galende

El origen de la idea de modernidad está asociado entre muchas otras cosas a lo que Max Weber llamó alguna vez “el desencantamiento de las imágenes del mundo”. Había una desolación en Weber, propia del optimista catastrófico, que notaba que el mundo era una figura entera de la imaginación divina primero y luego, de repente, un concurso de esferas separadas que tenían una vida autónoma. De ese diagnóstico, que Kant prologó en el contexto de la ilustración, cabía esperar que la ciencia, como el arte o la ética, inaugurara un mundo aparte, juzgado no por la aplicación devastadora de muchos de sus resultados, sino en sí mismo, como un disponible de posibilidades con el que era lógico experimentar. No decimos que una película es “mala” porque en su trama suceden cosas que moralmente nos parecen objetables –salvo que seamos muy regresivos, miembros nostálgicos de nuestros antiguos Consejos de Censura-; por lo mismo, tampoco podemos acusar a la ciencia de que algunos de sus “avances” terminaran por exterminar a una parte de la humanidad o por depurar la raza a través de la manipulación genética. De eso cabe responsabilizar a los gobiernos o a los pueblos, que son quienes deciden cómo se aplican los resultados de la ciencia. En esto residía la desolación de Weber, quien titubeaba entre la forma libertaria de la razón y el peligroso sinsentido de la mayoría de sus logros.

Nuestros científicos tienen que rogarle a gobiernos que se dicen “de izquierda” que dejen de dilapidar dinero subvencionando las ganancias de los inversores extranjeros que se comen todo nuestro suelo para que ese mismo dinero se dirija a fortalecer la ciencia, la investigación, los libros y todos los procesos por medio de los cuales el arte se encarga de preservar, de manera experimental, la memoria patrimonial del país.

El tema es complicado y no existe ninguna probabilidad de que lo zanjemos en esta columna, entre otras cosas porque el propio Weber tenía y no tenía razón a la vez. El comandante Claude Robert Eatherly, uno de los tres militares que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, tomado en el futuro inmediato por una carga feroz de la que Anders recuerda que no pudo hacerle frente ni en su conciencia ni en su subconciente, se pasó el resto de su vida internado en el hospital de Waco, desde donde solía enviar mes a mes dinero a los niños huérfanos de la ciudad que él mismo, por órdenes no de un científico sino de un gobernante, había barrido de la faz de la tierra. Mientras Truman decidía en la soledad de su gabinete la suerte de un pueblo entero, en las barracas de Auschwitz Mengele experimentaba con la ciencia médica inyectando químicos en las retinas de los gemelos que seleccionaba para ver si acaso era posible fabricar “ojos azules”. Cuatro décadas antes, el investigador Thomas Edison, a cuyo kinetoscopio algunos reconocen el principio del cine, creaba los fundamentos de la silla eléctrica, cuya eficacia partió por demostrar electrocutando en 1903 a Topsy, una inocente elefanta que en Coney Island había asesinado a su domador cansada de que éste le diera de comer colillas de cigarros encendidas.

Nada nuevo bajo el sol: a la historia de la ciencia la rodean recintos siniestros como los del entrañable Dr. Caligari o verdaderas experiencias de desdoblamientos tenebrosos como los que el cine expresionista alemán no dejó nunca de filmar, rémoras malignas de lo que la civilización había alcanzado con la máquina a vapor, que se inventó para dar vuelta la asadora de pollos de Luis XV y con la que Cugnot diseñó un coche que se estampó contra un muro, dando paso al que sería el primer accidente automovilístico de todos los tiempos. Es la parte maldita de la ciencia, que había conducido a Weber a ocupar la palabra “desencantamiento” o “desolación”.

