Matte

“El mundo se divide, sobre todo, entre indignos e indignados, y ya sabrá cada quien de qué lado quiere o puede estar”.

Eduardo Galeano

El ex presidente de Renovación Nacional, Carlos Larraín, -alejado de la escena política luego del fatal atropello protagonizado por su hijo Martín contra un transeúnte en 2014 y en el cual fue absuelto a pesar de no haber prestado ayuda y huir del lugar-, reapareció recientemente a través de una carta publicada por El Mercurio, en la que defiende con un fervor casi religioso al dueño de la CMPC, Eliodoro Matte, luego de destaparse el caso de colusión entre sus empresas y las SCA, del ex ministro de Sebastián Piñera, Gabriel Ruiz-Tagle. Una estafa mantenida durante 10 años a través de un sofisticado diseño, destinado a controlar los precios y las cuotas de mercado de los productos de papel tissue (servilletas, toallas de papel, pañuelos desechables y papel higiénico) y que contempló, entre otras cosas, arrojar computadores al canal San Carlos para borrar pruebas incriminatorias, como falsas cuentas de correo hechas para intercambiar información. En su piadosa y absolutoria epístola, Larraín -accionista de la CMPC- argumenta en favor de Matte destacando su “decencia y humildad” por haber tenido la grandeza moral de pedir disculpas públicas sobre el hecho. Sin multas que proporcionalmente signifiquen un escarmiento para los responsables del ilícito, sin penas de cárcel que castiguen el millonario y masivo cogoteo de guante blanco en contra de una ciudadanía vista como clientela (se calcula que cada empresa habría generado utilidades por sobre lo normal del orden de los US$ 23 millones cada año) Sólo disculpas, diez avemarías, veinte padrenuestros y para la casa junto con todos los dineros mal habidos. El escándalo natural suscitado, la lógica indignación generalizada ante la acción perpetrada por este verdadero cartel -el más grande los últimos años en palabras del Fiscal Nacional-, es interpretada por Larraín en su misiva mediática como un “brote de puritanismo, un eslabón más en la cadena que la izquierda está forjando para aprisionar a Chile”. Ave María por Dios hombre. Ahora resulta que un básico sentido ético para condenar la magnitud de un despojo planificado e impune como este sería algo así como beatería marxista. Habrase visto, dónde iremos a parar.

Porque de eso se trata, de eso estamos hablando cuando se habla de estos casos de corrupción político- empresarial: de delincuencia. Y de peor calaña moral que la del flaite de población, del marginal excluido que no fue a un colegio particular, de iglesia, sino que aprendió en la esquina.

La especial y distorsionada visión de mundo del ex personero aliancista exhibe, sin pudores ni remilgos, una deformación valórica importante que resulta bastante representativa de un sector posicionado ideológicamente en el extremo derecho del espectro socio-político de nuestra sociedad. Grupos de poder e influencia tan radicalizados en la defensa fundamentalista del modelo económico, tan polarizados en sus razonamientos e interpretaciones de la realidad, que todo lo demás, indefectiblemente, “les queda a la izquierda” y es conceptualizado, por ende, de esa forma. El sentido común que habla de redistribución para una sociedad menos tensionada y sana; los mejoramientos estructurales de aquellas condiciones sociales que fomentan el fenómeno de la delincuencia común (a través de la misma redistribución para la disminución de los niveles de desigualdad); la participación ciudadana para la profundización y perfeccionamiento de nuestro sistema democrático. Todo ello es desacreditado por corresponder a una “estrategia izquierdista”. La calle y sus demandas objetivas, transversales, son enemigos de la estabilidad, agentes subversivos del orden instalado y mantenido.

Lo cierto es que los diversos y sucesivos episodios de los que, como comunidad nacional, hemos sido testigos desde hace ya un buen tiempo -y que no parecen querer dejar de aparecer-, relacionados con situaciones escandalosas de corrupción en distintos ámbitos, han ido dejando al descubierto un extenso entramado, articulado como una verdadera maquinaria de defraudación a gran escala, que ha operado de manera natural dentro de una institucionalidad diseñada para permitirlo y estimularlo al amparo de la Constitución del ’80 y sus guardianes. La celebrada “política de los acuerdos”, de los grandes consensos, terminó en colusiones. Los “casos aislados” -como algunos les dicen para bajarle el perfil al asunto- no son aislados. Son una práctica común al alero de la doctrina económica dominante, en función de un modelo expropiatorio y acumulador. Uno tras otro van apareciendo, uno tras otro van cayendo, como el desplome de la fachada de probidad sostenida desde siempre, y que nos enseñaba con indisimulado orgullo que el nuestro estaba lejos de ser un país corrupto en comparación con otros del vecindario, los mismos que desde siempre han sido mirados con el desprecio de un nacionalismo racista y arribista. Desde el vacío espiritual que la pechoñería no llena. La corrupción era propia de esos países “bananeros”, como es el término despectivo con el que nuestra elegante sobriedad se ha referido tradicionalmente a esa forma tan folclórica y de “mal gusto” de las guayaberas, los pantalones de lino y los mocasines blancos. La corrupción “a la chilena” es distinta, de otro tono. Otro pelo, otra cosa. Más sobria, menos estridente. Más solapada, oculta tras la hipocresía de la moral y las buenas costumbres. Pero igual de corrupta que la llevada a cabo en otros lugares, ámbitos o niveles sociales. Y de peor estofa, también.

Sin embargo, en Chile el concepto que predomina a la hora de hablar de delincuencia es el de corte clasista. El del pobre que roba para dejar de serlo en vez de trabajar. Porque el pobre es flojo, por eso es pobre. Esa es la ecuación mental, reduccionista, dogmática. Pobre. Por contraste, el rico lo es porque ha trabajado mucho para ello, sin robar. En consecuencia, cada quien tiene lo que se merece como justa recompensa por su esfuerzo. En el catálogo de simplificaciones que sirve de guía para el pensamiento binario del discurso conservador dominante, quien ponga en duda la lógica de la falacia califica como “resentido” y, por decantación, izquierdista. Por ende, la repartición de virtudes socialmente atribuidas a ambos ejemplos, asociadas a conceptos como “decencia”, “principios”, “valores”, “honradez”, en contraposición a “deshonestidad”, “desconfianza”, “robo” y, finalmente, “delincuencia”, son asignados como características inherentes a cada clase, patrimonio casi exclusivo y excluyente de cada cual y aquello que, en definitiva, constituiría según esta retórica la diferencia sustancial entre ambos sectores sociales. Los hechos, no obstante, han ido revelando una verdad distinta, mucho más cercana a la realidad existente bajo el traje de caballero y el buen hablar. A la confesión de Matte, se suma la de Jovino Novoa por emisión de boletas y facturas falsas, declaraciones de impuestos falsas y evasión de impuesto a Ley de Donaciones. Como en “Buenos muchachos”, la película de Scorsese sobre la mafia italiana en Nueva York, todo va cayendo por su propio peso hacia el final de la historia.

Porque de eso se trata, de eso estamos hablando cuando se habla de estos casos de corrupción político- empresarial: de delincuencia. Y de peor calaña moral que la del flaite de población, del marginal excluido que no fue a un colegio particular, de iglesia, sino que aprendió en la esquina. Por lo visto, no aprendieron mucho de corrección, más allá de saber hacerse con perfecta pulcritud la raya de la partidura.