ciencia

Durante las últimas semanas, el mundo científico recibió un duro golpe tras la renuncia por parte de Francisco Brieva a la presidencia de Conicyt, el máximo organismo de la actividad científica del país. Y es que esta vez no era una renuncia más dentro del ir y venir de incertidumbres que ha caracterizado su funcionamiento, sino que esta vez parecía posible comenzar a enmendar el rumbo, o al menos, la ciencia y la investigación parecían tomar un nuevo aire. Otro hecho, que pasó bastante más desapercibido, pero no por eso es menos relevante, fue la insatisfactoria respuesta que este organismo dio a la agrupación Ciencia Con Contrato, quienes abogaban por mejorar y dar estabilidad laboral a la dura realidad de los asistentes de investigación, quienes trabajan por bajísimos sueldos pagados a través de proyectos que sólo duran un par de años. Y si consideramos que el propio presidente de Conicyt estuvo 6 meses con sueldos impagos, el panorama para quienes trabajan en ciencia definitivamente no es muy alentador.

A raíz del anuncio presidencial de la apertura de un Proceso Constituyente, la democratización del país volvió a cobrar fuerza en el debate público y la ciencia no puede quedar ajena a ello.

Estos hechos son una expresión más de la desfavorable situación en que se desarrolla la ciencia en Chile, y aunque esta parece clamar a gritos por alguna solución, es cierto que para el común de la población estos hechos pasan más bien desapercibidos. La ciencia y la investigación no constituyen una actividad por la que nuestro país se destaque, ni tampoco están presentes en la cotidianidad de la gente. La falta de impulso a la actividad científica, así como su pobre acercamiento con la sociedad tanto en términos de su difusión y de las directrices que la orientan, tienen como todo fenómeno social razones políticas y económicas. La intención que tenía el propio Brieva de “convencer al mundo político de que el futuro de Chile se construye por su capacidad de pensar y no por explotar cobre”, según declarara a El Mercurio al dar las razones de su renuncia, simplemente rebota en una economía neoliberal que encuentra su sustento en un modelo primario exportador. En una economía de base extractivista, donde el foco está puesto en la exportación de materias primas con bajo valor agregado y que además poco ha hecho por dar respuesta a las grandes necesidades de la sociedad, es casi imposible encontrar incentivo para la investigación y el desarrollo científico-tecnológico en sus más diversos campos. Una inversión de apenas un 0,4% del PIB, que está muy por debajo del 2,4% que promedian los países de la OCDE con los que a las autoridades les gusta tanto compararse, y una pobre institucionalidad que se limita tan solo a una comisión dependiente del Ministerio de Educación como máximo órgano rector, dan cuenta de aquello. Sin embargo, a pesar de que el modelo parece tener en el abandono a la ciencia, éste de todos modos ejerce su influencia en ella como en todas las esferas de la sociedad. El discurso del emprendimiento con el que se intenta impulsar la investigación y un financiamiento a través de concursos basado en un sistema de competencia caracterizan el funcionamiento de la ciencia en el país.

Ahora bien, mucho se ha hablado de la falta de importancia que tiene la ciencia para Chile. Sin embargo, cabe preguntarse por qué debiera el país invertir esfuerzos y recursos económicos en potenciarla, y por qué su desarrollo es importante para el conjunto de la sociedad. La actividad científica y la investigación permiten generar conocimiento, el cual nace de la necesidad humana de comprender la realidad de la que somos parte y que co-construimos, así como también de generar un conocimiento que se encamine a la creación de algo nuevo, a la respuesta a una necesidad o a la solución a un problema. La generación de conocimiento no solo nos permite comprender el mundo del que somos parte, también nos abre la posibilidad de su transformación. Y hablamos de generación del conocimiento porque efectivamente este se genera, es el resultado de un ejercicio humano de recortar la realidad y distinguir donde hay un saber nuevo, de darle una interpretación a los diversos fenómenos que observamos y de los cuales a su vez somos parte. Todo ello supone entonces que detrás de la actividad científica hay una intencionalidad y por lo tanto, existe ineludiblemente una dimensión política de la cual es necesario hacerse cargo. No en vano la ciencia está en el lugar en que está hoy en día, ni tampoco es casualidad que ello no inquiete en lo más mínimo a quienes ostentan el poder político y económico que podría revertir esta situación.

La solución al problema con la ciencia en Chile no pasa por inyectarle más recursos (que no dejan de ser necesarios por cierto) y va mucho más allá de meros problemas de gestión. El aclamado Ministerio de Ciencia por gran parte de quienes se desempeñan en el rubro, entre ellos el propio Brieva, tampoco es la respuesta definitiva. Muchos han argumentado que esta medida le daría mayor posicionamiento a la ciencia, lo cual está lejos de atender a la dimensión política antes mencionada, y es justamente por esa razón por la cual no es una verdadera solución, ya que mientras siga imperando la actual lógica en que se desenvuelve política y económicamente el país, se hace imposible vislumbrar una salida, tal como ha quedado demostrado en los últimos grandes conflictos sociales desatados. La problemática con la ciencia en Chile no tiene que ver con cómo lo hace la ciencia para surgir en este modelo, sino cómo logra la sociedad cambiar las lógicas imperantes a fin de impulsar una ciencia que sea una herramienta efectiva para su desarrollo en el más amplio sentido. Y es aquí donde la restringida democracia que caracteriza a nuestro modelo se convierte en un importante escollo a superar. La ciencia no sólo debe difundirse a la sociedad, sino que debe pertenecerle, y debe ser ella quien decida sus grandes directrices en base a su realidad. Ese potencial transformador no puede quedar en manos de tan solo unos pocos, puesto que sus consecuencias atañen a toda la sociedad, y más aún, en términos prácticos, la ciencia es financiada con fondos que surgen del bolsillo y del trabajo de todos los chilenos y chilenas.

A raíz del anuncio presidencial de la apertura de un Proceso Constituyente, la democratización del país volvió a cobrar fuerza en el debate público y la ciencia no puede quedar ajena a ello. Hoy es necesario dar un mayor impulso a la actividad científica y que la propia sociedad chilena sea capaz de generar conocimiento y dar respuesta a las necesidades que ella misma haya definido. Un acabado análisis de los diversos procesos sociales por los que atravesamos, el comprender de mejor manera los desastres naturales y generar alternativas para afrontarlos, la búsqueda de mejores tratamientos para enfermedades y la mejora general de la calidad de vida, un manejo sustentable de los recursos mineros, marinos, forestales y agropecuarios, así como el impulso de una producción económica propia, son algunos de los grandes temas en los cuales la ciencia es sin duda un aporte fundamental. Chile debe impulsar un modelo científico que atienda a los requerimientos sociales, pero que a su vez sea capaz de comprender los propios ritmos que la ciencia posee para no coartar la libre generación del conocimiento base sin el cual es imposible desarrollar aplicaciones.

Hoy, el pueblo chileno, que a través de las más diversas expresiones se ha movido por superar el actual estado de injusticia y desigualdad imperante, debe también tomar las banderas por la transformación de la situación de la ciencia y la investigación con el fin de generar un modelo que las posicione donde realmente pertenecen, en el dominio colectivo de todos los chilenos y chilenas como una herramienta al servicio de sus inquietudes y necesidades.