Fernando-Balcells

Eleodoro Matte ha sido martirizado dos veces. La primera, por la opinión pública y por los voceros de la elite que lo han crucificado por una colusión que daña el bolsillo de los chilenos y la reputación del modelo. Las buenas almas lo han conminado a ‘asumir sus responsabilidades’, renunciar a sus cargos y vivir el resto de sus días en el ostracismo. Acto seguido, Matte ha sido martirizado por sus amigos quienes para salvarlo de la cruz lo han calificado de idiota.

Despegado de la jauría amistosa, Hermógenes Perez de Arce tuvo la valentía del que ya no tiene nada que ganar y el habla filuda de una lealtad a toda prueba. Nadie más que él se ha atrevido a presentar a la Papelera como víctima de un juicio público. Hermógenes califica la exigencia de responsabilidad como una ‘crucifixión’ de Eleodoro Matte. Su habilidad para cambiar de lugar a víctimas y victimarios borra de un plumazo la falta confesada por la Papelera. Su manera de salvar a Matte es tratándolo de ignorante y de inepto, lo que revela que sus lealtades no están con las personas sino, con la empresa símbolo de nuestra liberación del comunismo.

En el resto, Hermógenes actúa (como Gonzalo Rojas y algunos otros) como depositario de la doctrina y de la verdadera fe. La lógica en la que hablan no esconde su parcialidad ni pretende hablarle a ‘todos los hombres’. Ellos son inquisidores y verdugos entre los creyentes. Su discurso no está destinado a los infieles que, no somos más que la sombra muda del mal. En ese rol, no son capaces de comprender la humildad de los suyos sino como debilidad y traición.

Lo interesante en la demolición de las barreras que separan a la moral de la política y a la ideología de la policía, es constatar que la función persecutoria es la que legisla. El verdugo hace al soberano. En este tipo de integrismo, los órdenes lógicos se vuelven circulares y todo se ordena en la contención de los agentes contaminantes. El legislador, el juez y el soberano son investidos por el verdugo, dueño de la mano –dura- de la policía.

El perdón pedido por Matte revela, según Perez de Arce, una ignorancia inexcusable de las condiciones de operación del mercado en que su empresa actúa. El comentarista disculpa a Matte en su incompetencia. Lo baja de la cruz y lo patea en el trasero.

Según Hermógenes el error de Matte es haber reconocido una falta y pedido perdón por actos de su empresa que no implicaban delitos sino que mostraban una administración prudente. ‘Nada más razonable que ponerse de acuerdo para repartirse el mercado y evitar una guerra de precios’. Efectivamente, así piensan muchos ejecutivos chilenos; es más seguro ganarse la plata con colusiones, sobornos y rentas monopólicas que compitiendo e innovando en mercados abiertos.

Hermógenes aborrece el pedido de perdón. Asume que el perdón borra la falta y que en la especie no ha habido falta alguna. Considera los pedidos de perdón de Matte, o de cualquier torturador en busca de beneficios carcelarios, como reconocimientos cobardes de responsabilidades en pecados y delitos que no existieron. Su posición es la de abogado general de las causas abandonadas por la derecha y no debe ser confundida con una sensibilidad personal que desconocemos. Es el abogado el que rechaza la culpa de sus compañeros de ruta y el escritor el que elabora el rechazo de la cultura de la culpa…propia.

Hermógenes es coherente, rechaza, la culpa, rechaza la deuda y abomina de la petición de dis-culpas. Es la postura de un hombre libre al servicio de sádicos, avaros y megalómanos que son las encarnaciones de su fe.

Quién valora el perdón ni lo pide ni lo suelta con facilidad. El rechazo implacable de Hermógenes a toda instancia de petición, paradójicamente dignifica el perdón.

Hay un valor de polaridad en los argumentos de Hermógenes que, más allá de los desacuerdos y de toda ironía, se agradece. No es que sus lealtades conmovedoras y atroces faciliten el argumento. Lo que hacen, es poner el debate en el nivel de las lógicas subyacentes a la moral y a la acción política. Creemos que podemos darlas por superadas pero que están ahí, presentes y modelando los aspectos más intratables y oscuros de nuestros conflictos.

En una época en que políticos y expertos rehúyen los debates fundamentales como de la peste, el plano en que Hermógenes se expone, invita a un recorrido por las fuerzas que nos atraviesan y que no se atreven a pronunciar su nombre. (Hay una cierta similitud entre el gorila que guardamos en el closet y el generoso despliegue sado-masoquista del elogio de la brutalidad).