La misma palabra que por motivos muy distintos aparece ahora en la carta que un grupo de científicos y premios nacionales acaban de dirigir al gobierno tras la renuncia de Brieva a la Presidencia de CONICYT. Allí dicen literalmente que la comunidad científica está “desolada” y que nuestros gobiernos han decidido sumir definitivamente a Chile en la pobreza y en la ignorancia. Fuertes declaraciones, que apuntan a la miseria de un país que sigue dependiendo hasta el día de hoy de la misma economía extractiva que uno de los primeros fotógrafos de la nación, William Oliver, registrara paso a paso con una cámara que él mismo había inventado y con la que tomó una serie de fotos formidables no solo a las excavaciones del subsuelo en el Norte Chico sino también al trazado de las vías férreas, hechas a imagen y semejanza de la voluntad de los patrones de la tierra. (Cabe recordar que esto Oliver lo hacía mientras el resto de los artistas pintaban rostros de próceres inexpresivos que posaban en los salones de la República).

 La importancia de la queja de los científicos tiene un antecedente, para variar, en las denuncias que un digno Ministro de Salubridad de la Nación vertía en la Revista Hoy en un lejano día de 1939. El Ministro era nada menos que el Doctor Allende, quien en una entrevista dada en su despacho al periodista Edwards Matte –por entonces director de la revista- le explicaba pacientemente lo que acababa de hacer por el país el desarrollo de la ciencia y de la investigación, en esa época en manos todavía de una empresa pública del Estado: el Instituto Bacteriológico de Chile. En el Instituto estaban desarrollando el Neoarsolán, un químico de punta que terminaba por fin con las enfermedades venéreas, de las que Allende se ocupaba especialmente no solo por su conocido entusiasmo en el arte de conquistar chicas, sino también porque había escrito su tesis en ese tema.

Como por entonces el verdadero enemigo de Chile no estaba en Chile sino en el extranjero, la competencia imperialista había tenido el mal gusto de inscribir el mismo medicamento en Perú, pero con el nombre de un raticida. Buscaban lo obvio: dañar el prestigio de los científicos nacionales, que investigaban para el Instituto Bacteriológico y para la otra gran empresa nacional, Laboratorios Chile, por entonces una sucursal de la Caja del Seguro Obrero de la que era muy difícil esperar que se coludiera con el fin de empobrecer aun más a los pobres. Eran tiempos raros, en los que nuestros compatriotas morían de muerte natural y en el que nuestros gobiernos hacían esfuerzos por invertir el dinero aportado por el pueblo en beneficio del propio pueblo. Se diría que por esa época, los avances de la ciencia y la tecnología contaban todavía con un sistema en el que ser útiles.

Esto pese a que la futura colusión entre los dueños de los laboratorios y los dueños de la moral -que antiguamente militaban por el contagio y ahora porque las mujeres no definan si quieren o no sobrepoblar el mundo-, el doctor de alguna manera la presentía, motivo por el que la entrevista la cerraba así: “la guerra del comercio se ejercita lamentablemente hoy en todos los campos de los productos de los laboratorios, como una maldición que pesará cada vez más sobre la especie humana, pero el pueblo y los gobiernos formarán una entidad que a la larga vencerá todos los obstáculos, espérese usted”. Resulta evidente que a diferencia de Max Weber, un optimista catastrófico, Allende era un catastrofista lleno de optimismo, que años más tarde cambiaría el delantalito blanco por una capa negra con la que recorría las casuchas que colgaban de los cerros de Valparaíso para aplicar los avances científicos de la medicina a los mismos pobres que habían pagado impuestos para que esos resultados fueran posibles.

Por estos días las cosas son distintas: nuestros científicos tienen que rogarle a gobiernos que se dicen “de izquierda” que dejen de dilapidar dinero subvencionando las ganancias de los inversores extranjeros que se comen todo nuestro suelo para que ese mismo dinero se dirija a fortalecer la ciencia, la investigación, los libros y todos los procesos por medio de los cuales el arte se encarga de preservar, de manera experimental, la memoria patrimonial del país. Es lo único que tenemos, pero estos gobiernos no lo entienden. ¿Qué más se puede decir? Cambia, todo cambia.