Valentina-Saavedra

Se va acabando ya el 2015, con sus respectivas elecciones para renovar a sus dirigencias. Vale la pena entonces hacer un esfuerzo, intentar levantar la mirada para evaluar el año recién ocurrido para proyectar el año que se nos viene en una lucha por el derecho a la educación que sabemos es bastante larga. Aquéllos que se han beneficiado con que la educación sea un negocio no entregarán la gallina de los huevos de oro tan fácilmente, menos aún con el nivel de influencia que hemos visto que tienen al interior de los partidos políticos chilenos.

Esto obliga a que el 2016 tengamos una voluntad aún mayor de articular posiciones con organizaciones sociales, actores de la educación y representantes de diversos mundos que por años han defendido que la educación sea un derecho.

Este fue un año de fuertes movilizaciones, que construyó un escenario interesante para lo que viene para los estudiantes. Y es que si bien el gobierno ha seguido vaciando de contenido nuestras propuestas más importantes, ha sido ineficaz en lograr que tales cambios (como la nueva beca “gratuidad”) sean percibidos por la opinión pública en general, y por lo estudiantes, como la tan anhelada reforma a la educación, o como el cumplimiento de sus promesas de campaña. Esto tiene varias razones: la propia confusión e improvisación del gobierno y la decadencia general del sistema político chileno, que hacen muy difícil dar discusiones con alturas de mira, pero sin duda, la coherencia programática del movimiento estudiantil ha sido un factor clave. Al igual que los profesores con su extensa movilización, hemos demostrado que no celebraremos cualquier propuesta por el sólo deseo de “ganar algo”, sino que mantendremos las expectativas en una reforma que construya un sistema nacional de educación pública, que le vuelva a dar coherencia a sus objetivos, para de esta forma garantizar una nueva  educación pública mediante una gratuidad y financiamiento directamente a las instituciones.

Lo anterior adquiere quizá mayor relevancia aún para el 2016. Pues si bien el debate ha avanzado con el absurdo intento del gobierno de financiar tal beca de gratuidad vía ley de presupuestos y sin una ley que discuta el sentido de nuestro modelo técnico y universitario, el año que viene será el momento en que se discuta tal ley. Ya tuvimos espacios de diálogo con el Ejecutivo donde los estudiantes pusimos nuestra propuesta sobre la mesa, y si bien existen acercamientos en algunos aspectos generales de la reforma que esperamos, en los elementos centrales persisten diferencias muy profundas. Lo anterior muestra que como estudiantes tendremos una responsabilidad importante para que la reforma sea finalmente una que nos haga avanzar en la dirección que como sociedad hemos trazado. Esto requerirá mantener nuestra disposición a movilizarnos y de una autonomía política total frente al gobierno, para que nuestra acción esté guiada por obtener las mayores conquistas posibles para los estudiantes, y no por los intereses del gobierno o de algunos sectores dentro de él.

Se nos ha intentado mostrar como una minoría que no está dispuesta a llegar a acuerdos. Es una maniobra que no podemos dejar pasar, pues nuestra fuerza está en nuestra masividad. Hoy existen voces críticas de la reforma desde posiciones interesadas: aquéllos que sólo desean el fracaso del gobierno; aquéllos que hace pocos años se oponían a la gratuidad pero que hoy son los primeros en mostrar que la Universidad en la que tienen intereses se la “merece”; y tantos otros oportunistas que están cómodos con el actual modelo educativo pero que estarían aún más cómodos si pueden mantenerlo recibiendo más financiamiento estatal. Esto obliga a que el 2016 tengamos una voluntad aún mayor de articular posiciones con organizaciones sociales, actores de la educación y representantes de diversos mundos que por años han defendido que la educación sea un derecho. Una posición sólida, coherente y dispuesta a construir acuerdos si es que aquellos hacen retroceder al mercado de la educación, será más potente que cualquier posición improvisada, que cualquier cuña por dura que sea y que cualquier reforma no transformadora. En tiempos de crisis de la política, se debe responder con la suficiente unidad, teniendo siempre en mente que el cambio educacional es sólo el primero (pero el que nos abrirá la puerta) a muchas más, que nos permitan construir un Chile de derechos sociales universales.

El 2006 fue el primer estallido importante. Han venido cientos de movilizaciones después de la revolución pingüina, distintas generaciones que pasan por la Universidad, y un marco reivindicativo cada vez más profundo. Los estudiantes somos conscientes de lo larga y difícil que es nuestra pelea. Los vestigios de la herencia pinochetista, y la profundización concertacionista, son muy grandes. Nuestra convicción es firme, seguiremos peleando por un Chile diferente hasta que ganemos. Y el 2016, año de la educación superior, será necesario volcar toda nuestra energía, creatividad y unidad por una nueva educación.