Foto: The Clinic.

Foto: The Clinic.

Pinochet nunca supo de los detenidos-desaparecidos, Bachelet no sabía del caso Caval y Matte tampoco sabe de la colusión de la que participó su empresa –la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones, CMPC– durante más de una década para aumentar el precio del papel tissue. La ignorancia o la amnesia es el mal alegado por los poderosos cada vez que se les demuestra un crimen. En ocasiones pueden pedir perdón, pero el perdón es materia de curas, de “San Tironi” y del reino de los cielos; a la justicia terrenal prefieren torearla porque, como sabemos, eso es asunto de “pobres”. A cualquiera con un poco de aquello que Gramsci llamó “buen sentido”, le parecerá absolutamente inverosímil e hipócrita la excusa de Matte. No han faltado tampoco, entre los defensores del libre mercado, críticos de su proceder, que se ven obligados a salir en defensa de las “virtudes del capital” en contra de los “malos capitalistas”. Entre éstos destaca Carlos Peña, que en una columna publicada en El Mercurio el domingo pasado, titulada “El papel de los Matte”, da cuenta de la “ilusión del capital” que, a su juicio, consiste en “alojar el dinero acumulado mediante actividades competitivas y egoístas (la industria del papel tissue), en zonas que aparezcan ‘desinteresadas’ (los vínculos con la Iglesia, la filantropía)”, para de esta manera encubrir o hacer olvidar la naturaleza de las ganancias fraudulentas (los “vicios del capital”) que la familia Matte obtenía por medio de la venta de ese papel a precios monopólicos. La trampa del capital consistiría “en que el área de ‘desinterés’ permite acumular poder e influencia en favor del área ‘interesada’”.

La ilusión de Peña es considerar que existe “ganancia legítima” y “libre competencia”; su papel es lavarle la cara a un sistema que exuda “sangre y lodo por todos sus poros”.

Un aparentemente hipercrítico y “radical” Carlos Peña cita a Honoré de Balzac para decir que “detrás de toda fortuna se esconde un crimen”. Pareciera, entonces, que detrás de la fortuna de los Matte se esconde únicamente el hecho de defraudar a los consumidores adoptando prácticas tramposas, “conductas que atentan contra la libre competencia” como sostiene el propio Matte en entrevista con El Mercurio, y confirma Peña al sostener que “la venta de papel tissue permitía extraer de los consumidores una ganancia adicional a la que obtendría por la mera competencia”.

A donde no llega Peña es a desentrañar el crimen que explica la enorme riqueza de la que son dueños los Matte. En primer lugar, el pecado original descansa en el despojo, a sangre y fuego, de las tierras del pueblo mapuche y en la explotación de las mismas, con los consiguientes efectos de destrucción del medio ambiente y de las comunidades locales. Para acrecentar el saqueo de tierras y el expolio de recursos naturales, la familia Matte no ha dudado en recurrir, desde su origen y hasta la actualidad, a la violencia, en convivencia con las distintas “autoridades” políticas, incluyendo, cómo no, a las dictatoriales.

En segundo lugar, Peña prefiere callar que toda ganancia es fruto de un robo, de una expropiación, por lo que no hay una “ganancia legítima” derivada exclusivamente de la “mera competencia”. En las sociedades capitalistas, la ganancia proviene de la explotación (y de la superexplotación) de los trabajadores, es decir, del hecho de no retribuirles parte del tiempo de trabajo que laboran. Éstos durante su jornada de trabajo producen una suma de valor superior a la que le es pagada por concepto de salario. Así pues, sin explotación, sin apropiación de tiempo de trabajo impago, no existe capital ni ganancia.

En tercer lugar, los capitalistas pueden apropiarse de una ganancia extraordinaria en la competencia. En la lucha encarnizada que los enfrenta, los capitalistas hacen uso de diversas armas para conquistar cuotas crecientes del mercado. Cuando la palanca económica (productividad) no alcanza para satisfacer sus afanes de ganancia, hacen uso de palancas extraeconómicas (colusión, entre otras) para desbancar o bloquear a otros competidores o defraudar a los consumidores, lo que se efectúa fijando precios de mercado artificiales (por encima de los valores de producción). En su imaginario, Peña y Matte contraponen monopolio y competencia, ignorando que la competencia es la forma acabada del monopolio, pues la determinación originaria de la propiedad privada es precisamente el monopolio (que tiene como fundamento, como hemos dicho, la usurpación violenta). Ahora bien, el uso de las palancas extraeconómicas, no sólo de las económicas, como es sabido, es una constante en la biografía del capital.

Así, a los ciudadanos, los capitalistas –entre ellos Matte– nos defraudan como trabajadores –al expropiarnos una parte del valor que producimos durante la jornada de trabajo– y como compradores –al sustraernos una suma de dinero superior al equivalente del valor del producto que adquirimos–. De tal manera que la familia Matte no es un rara avis entre los capitalistas, sino la expresión del funcionamiento y de la naturaleza del capital, que descansa en la expropiación de los trabajadores, tanto en la esfera de la producción como en la de la circulación.

Más de un siglo después, Eliodoro Matte hace honor a su bisabuelo, quien afirmó de manera desembozada que “los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo; lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa ni como opinión ni como prestigio”. Mucho nos tememos que en términos generales, Matte bisabuelo siga teniendo razón. Por su parte, Matte bisnieto hace declaraciones compungidas, pero inmediatamente varios adalides del liberalismo –Peña a la cabeza– salen a poner los puntos sobre las íes: que no se confundan estas prácticas anticompetitivas con el “verdadero capitalismo”, que no se vayan a mezclar los afanes monopólicos con la “ganancia legítima”.

La ilusión de Peña es considerar que existe “ganancia legítima” y “libre competencia”; su papel es lavarle la cara a un sistema que exuda “sangre y lodo por todos sus poros”.