Allende, temiendo que el salón Toesca se incendiara, retiró el Acta de la Independencia que había firmado O`Higgins y se la pasó a la Payita, a quien un soldado se la arrebató de las manos. El soldado la hizo papel picado en medio de la alteración general, no escuchaba, estaba sordo, no menos en tal caso de lo que lo siguen estando ahora aquellos a quienes representaba. ¿A quienes representaba? A los que en 1980 cambiaron la letra fundamental de Chile llamando a la familia romana en lugar de la cursiva. La muerte de Allende fue tan simultánea a la del Acta de la República, como la muerte del Acta de la República lo fue a la extinción de la antigua dinastía de aquellas manuscritas. Los responsables de enterrarlas son los mismos que se oponen hoy a que se imparta educación cívica en las escuelas, diseño gráfico en un tiempo más quizá tampoco.