Espero que los filósofos comprenderán lo que voy a decir: para ser justa, es decir, para tener su razón de ser, la crítica ha de ser parcial, apasionada, política, es decir, hecha desde un punto de vista exclusivo, pero desde el punto de vista que abra el máximo de horizontes

(Charles Baudelaire)

 No hay nada de nuevo en señalar que toda antología, por nueva que sea, posee un valor siempre ambivalente. A la vez que se rescatan y reúnen autores y textos, se genera un recorte que, indefectiblemente, excluye otros autores y textos posibles de la selección que se genera. De ahí la importancia de una selección variada, pues ninguna antología puede asegurar que, incluso contra la eventual intención de sus autores, no se convertirá en un peligroso canon que haga olvidar lo que no ha podido incluir. Esa inseguridad sobre su posible destino tampoco puede ser superada por una antología que se precie de presentar trabajos críticos. Mas lo que sí se puede pedir a ese tipo de antologías, a diferencia de a una antología tradicional, es cierta claridad con respecto a sus propios límites y operaciones. Es decir, que no solo seleccione autores que se consideren críticos, sino que pueda ser crítica con respecto a las definiciones hegemónicas de la crítica.

Captura de pantalla 2015-11-04 a las 0.43.39Si se ha vuelto necesario recordar tan obvias cuestiones es por la reciente publicación de una Antología del Pensamiento Crítico Chileno Contemporáneo. El volumen se enmarca en una serie saludable, pese a la operación nacionalizante que aparece ya en su título, de Antologías de pensamientos críticos por país realizada por CLACSO. En el tomo chileno, tres compiladores reúnen distintos textos escritos en Chile durante los últimos cincuenta años, firmados por personajes tales como Eduardo Frei Montalva, Salvador Allende, Enzo Faletto, Pedro Morandé o Sonia Montecino, entre varios otros que han reflexionado sobre distintos procesos de democratización, politización o movilización en Chile. Poco sentido tendría discutir acá qué textos se han seleccionado, o los criterios de distribución de los mismos. Ciertamente, se podría discutir en torno a la eventual inclusión de uno u otro autor que haya reflexionado, de modo destacable, sobre tales temas. Por ejemplo, sobre los motivos para no incluir a Norbert Lechner. (Suponemos, de buena fe, que el motivo no ha sido la nacionalidad alemana de este último). Los mismos compiladores, de hecho, introducen el tomo señalando la imposibilidad de una antología totalmente inclusiva, y están en lo correcto. Y es que su trabajo, en efecto, ha cumplido con lo que tendrían que cumplir: Seleccionar los textos que en las ciencias sociales se han considerado, y siguen considerando, más representativos del pensamiento crítico chileno. Y ese es, me parece, el problema del volumen en cuestión.

Al limitar el pensamiento crítico a lo que las ciencias sociales han tendido a considerar como pensamiento crítico, los compiladores han soslayado autores, perspectivas y temáticas que leen críticamente los procesos de modernización neoliberal en Chile. Me refiero, predeciblemente, a variadas lecturas, lúcidas y creativas que, en las últimas décadas, en diálogo con las artes visuales y la literatura, han cuestionado las prácticas y saberes impuestas en dictadura y postdictadura. Lo cual incluye, también, la crítica a los términos en los que las ciencias sociales, no sin cierto humanismo, han tendido a basar sus críticas. En ese sentido, no se trata de discutir si los textos que extrañamos son más o menos críticos que los incluidos, sino en destacar el hecho de que son críticos de otro modo, con un rendimiento quizás más interesante que el de el tipo de crítica seleccionado, puesto que ejercitan la crítica desde estrategias menos predecibles y saberes menos seguros que los de el tipo de investigadores seleccionados.

Son varios, aunque sin sobrar, los trabajos que pueden ilustrar esta forma de la crítica. Baste con mencionar lo escrito por Enrique Lihn, Ronald Kay, Patricio Marchant o Pablo Oyarzún. Contra quien pudiese sostener que algunos de los recién citados autores escapan a la prosa argumentativa, impera recordar que ha existido un prolífico trabajo de crítica, ligado a la escritura ensayística, que ha acompañado y discutido la producción artística en las últimas décadas, vinculando las distintas obras con críticas a nociones como las de identidad, modernidad o democracia que encaran varios de los autores que son parte de la Antología. En esa línea, su inclusión habría permitido mostrar otro modo de cuestionar el orden imperante, a partir de otro tipo de abordajes de las nociones en disputa. Con ello, la Antología podría haber abierto un escenario más múltiple de la crítica contemporánea, considerando las formas y temas de la discusión sobre la historia reciente del país, en lugar de mantenerse dentro del ya conocido terreno de las ciencias sociales. El olvido de las obras de tales autores en una recolección de textos sobre el pensamiento crítico chileno despotencia, problemáticamente, el futuro de la crítica en Chile.

Es por esto que la ausencia de nombres como los antes mencionados empobrece la lectura de lo discutido críticamente en Chile durante las últimas décadas, y estrecha problemáticamente la noción de la crítica, al naturalizar la jerarquía de las ciencias sociales, cuando no directamente del ejercicio de la política, por los otros modos de reflexión crítica cuyo abordaje sobre lo político puede ser, por menos inmediato, más lúcido. Siguiendo el triste gesto imperante en lo que se suele considerar como pensamiento crítico latinoamericano, la selección realizada se resiste a pensar su relación con otros modos de escritura, o a leer otras tradiciones que las del humanismo. Cercenado en algunas de sus más cruciales experiencias y temáticas, el pensamiento crítico termina siendo allí poco crítico. Es decir, un pensamiento que se resta la chance de pensar, y de pensarse, sin los supuestos no criticados de un ya delimitado tiempo, espacio y modo de la crítica.