larraínEn octubre pasado el ex ministro de Salud de Sebastián Piñera, Jaime Mañalich, renunció como panelista al programa de TVN “Estado nacional”, acusando a su conductora, la periodista Andrea Aristegui, de ser una “operadora de izquierda”. Esto, debido a la molestia generada en la entonces autoridad de gobierno ante el tratamiento parcial que, a criterio del ex ministro, habría sido dado por la profesional al caso Caval, y que involucra a Sebastián Dávalos, hijo de la presidenta Bachelet. Posteriormente, y a poco tiempo de lo acontecido en ese momento, el presidente de la UDI, Hernán Larraín, también consideró a la periodista casi como una enemiga política al participar como invitado en el mismo espacio. Lo anterior, a causa nuevamente de una interpretación particular respecto del trabajo realizado por la conductora del programa, esta vez en relación a la situación del “coronel” de la tienda gremialista, Jovino Novoa, luego de haber reconocido sus delitos en el “caso Penta”. Otro Larraín, Carlos, y a quien nos referimos en la columna pasada, también hizo su aporte al sugerir que tras las acusaciones a Eleodoro Matte por la colusión del Confort habría una estrategia forjada por la izquierda para “aprisionar Chile”.

No fueron ellos los únicos en sentirse atacados por las acechanzas de peligrosos y rojos adversarios: el senador Víctor Pérez salió al paso de la idea propuesta y materializada por el alcalde Jadue en Recoleta en relación con las farmacias populares, acusándola de ser “demagogia de izquierda” (Labbé fue más allá y acusó a la iniciativa de “competencia desleal” debido a sus bajos precios, en comparación con los establecidos por las tres cadenas de farmacias coludidas para incrementar groseramente sus ganancias a costa de la salud de las personas. Eso parece resultarle más correcto) Y como guinda de la torta, un hecho que podría ser considerado meramente una anécdota, pero que refleja un estado mental extendido en sectores de extrema derecha respecto de su fanatismo ideológico: Gonzalo Rojas, abogado, columnista de “El Mercurio” y docente de la Universidad de Los Andes, presentó su renuncia a esa casa de estudios a raíz de un evento en el que coros de estudiantes homenajearán a Quilapayún, Illapu, Congreso, Inti Illimani, Los Jaivas y Víctor Jara. Música que, a juicio del acérrimo defensor de la dictadura militar, “promueve el odio y la violencia”. Si a esto le sumamos las derrotas de la derecha en las elecciones de la Feuc y la universidad Adolfo Ibáñez, no se había visto tal histeria ante una supuesta invasión enemiga desde que en 1938 Orson Welles dramatizara por radio la adaptación teatral del clásico “La Guerra de los mundos”.

Lo cierto es que desde la caída del muro de Berlín en 1989 (el pasado 9 de noviembre se cumplieron 26 años del hecho simbólico que puso fin a la Guerra Fría), y que en términos gruesos significó la victoria del capitalismo sobre el socialismo, el modelo neoliberal se ha extendido globalmente sin mayores contrapesos, siendo en la actualidad la doctrina económica instalada de manera dominante. Con el contrincante ideológico derribado, las ideas de Friedman encontraron campo llano y fértil en varios países de la región -el nuestro, fundamentalmente, que fue un laboratorio de experimentación para luego diseminarlas-, convirtiéndolos en funcionales a la dinámica financiera mundial, verdaderas sucursales de la casa matriz estadounidense. Rotos los equilibrios que otorgaba la situación de los dos bloques mundiales, la doctrina económica neoliberal, como expresión de un capitalismo extremo, tenía la mesa servida. Los hechos conocidos y reconocidos dan cuenta de cómo el vencedor, al igual de lo que sucede en las guerras convencionales, dispuso de lo ganado. La magnitud pantagruélica del festín, voraz como plaga de langostas, resulta ser, en las horas crepusculares del ciclo, un azote de dimensiones bíblicas.

El hecho es que en el peor momento de la función política en general, en términos de desempeño y evaluación, y del actuar ético de los partidos (especialmente aquellos en donde se han concentrado los casos y los mayores montos de la corrupción), los sectores más radicalizados de la derecha chilena andan viendo comunistas por todos lados. Instalados en un rincón ideológico extremo desde el cual defienden la mantención inalterable del modelo y del sistema -funcional al modelo-, todo lo demás, indefectiblemente, les queda a la izquierda. Las grandes masas ciudadanas, las mayorías demandantes e indignadas ante el robo y la estafa institucionalizadas, representan hordas “ideologizadas”, tropas de asalto a la Bastilla. Los cuestionamientos y críticas a lo establecido y el deseo de transformación social son obra de “agitadores”. Sin embargo, los crujidos del modelo, las grietas en sus pilares, la corrosión de sus bisagras, no han sido causados por los ejércitos rojos de la Guerra Fría, ni por ideologías que puedan subvertir el orden dominante establecido, sino que son parte natural de su propio proceso interno de descomposición moral, el que está a la vista con todas las evidencias posibles.

El llamado “enemigo interno” (como era denominado por la doctrina anti-marxista de la seguridad nacional el adversario del bloque contrario que en esa época pudiese socavar “desde adentro” el orden instaurado, de manera de favorecer las ideas contrarias) ha quedado reducido a una versión neoliberalizada, fagocitado por el modelo. El ex presidente Lagos, el del dedo acusador contra la dictadura, el socialista que encarnaba los terrores nocturnos de la derecha chilena y que en virtud de ellos y de su contagio a la opinión pública logró ganar con escaso margen las presidenciales de 1999-2000, fue quien derogó durante su mandato la pena de cárcel para empresarios por colusión. Los mismos que, me imagino agradecidos, alguna vez lo aplaudieron de pie durante un evento realizado en CasaPiedra. El enemigo interno actual, entonces, es otro y existe al interior del mismo modelo y de las mentes de sus celadores. A ello se refirió Marx cuando señaló que el capitalismo contenía en su interior las semillas de su propia destrucción. “La codicia rompe el saco”, reza el dicho. No requiere de un enemigo externo para caer; finalmente, sucumbe devorado por su compulsión de consumo, la que finalmente lo lleva a tragarse a sí mismo. Como la serpiente mitológica Uróboros, que se engulle por la cola. Es su propio peso el que lo arrastrará hacia su caída, en una escena final dantesca, de irracional y patético paroxismo.

Estamos en un punto de inflexión importante, que sitúa en pugna una vez más el inevitable avance histórico y social con las rígidas estructuras conservadoras. Como dos placas tectónicas, una empujando, la otra resistiendo. Lo que primeramente se negó, como era el hecho de ser el nuestro un país corrupto, lo que antes se tapó y se intentó disimular, ahora debió reconocerse ante la imposibilidad de seguir ocultándolo. Al hacerlo, entonces, se asume que el juego ha sido sucio, que se ha hecho trampa a gran escala. Sin embargo, y aún pese a ello, aún pese a todo, la postura permanece invariable: Chile no necesita reformas, no se justifica una nueva Constitución, no hay que cambiar nada aunque la estructura esté carcomida por termitas. Esa es la fanatizada consigna. El ex director de La Segunda, Hermógenes Pérez de Arce, resulta un buen ejemplo del citado fundamentalismo al defender la colusión del Confort, asegurando que ésta “permitía que las cosas funcionaran bien”. Es este nivel de argumentos, de una indecencia de verdad alarmante, el que revela la profunda y grave decadencia moral del modelo y sus defensores, y el porqué es imprescindible la transformación estructural de sus bases, no para llevar las cosas al extremo opuesto, sino para sanear una sociedad enferma, tensionada y brutalmente desigual.