patricio segura

Si algo hemos aprendido en el último tiempo de la acción política, es la capacidad de determinados actores para recurrir a una multiplicidad de métodos con la intención de lograr objetivos no transparentados.  En concreto, de argumentar que se va tras un fin cuando este, en realidad, es uno completamente distinto.

En el caso de los legisladores, las técnicas van desde ausentarse en votaciones clave recurriendo a oportunas salidas al baño, licencias médicas o viajes al extranjero. Dilatar las sesiones de comisión o plenarios con extensos discursos que buscan ganar tiempo para que arriben los votos que faltan (algo que en jerga política internacional se conoce como “filibustering” o filibusterismo) ante proyectos cruciales.  También está votar por iniciativas de las cuales no están completamente convencidos con el fin de lograr apoyo para las que sí les interesan y, en el caso de su relación con el Ejecutivo, transar sus votos en el Congreso a cambio de apoyos directos en sus territorios (puentes, escuelas, caminos, bonos) con lo cual no solo se pervierte el sentido legislativo de su mandato sino que además se avala un clientelismo, uno de los principales males de nuestra democracia.

Y como estas, son muchas las prácticas habituales, más o menos conocidas, más o menos legítimas, que podemos identificar también en organizaciones de diversa índole, aunque las más relevantes (por el interés público involucrado, los recursos económicos y el sentido del poder) son las que se dan en la arena política.

Califico aquí como los maximalistas de la obstrucción a quienes, en el fondo, no quieren cambio alguno. Pero como tal planteamiento es impresentable, se convierten en los adalides pedirlo todo aunque, en realidad, no quieren nada.

Una de ellas, que hemos visto a propósito de la discusión sobre la descentralización en Chile, es la del maximalismo. Esa postura procedimental que se basa en que si no logro todo lo que pido (o que creo es necesario) no solo no apoyaré el proceso de discusión y debate sino que incluso lo torpedearé con el fin de que este no avance. Y así, todo se mantiene igual.

Un alcance.

Cuando hablo del maximalismo como técnica obstructiva no me refiero a quienes legítimamente consideran que se requieren transformaciones profundas y estructurales, y que cualquier cambio menor no sería más que un maquillaje a lo que de verdad la sociedad necesita. Aquella mirada que comprende que aceptar sucedáneos no hace más que aplacar la presión por lo urgente. O que, legítimamente, considera que ciertos principios no son negociables, fragmentables, gradualizables.

No, no hablo de aquellos que luchan por lo que creen.

Califico aquí como los maximalistas de la obstrucción a quienes, en el fondo, no quieren cambio alguno. Pero como tal planteamiento es impresentable, se convierten en los adalides pedirlo todo aunque, en realidad, no quieren nada.

Tal fue la sensación que me generó el senador UDI Víctor Pérez Varela durante el seminario internacional “Descentralización: ¿Hacia dónde vamos?” que se realizó la semana pasada en Coyhaique.

Invitado al panel “Reforma Constitucional: ¿Estado unitario descentralizado? ¿Intendentes electos y empoderados?”, el legislador por la Región del Bío Bío se refirió a la figura del gobernador regional y las escasas competencia que tendría el intendente elegido democráticamente. En este sentido, señaló que “la voluntad política adquiere un cariz fundamental; si no existe correlación política no tendrá sentido hacer un cambio”.

El senador profundizó su postura señalando que si no se logra un traspaso de competencias total y un intendente regional con todas las atribuciones, no contaría con su respaldo y que en tales circunstancias era mejor que no avanzara el proyecto de ley radicado en el Congreso.

No nos confundamos. Muchos buscamos avanzar en un proceso de mayor empoderamiento regional y territorial, pero entendemos que hay fuerzas (en el Congreso) que no lo quieren, por tanto es necesario construir mínimos imprescindibles. Y tales defenderlos.

Si uno no conociera el actuar de la Unión Demócrata Independiente probablemente creería en los objetivos declarados.  Sin embargo, al comparar tales dichos con la sistemática oposición a importantes procesos de democratización del país, incluidos los plebiscitos, el mandato revocatorio, un sistema electoral democrático e incluso el cambio de la Constitución mediante una asamblea constituyente, la confianza cae por la borda.  Porque, como sabemos, la descentralización no es más que una de las diversas caras que adopta la democracia

Es de esta forma que se devela una estrategia. El maximalismo como medio de obstrucción de la transformación. En simple, la figura de que como no quiero nada lo pido todo, ya que como no puedo obtenerlo todo, al final nos quedaremos con nada. ¿Se entiende?

Comprender aquello es parte del proceso de educación cívica y organizacional que debemos transitar como ciudadanos.  Porque la política no es solo interés colectivo, también es construcción de discurso público. Y entender las lógicas detrás de ciertos discursos que suenan bien intencionados.